Escribir es pintar [y viceversa]

Jeremías Gamboa y Ramiro Llona

Escribe: Joseph Zárate /Foto: César Campos
Ramiro Llona es uno de los artistas plásticos más destacados del país. Jeremías Gamboa es el escritor que por estos días ha sido proclamado heredero de un nuevo boom literario. Maestro y discípulo, ambos acaban de lanzar proyectos en los que se han influenciado el uno al otro. Una noche se juntaron para contar cómo sus oficios –distintos en apariencia– pueden compartir técnica, estilo y, sobre todo, mirada. Esta es la historia de su amistad. ¿Qué tienen en común la pintura y la literatura? ¿En qué momento se cruzan sus caminos?
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Cuando tienes un amigo escritor y te obsequia su primera novela, debe ser imposible ocultar tu cara de felicidad al ver que tu nombre aparece en los agradecimientos. El pintor Ramiro Llona hojea, huele las páginas y lee la dedicatoria que Jeremías Gamboa –el peruano que ha generado una expectativa inusual en el mundo editorial de habla hispana con su novela CONTARLO TODO [Mondadori, 2013]– le ha escrito hace unos minutos. Sentados en una esquina del taller de pintura, un espacio de paredes altísimas donde hay estantes con cientos de películas, discos, libros y un par de cuadros gigantescos aún sin terminar, estos viejos amigos conversan. Ramiro –quien acaba de inaugurar UNA LUZ NUEVA, su última muestra– también le obsequia algo a Jeremías. Se trata de BARRANCO A PIE [MAC, 2013], un libro que reúne más de quinientas fotografías que el artista tomó con su iPhone durante sus múltiples caminatas matutinas. Jeremías –el autor del único texto que lleva ese libro– también sonríe al leer la dedicatoria.

Ramiro y Jeremías son amigos desde hace casi quince años. Aunque es poco conocida la historia de su amistad, son incontables las veces que el escritor ha visitado al pintor en este taller gigantesco, para escribir artículos periodísticos, críticas, catálogos, o, simplemente, para tomar un café y conversar sobre sus respectivos oficios, sobre sus vidas. Esta será una noche de esas. Aunque será la primera en que haya una grabadora encendida.

PRIMERAS IMPRESIONES

Jeremías: Me acuerdo que fui a una exposición tuya con una noviecita que tenía en ese entonces, a inicios de los noventa. Tenía diecinueve años. Le hablaba de las pinturas y le regalé una postal con una foto de tus cuadros, donde le escribí unos versos. Jamás imaginé que unos años después seríamos amigos.

Ramiro: Yo te leí por primera vez en el 97. Estaba hojeando la revista Visto Bueno, cuando quedé impactado con la página de arte que firmaba un tal Jeremías Gamboa. Nunca había leído algo así. Era como si el autor estuviera absolutamente capacitado para entender de qué se trataban los procesos artísticos. Había una libertad, una emoción frente al hecho plástico.

Jeremías: Al año siguiente me tocó entrevistarte por RETROSPECTIVA, la muestra que hiciste en el MALI y que ocupó los dos pisos. Tenía veintitrés años. Luego conocí tu taller de Chorrillos, era como un recinto sagrado, con el mar detrás y esas paredes altísimas con los cuadros de gran formato. Casi nadie entraba allí.

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Ramiro: Lo llamaban La Torre de Marfil.

Jeremías: [Risas] Fue gracioso. Estuviste muy animado en la conversación. Cuando terminó me dijiste intrigado: «¿Y tú de dónde vienes? ¿Qué has estudiado?».

Ramiro: Es que me asombraba tu mirada. No eras un crítico más del establishment. Al leerte parecías una persona que había viajado mucho, que había estado en todos los museos, que había vivido más de cuarenta años. Con un talento natural para ver cosas, para entender la pintura y traducir eso en palabras. La mirada es un aprendizaje, un talento.

