Fito Espinosa, un pintor místico

Escribe: Pedro Casusol / Foto: Kami Velvet
En PUENTES, su nueva muestra individual, Fito Espinosa plasma desde universos paralelos hasta desdoblamientos, ese fenómeno que ocurre cuando el alma se separa del cuerpo. ¿Qué trata de decirnos un artista que no teme a la transformación?
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Fito Espinosa aparece como siempre: flaco, cabello cano y lentes ovalados de montura gruesa. Tiene un pincel en la mano y está en su taller de la avenida Grau, en Miraflores, escenario propicio para hablar de su próxima muestra individual, una suerte de retorno a su origen, a la pintura a secas y a los lienzos de gran formato. Es de noche y el taller parece sumergido en un estudiado desorden. Hay cuadros que descansan contra la pared, mesas abarrotadas de pomos de pintura, un par de zapatillas intervenidas a pedido de una marca, juguetes, libros y una computadora portátil desde donde emerge una música sosegada. Sobre un enorme caballete, bajo la intensa luz de los reflectores, un lienzo de dos metros espera ser pintado. Fito es seguidor de teorías científico-místicas, aficionado a la geometría sagrada y a las lecturas de Nassim Haramein, creador de la Teoría unificada de los campos. Quizás por eso la presencia de símbolos místicos se haya multiplicado en sus pinturas, y Puentes, su décima muestra individual, encierra en sí misma una tesis para asumir el mundo con espiritualidad y en conexión con el universo.

«Primero tienes que relacionarte contigo para crear tu propia conexión, y luego puedes tender los puentes hacia los demás», explica Fito. Probablemente lo que más llame la atención del conocido artista de 43 años es esa suerte de timidez latente que aún perdura cuando lo escuchamos hablar. Aun después de incursionar con éxito en arte, literatura, teatro y, próximamente, en música.

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Muchos años han pasado desde que fuera el artista promesa que obtuvo el primer puesto de su promoción, en la PUCP. Entre 1994 y 1998, los reconocimientos y premios estuvieron a la orden del día, incluido el Pasaporte para un Artista convocado por la Embajada de Francia y el Salón de Pintura del Icpna, dos de los premios más codiciados por cualquier artista local. Representó al Perú en exposiciones internacionales. Las revistas empezaron a hablar de una nueva generación de artistas y lo ubicaban entre George Clarke y Max Hernández. En las fotos de la época, Fito aparecía con una melena negra. Entonces dio un golpe de timón. Decidió apostar por las ilustraciones y composiciones de imágenes, y creó un registro propio que obtuvo la aceptación de un gran público.

El éxito comercial vino cimentado en el creciente interés de un sector que nunca antes había podido –o querido– colgar un cuadro en casa. Espinosa creó personajes suaves, tiernos, coloridos, con los que cualquiera podía sentirse identificado. «La idea es que el mensaje llegue a todos», explicará Fito más tarde. «Esa es un poco mi obsesión».
Fito enseña uno de los cuadros que ha pintado para Puentes. Está apoyado contra una pared, sin colgar, y en él parece una chica que al mismo tiempo es un ave y que lleva el cabello al viento. La inscripción dice: «Vivimos múltiples realidades». «Cada cuadro tiene una idea teórica, medio científica. Yo lo trato de expresar de una manera simple, como esta mujer que es medio pájaro y que está mirando una planta», dice Fito. «Se basa en la idea de que ahora mismo, en este instante, podemos, en otro universo, ser cualquier otra cosa».

Para esta nueva individual, Fito ha apostado por utilizar la feminidad como una de las líneas centrales de sus cuadros. La mayoría de los personajes son mujeres, y el cabello de ellas funciona como una metáfora perfecta. «Me pegué con el tema del pelo, decidí utilizarlo como símbolo», cuenta. «Me basé en eso para transformarlo en plantas, para convertirlo en metáfora de conexión con el universo. Tiene que ver con sinuosidad, feminidad».

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Fito coge un poco de pasta marrón y la mezcla con el verde, el blanco y el amarillo en la paleta de colores. Las hebras de su pincel revuelven las pinturas hasta dar con un nuevo color que nada tiene que ver con los anteriores. Coge un poco de la amalgama que ha hecho y la pasa por el lienzo formando una suerte de ocho horizontal. El símbolo del infinito. «Estuve leyendo unas cosas que decían que el pelo no es solo células muertas que están colgando, sino que también transmiten energía. Son como antenas», explica Fito sentado frente al caballete, mientras trabaja en la última pieza de su individual.

En otra de sus pinturas, el cabello de una chica guarda relación con todos los elementos: aire, tierra, agua, fuego. Más allá, una pelirroja lo utiliza como sutil protección. A otra chica le han crecido plantas en lugar de cabello, y la inscripción reza: «Hay seres que se extienden hacia el cielo». La simbología que utiliza Fito nace de ciertas culturas orientales. Su trabajo consiste en hacer esos símbolos reconocibles, trabajarlos a través de las imágenes y composiciones para que la mayoría de la gente los entienda.

En el otro cuadro, el cabello de una chica se expande hasta contener todo el cosmos. Fito vuelve a repasar el pincel por la tabla de colores y traza una vez más el símbolo del infinito. Por ahora la escena que está pintando parece cubierta por un manto de neblina, como en un día de invierno. La imagen de lo que será es apenas perceptible. Lentamente el artista irá descubriendo la imagen que se esconde detrás de ese velo. Pura poesía mística.