Esculturas a fuego lento

Gonzalo Ferrand & Marcelo Wong

Por Javier Wong
Marcelo Wong es un artista plástico conocido por sus ‘gorditos’, esas redondas esculturas con las que ha inundado Lima. Gonzalo Ferrand es cocinero, pasa sus días dando asesorías culinarias en una cadena de hoteles y preparando platos en su casa, para familiares y amigos. Ambos, luego de reuniones, dibujos y recetas, terminaron Pasiones. Gastronomía & Arte; un libro que combina sus dos especialidades: comida y escultura. Una mañana se reunieron para recordar el proyecto y debatir la verdadera esencia de sus trabajos: la pasión.
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Ambos tienen 36 años, son papás y han abierto una editorial de libros que lleva las iniciales de sus nombres: GF MW. Hace cinco años, sin conocerlo, Gonzalo Ferrand le mandó un correo electrónico a Marcelo Wong. «Oye, me gusta mucho tu arte», le escribió. Luego, en el 2010, por fin se vieron las caras. Gonzalo tenía una idea para decorar su casa e involucraba las esculturas del artista plástico. «Incluso me enseñó un dibujito que hemos incluido en el libro», dice Marcelo, riéndose.

Ahora, Gonzalo se ha retrasado. Marcelo lo espera sentado en un restaurante que colinda con su taller, en Miraflores. El artista plástico, que ha exportado sus obras a países como Irán, Turquía u Holanda, luce ofuscado. Dice que ha comenzado a lidiar con decisiones que escapan del proceso artístico. Lo asaltan ciertos temas: el futuro, su familia, el trabajo; preocupaciones típicas de la adultez. De pronto, llega Gonzalo. «Perdón por el retraso Tenía que recoger a mi hija», dice, mientras se sienta apresuradamente. Tiene puestos unos lentes oscuros que no se quitará durante toda la conversa. Ambos, cocinero y escultor, comparten ciertos rasgos que los alejan de la vida juvenil. Atrás de ellos, dos ‘gorditos’ de Marcelo –uno blanco y el otro rojo– ambientan el lugar.

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Homenaje al ají amarillo

Gonzalo: Es el insumo que más respeto y más me gusta. Considero que es el emblemático de la comida peruana. porque ella gira en torno a él. El libro es un agradecimiento a este fruto.

Marcelo: Es curioso porque hay libros gastronómicos de todo tipo, pero no había uno del ají. Fusionamos esto con otro aspecto, el de los dibujos y esculturas. La cuestión gráfica había que reinterpretarla un poco. Las primeras ilustraciones salieron en la primera reunión. Luego, lo que quise fue no pensar tanto en cómo lo iba a hacer. Necesitaba tener un poco más de contenido, allí entran las recetas de Gonzalo.

Gonzalo: Recuerdo a Marcelo viajando, haciendo exposiciones afuera. Desde el exterior dibujaba y me mandaba los dibujos. Tuvimos por varias semanas sesiones de foto con los platos, mientras Marcelo me mandaba los bocetos. Veía un plato y dibujaba. Por ejemplo, unos ravioles rellenos en cola de buey, ves a un ‘gordito’ agarrando la cola de un buey. Ves un pato en salsa de ají, Marcelo dibujaba un ‘gordito’ con un pato de hule. Son cosas que realmente salen de lo común.

Marcelo: Dibujar requiere un enfoque distinto. Me fue mucho más fácil trabajar el tema de las esculturas en el libro. Me habitúo más a una mezcla tridimensional. Además, el color te ayuda y la forma también. Yo decidí estudiar escultura por eso: el tema de dos dimensiones me resulta mucho más difícil, a pesar de que puedes esconder muchas características en ese espacio. Allí hay más fantasía, más engaño. La escultura, en cambio, es un arte muy tangible: hay proporciones, gravedad. Bohemios y perezosos

Marcelo: No sé si es por la edad que tenemos, pero veo que estos estereotipos comienzan a caer. Tal vez es porque ya no hay excusas ni situaciones que puedan sostenerte. A los 36 años uno comienza a regirse por hechos tangibles. Ya no haces caso a comentarios de terceros.

Gonzalo: Creo que el orgullo nacional por la gastronomía ayudó a que los estereotipos se rompan. Hace quince años decían que los chicos estudiaban cocina porque no querían estudiar nada. Hoy un chico de dieciocho años dice «quiero ser cocinero», y lo dice sin pelos en la lengua.

Marcelo: Es un gran estereotipo, ¿no?