MAESTROS Y DISCÍPULOS

Jeremías: Cuando comencé a visitar tu taller, luego de renunciar a El Comercio, había dejado de escribir. Tenía muchas dudas. Pero luego te veía pintar, tomar fotos, hacer grabados, leer. Me parecía alucinante. Y yo me decía: ¿Qué estoy haciendo? ¿Por qué no estoy trabajando?

Ramiro: Me parecías un buen ejemplo de determinación. Yo también dejé la arquitectura para estudiar pintura, a los veintitrés años. Con el tiempo me hablaste de tu proyecto, de CONTARLO TODO. Cuando te entraron dudas sobre terminar la novela, no me acuerdo exactamente qué te dije. Debió ser: «deja todo, entrégate a lo que te apasiona, ten confianza en eso, ten fe».

Jeremías: Me puteaste.

Ramiro: [Risas] Vi que ponías excusas para no terminarla. Me decías cosas como: «no, tengo que pulirlo», «que esto, que lo otro». Me comencé a dar cuenta de que lo que tenías era una suerte de pánico de terminar las cosas, de cerrar un proceso. Entonces pensé que era más importante que terminaras el ciclo a que siguieras puliendo la novela.

Jeremías: Siempre me has dado demasiadas lecciones. Cuando empecé a conocer tu trabajo, empecé a escribir de la misma forma. Mucho de lo que sé sobre cómo escribir una novela lo aprendí en las conversaciones que teníamos en tu taller. Por ejemplo, nunca empiezas en una zona específica de la tela, sino de lo que te sale de adentro. Por ahí atacas.

Ramiro: Claro, el primer impulso. Yo no trabajo una pintura bajo esquemas rígidos. No hago bocetos; la única decisión que tomo antes de pintar es qué tamaño y formato tendrá el cuadro. Luego hay una una primera información sobre la tela que tiene mucho que ver con el asunto de hacer un libro, creo.

Jeremías: Así es. De pronto me pongo a escribir el primer párrafo de mi novela pero resulta que no es el inicio, sino una escena de la página doscientos. Cuando trataba de entender lo que me pasaba, pensaba mucho en ti, pensaba que la novela era como una superficie en blanco sobre la que había que trabajar con libertad. Siempre digo en las entrevistas que tú me decías que el estilo no era la manera como arrojas la pintura sobre la tela, sino saber a qué profundidad de tu mente debes trabajar, en rebuscar esos sonidos soterrados y generar una sinfonía, pero no siempre en la misma profundidad.

Ramiro: Es que la mente tiene millones de niveles y tú tienes que saber qué recoges de qué sitio y en qué momento. Hay ratos en los que trabajas desde un lugar y lo haces muy bien, y hay tiempos en los que te arrojas a zonas absolutamente misteriosas, desconocidas. La grandeza de una pintura es esa: saber trabajar desde todos esos lugares.

Jeremías: Escribir un libro para mí ha sido como hacer una pintura de gran dimensión.

Ramiro: Lo bueno es que supiste escuchar. Hoy la experiencia está devaluada. Tener veinte, treinta, cuarenta años de experiencia es un problema para los jóvenes que creen que lo saben todo. Ahora existe una especie de fascinación por lo rápido, lo frívolo, lo breve. Con tu novela de quinientas páginas has ido a contracorriente y ha sido un éxito fenomenal. Es como Rubén Blades cuando presentó por primera vez la canción Pedro Navaja. Lo botaron a patadas por presentar una canción de ocho minutos, como si fuera una cosa literaria.

Jeremías: [Risas] Si esos tipos hubieran editado EL QUIJOTE, habría salido un pasquín.

PINTAR, ESCRIBIR

Jeremías: De niño yo no pintaba, ni dibujaba absolutamente nada.

Ramiro: ¿Pero cómo empezó tu relación con la plástica?

