Jota Castro

El artista peruano que no es del Perú

Escribe: Manolo Bonilla / Fotos: Renato Ghiazza
El artista peruano más cotizado en el extranjero nació en la selva de Yurimaguas, pero vive en Bélgica. Renunció muy temprano a su país para irse a Europa, y dejó su trabajo como diplomático para dedicarse al arte. Una obra suya llegó a valer tres millones de euros. Ganó una Bienal de Arte en Corea, organizó otra en Irlanda y curó dos veces un pabellón en la de Venecia. Castro usa fotos, videos y esculturas para denunciar problemas globales y reniega de cualquier expresión que no le deje ser libre. Lo suyo, dice, es hacer arte sin diplomacias. ¿Pero quién es, en realidad, Jota Castro?
Jota Castro

Un niño de ocho años lee a Marcel Proust bajo los árboles de Yurimaguas. Allá, en la selva baja del Perú, donde la naturaleza lo invade todo, lo más abundante es la humedad, el calor y los mosquitos alrededor de los bananos. Allá, por 1970, aquel niño batallaba contra todo eso para seguir las desventuras amorosas de Charles Swann, aquel joven enamoradizo de En busca del tiempo perdido, que soñaba con ser escritor. «Estuve en Yurimaguas lo suficiente para recordar escenas como esa, que resultan curiosas», dice ahora Jota Castro, respondiendo una videollamada desde el teatro Fondamenta Nuove en Venecia, donde curó –por segunda vez– El Pabellón de la Urgencia en la bienal de arte de esa misma ciudad. «Venecia es algo monstruoso, irrealista: infinidad de artistas, un público exigente, setenta muestras al mismo tiempo y, de pronto, la alegría de que empiecen a hablar de tu obra», dice acerca de su pabellón, Rebuilding Uthopia, que recuerda el golpe de Estado de Augusto Pinochet en Chile y el ascenso de Margaret Thatcher en el Reino Unido.

Jota Castro nació en Yurimaguas hace 48 años y vive en Bélgica hace siete. Se trata de un artista muy reconocido en Europa, pero que vive una paradoja: en su país casi nadie lo conoce. En Perú pocos se enteraron, por ejemplo, que en 2009 se encargó por primera vez de un pabellón en la Bienal de Venecia. O que ganó la Bienal de Guanyú en Corea del Sur, un año después; o que organizó la Bienal de Dublín y apareció en las primeras páginas de diarios como El País y Le Monde.

Nada. En el Perú no se supo nada de eso. O casi. Jota Castro ni siquiera tiene una entrada en español en Wikipedia.

Pero en su voz grave no hay revanchismo, solo sorpresa. Quizá por eso Castro habla lo necesario sobre ese episodio de su infancia en un pueblo olvidado de la selva peruana. «Allí me di cuenta de que era un niño sensible, lleno de intereses y contradicciones, que no se sentía a gusto en casa. Entonces, en vez de salir a robar coches o atacar gente, me puse a leer y a hacer cosas más interesantes que en el colegio». En su salón de clases en Lima –donde se mudaría con sus padres– Jota Castro dibujaba lo que quería, fuera de las líneas, sin seguir indicaciones. Además tenía una maestra inquisidora que le corregía y le decía que no, que no debía dibujar así y que no se le ocurriera mostrarle esos trazos a sus otros compañeros. Sus compañeros de carpeta pensaban que era un niño raro, retraído, que andaba en lo suyo. Lo suyo, entonces, eran sus lecturas sobre tantos lugares en el mundo que quería conocer: ciudades europeas y capitales asiáticas. «La sensibilidad muchas veces te hace salir del sistema –explica Jota–, te hace comprender que lo verdaderamente interesante no tiene precio o sale de nosotros mismos y no te va a hacer más rico o más pobre, sino mejor».

Toilet paper, wood Each 192x20x20cm.

Tal vez por eso, cuando finalmente aquel chico que leía a Proust pudo salir de Lima a los dieciocho años e irse a Europa a comienzos de los ochenta, nunca más sintió la necesidad de volver. Lima, dice, era una ciudad que lo asfixiaba. «Tenía sueños de universalidad y muy poca gente lo puede lograr si vienes desde donde venimos. A veces hay que irse y hacerlo en las mejores condiciones posibles. Si me hubiera quedado en Lima, no sé qué hubiera hecho».

Regresó una vez, luego de veinticinco años, para organizar una performance masiva en La Costa Verde que cubrieron pocos medios y se llamó La palabra de los mudos. Una multitud de sordomudos marchó hasta la playa, y allí el artista ejecutó un largo discurso dictado enteramente en lenguaje de señas. La idea, dice, era darle voz a los que no la tienen. Lo hizo otra vez, este año, como invitado de la feria ArtLima. Jota Castro no ha comprado otro pasaje con destino peruano hasta ahora.

Antes de ser uno de los artistas peruanos más cotizados en el mundo y después de salir de Lima, Jota Castro fue diplomático. «Esa labor me permitía muchas cosas, andaba a mis aires. Trabajaba en el terreno, en situaciones de violencia, de diferencias étnicas, no solamente en la embajada». Porque Jota Castro -sea en Venecia, Ámsterdam, Dublín o Nueva York- luce como un profeta contestatario: pelos largos y desprolijos, anteojos, la frente despoblada. «Hay gente que me puede tipificar, diciendo este tipo es rebelde y se apellida Castro, viene del tercer mundo. Eso solo es estética, me gusta hacerlo así. No soy más o menos cool o limpio que una persona con la cabeza rapada». En la web de un diario peruano donde publicaron un artículo sobre su participación en ArtLima, alguien sugirió que se diera un baño y use jabón. La asfixia limeña, de vuelta.

