El artista maldito que pintaba para iglesias

Prófugo. Precursor del arte barroco, indomable protagonistas de peleas callejeras, el revolucionario que introdujo el realismo en las pinturas religiosas, detenido por portar armas, el tenebrista que combinaba fondos negros con focos de luz intensa, el hombre acusado de varias agresiones, caballero de la Orden de Malta, el asesino de Ranuccio Tomassoni. Ese fue Michelangelo Merisi, más conocido como Caravaggio. Y desde entonces, desde que mató a aquel hombre durante una discusión por un juego de pelota, también se convirtió en prófugo.
«Caravaggio rompió con las reglas del decoro. Esto pasó en su pintura y en su vida», explicó Florencia Galessio, del Departamento de Investigaciones del Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA) de Argentina en una entrevista del diario La Nación. Había llegado a Roma desde Caravaggio, un pueblo cercano a Milán que le daría su nombre, aproximadamente en el año 1592. Al poco tiempo empezó a trabajar para el cardenal Del Monte, que lo introdujo en los círculos romanos, y en 1599 recibió un encargo para la capilla Contarelli donde hizo tres obras dedicadas a San Mateo, que luego lo hicieron famoso.
«Hasta esa época la pintura había sido la de la escuela Manierista, con formas alejadas del mundo natural y figuras idealizadas. Con Caravaggio se empieza a ver alrededor. Él comenzó a utilizar personajes populares para la ilustración de escenas bíblicas. Eso generó una enorme empatía con el público», dijo Ángel Navarro, asesor de pintura antigua del MNBA.
Pero entonces, desde que comenzó a crecer su prestigio, también aumentaron sus problemas con la ley. Lo que empezó con peleas callejeras y ofensas se volvió una sombra imparable que terminó con el homicidio de Tomassoni en 1606. Caravaggio sabía que las influencias de sus amigos no iban a poder ayudarlo esa vez y escapó. Primero fue hacía las colinas y luego a Nápoles, Malta y Sicilia, donde siguió pintando para diferentes iglesias. Así, sin planearlo, siguió difundiendo su estilo por varias regiones de Italia.
Él, sin embargo, deseaba algo que no podría alcanzar: volver a Roma. Intentó conseguir el indulto en varias oportunidades pero murió en Porto Ercole, el 18 de junio de 1610, antes de lograrlo. Sus innovaciones habían sido absorbidas rápidamente en la pintura, pero su nombre quedó eclipsado. «Muchos historiadores contribuyeron al olvido de Caravaggio desde el siglo XVII y recién fue reivindicado en 1951, con una gran exposición y las investigaciones de Roberto Longhi», explica Ángel Navarro.
Ahora, el trabajo del artista lombardo llegó al Museo Nacional de Bellas Artes en Buenos Aires, de la mano de la muestra Caravaggio y sus seguidores: una exposición gratuita que reúne siete obras realizadas entre 1597 y 1610 –entre ellas Cabeza de Medusa y San Jerónimo escribiendo– acompañadas de las pinturas de catorce caravaggistas.