Esculturas que se mueven sin moverse

Escribe: César Ochoa
Sergio Fernández es un escultor madrileño que crea piezas abstractas que generan vértigo, pues parecen estar a punto de sucumbir por acción de la fuerza de gravedad. Si uno observa sus trabajos, notará que aparecen formas nuevas a medida que se cambia el ángulo de mirada. De paso por Lima, está planificando su primera exposición en la capital. ¿Cuál es el mensaje oculto de sus esculturas?
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Él es Cadillac. Con ese nombre se presentó a quien sería su esposa, en un bar de Madrid, aunque en realidad se llama Sergio Fernández y es un experimentado escultor español. Acaba de llegar a Lima y está sentado en un café, leyendo ENSAYOS SOBRE MÍSTICA MEDIEVAL de Martin Heidegger. En realidad, no resulta extraño que esté concentrado en un libro tan complejo, pues también es licenciado en filosofía por la Universidad Autónoma de Madrid. Sergio se inició en el mundo de las formas y volúmenes como una suerte de herencia familiar, pues desde pequeño creció en el taller de su padre, José Luís Fernández, figura clave de la escultura moderna del país ibérico en la segunda mitad del siglo XX. Su arribo a Lima, cargado de diez obras, no solo se debe a que está casado con la ceramista peruana Pilar de Romaña; sino a su interés de mostrar su trabajo en galerías locales.

El principio del movimiento. Ese es el nombre del conjunto de obras con los que ha llegado. Se trata de esculturas del tamaño promedio de una persona y de formas abstractas, con piezas de metal y madera que han sido ensambladas de tal forma que dan una sensación de vértigo. Aunque están en reposo, dan la sensación de movimiento de acuerdo al lugar donde se les ubique. Más aún si se las ve desde distintos ángulos, pues van apareciendo formas ocultas. No representan nada, no intentan decir nada. El único objetivo de Fernández es que gusten, así de simple. Y eso se logra, según el, alcanzando lo que en el mundo de la escultura llaman armonía: eso que eleva a la categoría de arte a una forma determinada. No le gusta alterar demasiado a las piezas que componen sus creaciones. Prefiere ensamblarlas en su estado puro.

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El estilo de Sergio Fernández no siempre fue tan abstracto. Antes su forma de expresar las cosas se basaban en formas más reconocibles. El año 2009, por ejemplo, expuso en la galería Pepa Jordana, la muestra Estás pescado, donde esos animales marinos se convirtieron en motivos centrales para explicar algunas de sus obsesiones. Había una gran escultura de una mujer pez bañada en pan de oro, que representaba a la mujer vista como un objeto; y otra escultura de un gran pez que hacía las veces de cebo de una gran caña de pescar.

Todas esas piezas requerían de muchas horas de fundición de metales en el inmenso taller de su padre. «Es una etapa a la que no volvería», dice. Antes era mucho más experimental.

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Por estos días, Sergio Fernández está muy relajado, alejado del trajín que normalmente tiene en Madrid. Y es que, además de pasar muchas horas en el taller, también es diseñador industrial de muebles y mobiliario urbano en la compañía de diseño 33kg. Allí construyó personalmente la nueva barra de la Cafetería La Tournée del Teatro de la Latina de Madrid. Pero eso no es todo. Fernández es cantante y compositor del grupo de rock Chinasky, cuyo primer disco se llama NO TENÉIS NI PUTA IDEA DE LO QUE ES AMOR. Es lector acérrimo de Charles Bukowski y de los escritores de la generación Beat. Escucha a menudo los discos de Bob Dylan y Lou Reed. Multifacético, polifónico, un artista de 38 años que se rebela frente a las formas convencionales. En el fondo, dice, la escultura podría ser su terapia para bajar sus niveles de ansiedad.