Hay una lección que Jota Castro recuerda con cariño de los casi siete años que estuvo en diplomacia. En París, siendo muy joven, conoció al escritor mexicano Octavio Paz –que también fue diplomático–, quien le decía que «tenía que evitar lo pretencioso que podíamos ser los hispanos al observar el mundo, aceptar que el mundo nos podía dar lecciones». Jota Castro entonces descubrió que uno tenía que callarse, observar y después gritar. Eso fue La palabra de los mudos en la Costa Verde. Después, le sobrevino la asfixia diplomática. «Quería hacer arte. Tener un trabajo seguro, donde haces las cosas bien y eres apreciado, puede ser una situación confortable, pero los sillones también lo son: si te quedas sentado mucho tiempo te duele el culo. Eso se aplica a la vida también».

Existe una tesis: el arte le dio a Jota Castro la libertad que no encontró como diplomático, y lo convirtió en un creador políticamente incorrecto. «Si uno hace un trabajo intelectual, tiene que defender sus ideas. Y allí no valen diplomacias. Yo digo lo que pienso, lo que creo que tengo que decir». Por eso Jota Castro hace instalaciones conceptuales, usa fotos, videos y esculturas para denunciar problemas globales. Allí está su obra Oil Shame, donde aparecen muñecos de George Bush, Tony Blair y Silvio Berlusconi en barriles de petróleo y que llegó a costar 3 millones de euros y cambió de dueño tres veces en un solo año. O la bandera de la Unión Europea con esquirlas y cicatrices, o la versión miniatura de la Estatua de la Libertad incrustada en varios anos de plástico.

AUSTERITY ÜBER ALLES! , Galerie Barbara Thumm, April 2012, Berlin

En el Perú, solo hay dos coleccionistas privados que tienen una obra suya. Una de ellas, Amazonas, es un bosque de papel higiénico de colores que configura una reflexión sobre el problema de la ecología en el mundo, porque «todo el mundo lo usa en abundancia, pero pocos se preocupan de reemplazarlo». Siempre hay un momento en que estás sentado y no encuentras papel, bromea Jota. «El humor ha sido la mejor respuesta de un pueblo, de un artista, a un poder o una situación difícil. La mejor manera de reaccionar es mostrar de manera divertida o cruda lo que mucha gente no quiere ver o cree que no se debe decir». Claro, ningún museo peruano conserva una muestra suya. Y son pocos los libros históricos que lo incluyen en su cronología de artistas. A pesar de ello, Jota Castro a veces siente esa extrañeza que ataca a todos los peruanos que viven fuera: «¿Por qué no puedo hacer esas cosas en mi país?».

«Una de las cosas que me molestan en el Perú es la exacerbación con la que se necesita reclamarse peruano en todo». Para Castro, hoy un artista podrá tocar a mucha más gente con su arte si aprende a quitarse el equipaje de su nacionalidad. «Al inicio, uno tiene ganas de ser mostrado, de ser respetado y apreciado como artista. Al final, cuando tienes eso y la gente compra tu obra, sientes libertad porque puedes asumir y hacer lo que te interesa de verdad. Ya no tienes que probar a nadie que eres un artista»..

Jota Castro, aquel niño a quien le prohibían dibujar distinto, jamás estudió en una escuela de arte pero es profesor desde hace once años en varios centros de arte europeos. Como maestro, trata de desengañar. Cuando estuvo en Lima, para la feria ArtLima, habló en las escuelas de Bellas Artes y Corriente Alterna. Tuvo una reacción positiva, insólita, a pesar de que les habló con crudeza. «Uno tiene que ir a estudiar, pero en el arte se tiene que preservar la individualidad. No creo que sea necesario para ser un buen artista. Te pueden dar técnica, conocimientos, pero no te dan calidad ni ideas». Y los jóvenes, esa tarde, lo vieron así: como un artista que ama el tiempo en el que vive y que siente la urgencia de reaccionar a cosas que le interesan. «Trabajo sobre la urgencia, sobre cosas del momento. Pienso en Grecia, en Turquía, con las manifestaciones civiles. Están reduciendo libertades por todos lados. Es vital que perdamos el miedo y obliguemos al poder a ser más social y adaptarse al mundo en que vivimos».

Motherfuckers Never Die, Het Domein Museum, Sittard, 2012

Hace poco, después de un viaje a Polonia y precisamente por esas preocupaciones que ocupan su arte, invitaron a Jota Castro como expositor en un evento organizado por la Unión Europea en Varsovia. Se sentó junto a un grupo de intelectuales para pensar el futuro de Europa. Por otro lado, cuando ha llamado al Ministerio de Turismo peruano para presentar proyectos para instalar la Marca País en Europa no lo han atendido.

En su trayectoria no hay lugar para el mito del artista incomprendido en su tiempo, ese que se repite a sí mismo que su obra se valorará después. «Esa frase es la versión cristiana de El futuro siempre será mejor. No te preocupes. Es una cosa hecha para soportar las injusticias de la vida –dice Jota Castro–. Si te hace sentir bien eso acerca del futuro, entonces suerte. Lo importante es comunicar ahora. Quedar en la historia del arte no me importa».