Biografías en pantalla

¿Por qué hacer un biopic?

Will Smith fue Muhammad Ali. Imitó sus jabs, ganchos y movimiento de piernas. Por dos horas y media encarnó al mejor boxeador de todos los tiempos. Hace poco, Rodrigo Santoro fue elegido como el mejor actor del reciente festival de cine de Lima. Interpretó a Heleno, futbolista bohemio y brasileño de los años cincuenta. Nos adentró en la locura del pelotero. En Perú, Giovanni Ciccia fue Django, famoso asaltante que atracaba bancos con una pistola en la mano y la otra, en la cintura.

A la crítica le gustan esas historias de vida. Julia Roberts ganó el Óscar por su papel de Erin Brockovich, mujer que puso de rodillas a una megaorganización de salud. Phillip Seymur Hoffman obtuvo la estatuilla de Mejor Actor por encarnar a Truman Capote, periodista norteamericano que escribió A Sangre Fría. Amadeus y Claroscuro que retrataron a Mozart y David Helfgott, respectivamente. Dos músicos geniales y atormentados. Jesse Eisenberg es Mark Zuckerberg pensando en Facebook. Hay seis actores que interpretan a Bob Dylan’s en I’m Not There, incluida Cate Blanchett (actuación que le valió una nominación de la academia).

No se trata de narrar toda la biografía del personaje. Los biopics toman un episodio en la vida del personaje para demostrar algo. El ser humano no nace, crece, se reproduce y muere. El ciclo de vida de las grandes biografías tiene aristas, es complejo, escapa de los patrones. Suponen una mirada peculiar. Y los cineastas cogen un fragmento de esa mirada. El resultado, a veces, es demoledor. Basta una pincelada para pintar a un hombre.