Jeremías: Mi papá era un comprador de libros de segunda mano. Se llenaba de ellos y de todo tipo, pero sin ningún orden. Un día descubrí un libro que me marcó profundamente. Tenía trece años. Se llamaba ARTE ABSTRACTO Y ARTE FIGURATIVO. Me volvió loco. Lo leí y releí; tenía ese compendio casi memorizado. Entonces entré a estudiar Comunicaciones en la Universidad de Lima, en parte porque había cursos de Arte. Iba a la hemeroteca donde había unos libros lujosos con fotos de las pinturas. Así educaba el ojo, ese talento innato del que hablas.

Ramiro: Muchas ideas que vienen de la literatura han organizado mi visión sobre la pintura. Pero yo no escribo mucho. A veces he escrito columnas para un periódico. Si alguien me lo encargara, lo volvería a hacer. Ese proceso de trabajo en la escritura es fascinante, obsesivo. Sí suelo escribir en mis diarios, pero no tengo ninguna pretensión literaria. La vez pasada escribí un texto para una revista, una cosa larga sobre Picasso y el Guernica.

Jeremías: Cuando vi ese cuadro la primera vez fue impactante. Pero lo mejor para mí fue ver los bocetos previos de ese cuadro. Me pareció que eran superiores al GUERNICA. Así, parte por parte, en lugar del conjunto. Me acuerdo que una vez estaba corrigiendo mi novela y pensé mucho en eso, que mi libro intentaba ser así. Me daba cuenta de que había zonas muy exaltadas en la primera versión. Estaban muy bien en sí mismas, pero no funcionaban en el conjunto.

Ramiro: No puede ser todo intenso al mismo tiempo y en todos los lugares.

Jeremías: Sobre mi novela me han dicho que de cierto capítulo al otro la intensidad baja un poco, y es cierto. Porque si no baja un poco no vas a disfrutar la intensidad de lo que viene. Se tiene que bajar lo justo para que luego la historia prenda.

DECISIONES

Jeremías: Me acuerdo que durante los días que trabajaba en la revista Etiqueta Negra me vinieron ciertas ideas. Es decir, vivir encaminado hacia cierto aburguesamiento, probablemente.

Ramiro: No tenías preocupaciones.

Jeremías: Tenía ideas un poco burguesas, como tener un carro, una casa, qué sé yo… Me acuerdo que esa vez fue la puteada más grande que me has metido.

Ramiro: ¿Pero cuánta plata tienes?, te dije. ¿Para vivir seis meses? Escribe durante los seis meses. Olvídate del carro, después puedes tener todos los carros que quieras. Esa plata úsala para dedicarte a escribir.

Jeremías: Además me dijiste que si hacía lo otro sería una persona de éxito, como muchos, pero si escribía sería Jeremías Gamboa. Me acuerdo, sobre todo, cuando dijiste: «haz lo que a mí me provocaría ver: un tipo que hace algo con su pasado, con su familia ayacuchana, con su mirada, que sea un tipo único y no un A».

Ramiro: [Risas] ¿No quieres terminar la novela? ¿Quieres tener éxito? Y si tienes éxito, ya no vas a poder contar la historia de este chico sufrido. Así te hablé.

Jeremías: Esa conversación… ¿sabes lo que me hizo? Fue muy claro. Me hizo dedicarme a escribir la novela. Es mejor ser uno mismo. Sin adscripciones a clases sociales, o símbolos de estrato social o lo que sea.

Ramiro: Esos límites por arriba y por abajo siempre son fijos y paralizantes.

Jeremías: Y es gracioso porque algunas de las decisiones más fuertes que tomé han sido fruto de esas conversaciones contigo. Eso era lo central. Me dijiste: «No temas; si a ti te va bien, igual vas a poder seguir escribiendo; no te vas a quedar sin temas. El drama te agarra de todas maneras».

Ramiro: Sucede que el arte no puede acomodarse en un lugar de confort. El arte tiene que seguir siendo eso que te cuestiona, que te reta, que te desafía.