La arquitectura del adiós

La Quinta Heeren

Por Miguel Ángel Farfán
Lima podría ser una ciudad museo. En sus calles hay vestigios e historias del pasado, en una mezcla entre antiguo esplendor y decadencia, belleza arquitectónica y descuido. La Quinta Heeren es una de esas construcciones que sobreviven al paso del tiempo. Hasta allí llegó un grupo de aficionados al arte y notaron el efecto poderoso del tiempo.
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Por los dos balcones del cuarto llega el presente: el sol impertinente de otoño, el terral donde hace más de un siglo estuvo la primera cancha de tenis del país, un jardín de estilo japonés y hasta un zoológico pequeño. Ahora solo hay árboles viejos, flores marchitas y casas sucias que sorprenden por su imponencia, belleza; pero también por la quincha que se escapa de sus paredes y por la suciedad que las reviste.

La Quinta Heeren, una construcción del siglo XIX, en Barrios Altos, Lima, Perú, es la reliquia de una ciudad que ya no existe. En el centro de Lima y Barrios Altos vivieron las familias más adineradas del país hasta las primeras décadas del siglo pasado. Había casas de estilo neoclásico, con balcones de madera finamente tallados y portones con escudos. Las mujeres se paseaban con largos vestidos y sombrillas, y los hombres con trajes oscuros, bastones y sombreros. Ahora, en este mismo instante, por estos jirones se ve a una mujer que vende huevo de codorniz, un mototaxi avanza en medio de los autos, hombres y mujeres caminan de prisa y quizá con miedo porque alguien les puede robar.

El piso es de madera y cruje, las paredes blancas lucen cascarones, huellas de esos tapices que solían revestir los muros en el pasado. El techo es alto, y desde él cuelgan los restos de una lámpara. Al costado hay un baño de azulejos rajados, un pequeño lavatorio, excusado y bidet. Este espacio quizá represente apenas el uno por ciento de este conjunto habitacional construido en la década de 1880 por Oscar Heeren, comerciante y aventurero alemán, quien tras viajar por Europa y Asia llegó al Perú para, entre otras cosas, dejar como legado esta edificación de estilo astro-húngaro que al inicio ocupó cuatro hectáreas.

—Esto es para restaurarlo y no tocarlo más —dice Cristina Chouciño, aficionada a la arquitectura, con emoción en los ojos–. Es maravilloso, algún día tienen que empezar a cuidarlo.
—En otro país estaría protegido y abierto para que los turistas lo vean –responde Pierre Gonnord, fotógrafo que ha estado en castillos de Portugal, España, Italia y otros países de Europa.

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Chouciño y Gonnord siguen caminando por el cuarto. Ellos son dos de los veinte visitantes que han llegado a la quinta, como parte de un paseo que se organizó a partir de una serie de fotos que hizo Luis Martín Bogdanovich y que se expuso en la feria ART Lima con el nombre NOSTALGIA. «La quinta siempre fue atractiva para los artistas», dice Mariana Heeren, bisnieta del alemán. El lugar sirvió de escenografía para los artistas Víctor Humareda y Enrique Polanco. Eugenio Courret hizo muchas fotos aquí. Y entre los visitantes de esta mañana están pintores, aficionados al arte y a la moda, restauradores, amantes de la arquitectura y del pasado. Bogdanovich camina lentamente y mira con amor el lugar. Es arquitecto e historiador. Desde hace ocho años se dedica a fotografiar construcciones antiguas. Tiene un archivo de alrededor de cien mil imágenes que muestran las huellas del pasado.

El cuarto no tiene puertas, y tal disposición obedece a la huella de una costumbre: esta construcción –una de las ocho que tiene toda la quinta– sirvió de casa de fiestas para los antiguos habitantes. Aquí vivió el presidente José Pardo y Barreda con su esposa –y prima– Carmen Heeren Barreda, descendiente del constructor. Uno de los dueños fue Enrique Pardo, fundador del Cabo Blanco Fishing Club (lugar que visitó Ernst Hemingway), propietario del Banco Continental, entonces el hombre más rico del país. Además este espacio lo ocuparon las embajadas de Estados Unidos, Japón, Francia, Alemania, Inglaterra y Bélgica.

—En algún momento solo nos vamos a quedar con el registro fotográfico. Es inevitable; las cosas van a dejar de existir –dice Bogdanovich, mientras coge su cámara–. Aunque sería estupendo que se restaure esto.
—Es una pena, esto es realmente hermoso –dice Chouciño.

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Las palabras de la española parecen una resonancia de lo que piensan los visitantes. Ellos siguen caminando. Miran e imaginan lo que se vivió aquí. De pronto, al costado de una de las escaleras que conectan el hall con el segundo nivel, se descubre una puerta lateral que nadie antes había visto. La bisnieta Mariana la empuja, saca su iPhone e ilumina el espacio. Luce asombrada, se adentra en lo que parece ser un túnel, avanza a tientas, desaparece.

—Tienen que ver esto… –grita–. Es increíble.

Regresa con una sonrisa y dice que era un pasaje que conectaba la cocina con el segundo nivel. Uno de los visitantes hace una broma respecto a que debió ser el pasillo de escape del señor de la casa. Pero la bisnieta da una mejor explicación: era el lugar por donde la servidumbre transitaba. Luego sigue su camino. Hace cuatro años que ella no visitaba la construcción. Su familia vendió su parte de la propiedad, y ahora todo le pertenece al clan Pardo. Aun así ella imagina de pronto que sería lindo vivir aquí. Piensa en sus hijas con vestiditos y zapatos de charol con las medias bordadas, que juegan y corren por el lugar. Es una imagen tierna. La imagen que debería cerrar este recorrido.

NOTA: Un agradecimiento a la familia Pardo por haber permitido hacer el recorrido.