Escombros de un artista

Por Eduardo Cornejo / Fotos de Augusto Escribens
En diciembre del 2012, un incendio hizo cenizas el taller del artista plástico Marcelo Wong. Más de un año después, Wong recupera alrededor de sesenta piezas que se dañaron en el incendio, y a través de ellas recompone y ordena diez años de su vida de imparable producción artística.
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Marcelo, no pudiste con el fuego. Pocos pueden contra él. La estética redonda de tu arte ardió un día antes de la Nochebuena. No fue buena esa noche del 2012, es verdad: lenguas ardientes, de cinco metros de altura, se alzaron sobre tu taller y arruinaron las piezas que aprendiste a hacer desde hace diez años. Tenías un nombre y un taller, como todo artista que se precie de serlo. Pero esa noche solo te quedó el nombre.

Hoy te has sentado a la mesa a contarlo una vez más. Bomberos ahogaban tus piezas en agua, las hachas tumbaban puertas, los puños rompían ventanas. Tu memoria aún conserva el sonido del vidrio cuando se estrellaba sobre el cemento. Explicas el olor, pero todos sabemos a qué huele un incendio. Además, después de un año y cuatro meses, ese aroma sigue aquí penando como un fantasma. Uno con el que, finalmente, hiciste amistad.

Dices que, antes de pensar en por qué el fuego hace esto al arte, decidiste abrirte camino entre las llamas para rescatar lo que se podía: una pintura vendida esa misma mañana (por compromiso), unos dijes que trabajaste junto con tu mujer joyera (por amor) y algunos gorditos en fibra de vidrio (porque cuestan). Y sin embargo no fue mucho, te dijeron que solo tenías quince minutos para hacerlo. ¿Acaso alcanzan quince minutos para rescatar el arte propio? Respondes que no. Pero los bomberos no entienden de arte, sino de salvar vidas. Que quizá sea lo mismo. Y te hicieron salir casi a la fuerza porque las gotas que caían del techo en llamas lo hacían como de una ducha demasiado caliente, rodaban sobre tu cabeza. Y tuviste que observar como un curioso más de la cuadra la destrucción de lo que tus manos crearon. El incendio continuó hasta que el sol lo relevó. Faltaban veinte horas para el abrazo de Navidad, pero el destino o la casualidad ya te había regalado un incendio.

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Ese taller en la avenida La Mar vio nacer esculturas de mansos dragones que ahora descansan inmóviles en uno de los restaurantes de Gastón Acurio. Cuando los creaste, nunca calculaste el poder del fuego. Pero es ocioso recordarlo; ya ha pasado bastante. Hay que reconocer que supiste hacerte un ser líquido, como lo sabe hacer la gente que lo perdió todo. Te recuperaste como una ola que se alza para volver a abrazar lo perdido, y un poco más.

Una tarde un periodista fue a pedir consejos a Bruce Lee sobre cómo andar por la vida. Él respondió: «Be water, my friend». Y siguió diciendo: «Vacía tu mente, sé amorfo y moldeable como el agua. Si pones agua en una taza, se convierte en la taza. Si pones agua en una botella, se convierte en la botella. Si la pones en una tetera, se convierte en la tetera. El agua puede fluir o puede chocar». Y tú fluiste. En los escombros de esa mañana de diciembre encontraste la dramática idea de una nueva muestra de arte. Te sentiste culpable por eso. Porque mientras otros lloraban o no sabían lo que podría pasar en adelante, tu cabeza trabajaba en un proceso creativo mientras tus zapatos pisaban aún las brasas. Es de ahí, de esa mañana del 24 de enero, que con los primeros rayos de luz encontraste entre los escombros, no solamente piezas quemadas, derretidas, ahumadas y negras, sino también la palabra oportunidad, que fue mutando poco a poco en el sinónimo que le pondrías hoy a tu muestra: Resiliencia. No vamos a decir que sobre las cenizas sonreíste, pero sí que comenzabas a fluir como el agua entre lo quemado.

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«Después del incendio me di cuenta de que sin mis obras, sin mi trabajo, el mundo seguía girando como siempre», exclamas. Al principio fuiste titular de algunos diarios, y los noticieros de TV se aprovecharon de la pérdida, como suelen hacerlo. Pero pasó el tiempo. Anímicamente te diste cuenta de que el 2013 no sería un buen año. Te tomaste con calma las cosas y te detuviste. Ya no tenías un lugar a dónde ir a trabajar, de modo que lo aceptaste y te quedaste en casa. Revaloraste esas cosas que habías perdido antes de la catástrofe: el tiempo. Tiempo para tus amigos, tu hijo, tus padres, tu esposa.

Empezaste a evaluar lo que habías hecho hasta ese momento. A buscar en tu mente aquello que estabas cansado de hacer. En un principio pensaste que estabas agotado del ritmo y del enfoque de tu trabajo. Sin darte cuenta habías ido diseñando una forma de trabajar lejana de la que todo el mundo conoce como «creación artística». Es decir: con operarios, diseñar cosas y delegar su producción a otras personas. Uno de tus cuestionamientos fue si debías replantear lo que estabas haciendo, y te atormentaste con esa pregunta. Pero reflexionaste y notaste que lo que habías hecho fue porque así te gusta hacer las cosas. Y decidiste, entonces, seguir haciéndolo. Con una mayor seguridad empezaste de nuevo y decidiste retomar tu trabajo. Y las piezas quemadas comenzaron a tener un sentido diferente. Cuando llegó el 2014, sentiste que debías cerrar una página para poder continuar. Y esa era una página que estaba quemada.

Tu hijo tenía recién tres meses de nacido cuando sucedió el incendio. Sin saber lo que vendría, y mucho menos su significado, le pusiste de nombre Ignacio. Ignacio: ignis, de fuego ynatus, de nacer. Nacido del fuego. Entonces comenzaste a encontrar un mayor sentido a la catástrofe y a los escombros. Tu hijo casi había llegado junto con el incendio, y pensaste que si hubiera aparecido en tiempos distintos, no habrías podido recuperarte. Por eso cuando finalmente decidiste realizar la muestra en el Centro Cultural Peruano Japonés, sentiste la necesidad de que tu hijo esté presente en el cuerpo y alma de una obra que lleve su nombre en latín: Ignatus. Y cuando la tuviste por fin lista, hecha de un fuerte pedazo de madera quemada, producto del incendio, sentiste que ya era posible dar la vuelta a la página. Y que ahora era a ti al que le tocaba ejecutar la palabra que lleva por nombre tu muestra. Resiliencia: capacidad humana de asumir con flexibilidad situaciones límite y sobreponerse a ellas. El círculo estaba por fin cerrado.