La fotografía de Cortázar

Sara Facio y sus retratos inmortales de escritores

No se conocían. Una tarde de 1967 Sara Facio se presentó en el departamento del escritor Julio Cortázar, en París, y no se conocían. Llevaba su cámara Leica, sus fotografías y, a su lado, estaba su socia Alicia D’Amico. Poco antes, las fotógrafas argentinas habían llevado su serie Buenos Aires, Buenos Aires a la editorial Sudamericana. Querían publicar su primer libro y ellos estaban interesados, pero con una condición: Cortázar debía escribir el texto. Esa tarde, entonces, fueron para convencerlo de participar en el proyecto.

«Nos presentamos, hablamos de nuestras vidas, miró las fotos y aceptó. Pero mientras tanto estaba tan nerviosa que le sacaba fotos todo el tiempo», recuerda Facio cuarenta y cinco años después. «Se hizo de noche muy rápido y él decía que no me iban a salir, y yo le decía que me dejara, que la fotógrafa era yo. Pero seguía insistiendo y nos terminó invitando para que fuéramos al día siguiente a la Unesco». Por aquellos años, Julio Cortázar aún trabajaba como traductor. Y allí, en el jardín, le tomaron una serie de retratos. «Ahí salió esa del cigarrillo que desde entonces usó como su foto oficial». Un año después editarían el primer libro de las fotógrafas con textos de Cortázar y luego volverían a publicar juntos Humanario, una serie fotográfica de institutos psiquiátricos. Pero entonces, con aquel retrato, también nació su serie fotográfica más popular: Escritores de América Latina, que incluyó retratos de Jorge Luis Borges, Pablo Neruda, y un joven Mario Vargas Llosa, entre muchos otros.

Esa misma mujer que tocó a la puerta del escritor argentino y en 1973 fundó, junto a María Cristina Orive, la primera editorial latinoamericana de fotografía volvió a presentar este trabajo durante el mes de agosto en una retrospectiva, que incluyó series inéditas y reunió sus doscientas mejores fotografías en el Centro Cultural Recoleta de Buenos Aires, y este mes llegará con otra muestra al Museo Nacional de Bellas Artes de Argentina.

«Siempre traté de reflejar el momento en el que vivo. Uno es una especie de testigo. Creo que el valor de la fotografía es tomar el presente, algo muy existencial, la gente que vive en este momento, que trabaja, que sufre, cómo es, cómo son sus gestos, cómo es su ropa y que eso quede como el reflejo de una persona que lo vio».