La ciudad es mi campo de juego

Por César Ochoa / Fotos de Pepe Rojas
El parkour es un método de desplazamiento fluido y rápido a través del mobiliario urbano: paredes, veredas, barandas y demás obstáculos. Cinco integrantes de LiveFree, una comunidad que practica esta disciplina en Lima, quiere demostrar que no son temerarios acróbatas que buscan las miradas de la gente, sino solo jóvenes que intentan un equilibrio físico y psicológico a medida que superan sus propios retos.
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Salga a la calle y mire a su alrededor. Ubique un punto ‘A’ y un punto ‘B’. En medio puede haber una baranda, una vereda, una rampa, algunas gradas: cualquier obstáculo que interrumpa su paso. Ahora intente unir esos puntos como si estuviese jugando. Salte, caiga de pie, ruede para rematar ese movimiento. Vuélvase a parar. Progrese cada día, mejore su técnica. Controle el miedo, domínelo con la práctica. No hay prisa. La ciudad es ahora un campo de juego. Eso es el parkour.

En el parque Nelson Mandela de San Isidro, ese espacio rodeado de edificios en pleno centro financiero de Lima, hay cinco jóvenes que esta tarde soleada están realizando diversos saltos en medio de una geografía de concreto compuesta por muros, jardines y desniveles. Uno de ellos se llama Diego Sanjinés, tiene quince años y es miembro de LiveFree, un grupo parkour que se formó hace tres años en los patios de la Universidad Católica. Viste un polo azul sin mangas y viene de la avenida Guardia Chalaca del Callao. «El parkour me hace sentir vivo», dice luego de hacer un salto mortal hacia atrás desde una pared de casi dos metros.

Al verlos entrenar, retando al concreto y a la gravedad, es fácil relacionarlos con esos personajes de videojuegos como Prince of Persia, donde el ágil protagonista avanza brincando muros y aferrándose a dinteles elevados para avanzar por castillos y pasadizos. «Saltan como monos y trepan como choros», dice en tono burlón un transeúnte que pasa por ahí cerca. No sabe que el parkour nació a inicios de los noventa en Lisses, un suburbio de París, donde un adolescente llamado David Belle creó un estilo de desplazamiento basado en las enseñanzas de su padre, que era acróbata y bombero; y que con los años logró que su método se propague a otras ciudades del mundo, como Nueva York, Ámsterdam o las favelas de Río de Janeiro. Su filosofía era sencilla: saltar por el gusto de hacerlo, sin ánimos de alardear, competir o ser temerario.

Eso lo saben bien Diego y sus compañeros de LiveFree, quienes han aprendido que a veces sus mayores obstáculos no son los bloques de concreto sino el temor infundado de los vecinos y la falta de comprensión de los miembros del serenazgo, quienes suelen echarlos de los espacios públicos. En cierta forma, a él parkour le ha permitido dar un salto importante en su vida, pues esta tarde está lejos de su barrio, donde la droga y el pandillaje aumentan cada día. «El parkour es como mi escape», dice Diego antes de retar a la gravedad con otro salto mortal.

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Daniel Paredes, un ingeniero electrónico de veinticuatro años que suele saltar con sus gafas de carey, fundó LiveFree junto con Arturo Pucutay, un ingeniero industrial de la misma edad, cuando todavía eran estudiantes de la Universidad Católica. Hoy lideran esta comunidad de trazadores [así se llama a los que practican parkour] que reúne hasta a una veintena de jóvenes en sus entrenamientos en el Centro Cívico, Barranco o el Malecón de Miraflores cada semana. En sus excursiones por la ciudad, han aprendido a lidiar con todo tipo de prejuicios. «El parkour no es sinónimo de accidentes», dice Daniel, y esta tarde no habrá ninguno. Más allá de tobillos torcidos y huesos rotos, el parkour es para aprender a tomar decisiones prudentes, de ir paso a paso, de estar seguro de que se tiene todo calculado para decirse a uno mismo «hazlo, salta», sin salir lastimado en el intento. «El objetivo de parkour es no sufrir», lo dijo David Belle en una extensa entrevista para la periodista francesa Sabine Gros La Faige en el 2009.

Los chicos de LiveFree tienen claro que no buscan montar un espectáculo o desarrollar habilidades para alardear frente a quienes los retan a hacer saltos temerarios como si fueran acróbatas de circo. «Es un constante aprendizaje físico y psicológico», dice Daniel, quien reconoce que el parkour ha fortalecido su carácter. «He aprendido a dar pasos al costado, como cuando tengo que dejar la obstinación y entender que tal salto no lo lograré hoy, sino tal vez mañana. Las lesiones siempre estarán al acecho».

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Arturo Pucutay aún tiene miedo a las alturas, pero ya no como antes. Viste un polo plomo que dice LiveFree, y desde niño le gustaba saltar en las llantas semienterradas del patio de su colegio y jugar Mario Bros, ese juego de dos fontaneros saltarines. «Tengo tres bases claras», dice antes de pararse de cabeza y andar de manos. «Respeto mi cuerpo, a mis compañeros y a la sociedad: me cuido de las lesiones, enseño a quienes me lo piden y procuro no dañar plantas ni ensuciar el mobiliario urbano». Le han dicho que lo que hace es peligroso, que no lo debería practicar. A lo que él responde: «lo que puede ser peligroso para ti, no lo es para mí». No es un temerario ni un adicto a la adrenalina: es solo un joven que cada día aprende a confiar más en sí mismo. «Un gran salto está hecho de pequeñas partes; es la suma de todo».

Franco Phang tiene el pelo largo, veintidós años, es estudiante de Física en la PUCP y tiene un físico delgado pero potente, pues su performance es como la de un resorte. Es consciente de que esos videos de caídas que suelen verse en YouTube son generalmente de gente que ha entendido mal el parkour, pues no se trata de arriesgarse para ganar likes o auspicios de bebidas energéticas, sino de una práctica para conocerse mejor a uno mismo. «Aquí hay coraje, determinación, resistencia, fuerza, disciplina, dedicación», dice. En Lima hay al menos otros dos grupos importantes de parkour, Dominio Urbano y Parkour Perú, que también realizan talleres y van descubriendo nuevos espacios de la ciudad donde jugar. «Ser y durar», ese es el lema del parkour. «No somos locos ni nada parecido», dice Arturo antes de saltar una baranda a toda velocidad. «Lidiamos con la distancia, altura, velocidad y energía para un salto exitoso. Hay que protegerse de esa locura. Y la única manera es a través de la práctica y la confianza en uno mismo».