Gonzalo: Antes decías «quiero estudiar cocina» y te decían «no seas flojo».

Marcelo: Yo estudié Arte porque no quería estudiar. No me gustaba leer y era muy malo para las matemáticas. Era un estereotipo.

Gonzalo: Yo dejé de estudiar Derecho por la cocina.

Marcelo: Creo que todas las carreras artísticas tienen un poco de eso. Porque, al tener una posición creativa, estás decidiendo qué se hace y qué no. Inevitablemente te lleva un poco a estar en esa situación en la que te vuelves necio por una idea.

Gonzalo: Pero ahora eso ha cambiado. Yo empecé mi vida profesional en Francia, hace doce años. Mi primer jefe era un chef francés de la vieja escuela que era un gritón, además de autoritario y dictador. Hoy en día eso ya no es una tendencia, porque la vida ya no es así. Antes con solo mirar a tu papá sabía que te tenías que callar. Ahora nuestros hijos nos dirigen a nosotros.

Marcelo: Claro, pero nuestra educación a la antigua ha influido en la manera que vemos nuestras profesiones. Nosotros somos una generación bastante interesante. Hemos vivido el cambio tecnológico. No teníamos celular, internet y cable. Eso te forja distinto, te hace ver la vida de otra manera. Tienes una valoración distinta de las cosas, yo creo que a la larga es una ventaja.

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Padres e hijos

Marcelo: Mi esposa es de otra generación y yo mantengo ciertas costumbres antiguas. Ella sostiene que hay que respetar un poco más la personalidad de mi hijo. «Si tiene miedo, déjalo», dice. Yo soy más rígido. «Él no sabe si tiene miedo», digo yo, es un niño.

Gonzalo: A mí me choca escuchar a mi hija mayor de nueve años, ¡me sale con cada cosa! «Si algún día me pegas te puedo denunciar con un abogado», me dice. ¡Te imaginas una niña que diga eso!

Marcelo: Si algún día viene mi hijo y me dice «papá, quiero ser artista», creo que hablaría con él seriamente. Le explicaría. En el tema de las carreras artísticas debe haber una inducción. Siempre te hablan de lo bueno, pero son carreras especiales, que requiere otras características.

Gonzalo: Así es, nuestras profesiones son muy gratificantes. Quizá más gratificantes que ser un arquitecto o un abogado. Pero eso exige mucho sacrificio. Mucho más que el de una carrera de oficina. En la cocina no tienes sábados por la noche, domingo en el almuerzo, Día de la madre, del padre, Año Nuevo. Los cocineros trabajan cuando los mortales tradicionales se divierten. Eso es un gran sacrificio, no compartir momentos de ocio con tus amigos. Mi hermano menor tiene veinte años, cuando me dijo que quería ser chef, primero le dije todo lo bonito y luego todo lo malo. Y aun así estudió esto, se acaba de graduar, ahora arranca a trabajar en Francia.

Marcelo: En el arte, algo bueno y malo es que no tienes un horario. Puedes saltar en una pata y decir «no tengo que trabajar» y por otro lado tienes que hacerlo. Esto te remueve todo, absolutamente todo. No tienes un plan a seguir, tienes que armar tu propio plan.

Las pasiones

Gonzalo: Ahorita, por trabajo, ya no estoy metido en la cocina. Tuve que dejarla de lado para ver el tema la gerencia gastronómica. Al final no la dejas, uno va mutando.

Marcelo: Es como el amor, va cambiando pero se mantiene. A mí me pasa igual, vas viviendo tu profesión diferente. Es una pasión, si fuera igual de principio a fin no la podrías mantenerte. ¿Quién mantiene eso?

Gonzalo: Es una pasión. Es la manera con la que yo llevo mi vida y consigo las metas para llegar a un objetivo final. Te hablo en todo sentido: profesional familiar y demás.

Marcelo: Creo que es más el proceso en sí, no tanto el resultado. Cuando te escuché hablar de la cocina y cómo cambia; creo me pasó lo mismo con el arte. Antes pensaba que el mejor momento del arte era el proceso de creación. Ahora creo que ese no es el momento más chévere. La concepción y realización es solo una parte, ahora me apasiona ver el resultado final. Poder observar lo que me he estado imaginando.

Gonzalo: Cuando recién arrancaba quería estar con la sartén, meterle insumos. Después vi el plato servido y hacía que tu pecho se infle. Al final llegas a disfrutar todo el proceso.

Marcelo: Sí, el asunto va cambiando, pero la pasión siempre queda.