¿Y dónde está el dinero?

Escribe: Jorge Luis Cruz
La crisis explotó en todo el mundo y hoy los países tradicionalmente ricos han perdido su glamur. Los bancos se declararon en banca rota por todos lados y a los multimillonarios parece habérseles extraviado parte de su fortuna. Pero, donde unos pierden, otros ganan. Mientras el mundo sigue sufriendo la resaca financiera, para otros la fiesta aún no se acaba.

La noche del miércoles 3 de agosto, el brasilero Eike Batista se acostó en su cama siendo el octavo hombre más rico del mundo. Al día siguiente, de un momento a otro, sus empresas reportarían pérdidas por 2.000 millones de dólares en el llamado ‘jueves negro’, y, de pasó, perdería su puesto en el ránking. Dicen que hoy está en el puesto 13. Pobre Batista.

El mundo se ha convertido de pronto en un lugar menos amigable para el dinero. Hace una década el presidente de Estados Unidos, George W. Bush, decía: «nuestra nación vive una época de prosperidad». Diez años después, Barack Obama habla del «peligro de una recesión» en un país donde la deuda pública equivale ya al PIB anual. En Europa la cosa no pinta mejor. A inicios de este año, la taza de desempleo alcanzó su punto más alto desde la creación del Euro (22 millones de personas sin trabajo). El posible colapso de ambas economías está poniendo en riesgo el crecimiento de China e India. Los ricos ya no son tan ricos y los pobres siguen siendo pobres. El misterio sin resolver es para quienes no son entendidos en saber quién se llevó todos los millones que el mundo parece haber extraviado.

«Una cosa es el dinero y otra la liquidez», explica Roddy Rivas-Llosa, profesor de Finanzas de la Universidad del Pacífico. «El dinero es lo que llevamos en el bolsillo, la liquidez es la capacidad de usar el dinero. Imagina que depositas un billete de 100 soles en el banco. De esos cien, el banco presta a otro señor 70 soles. De la nada, hay 170 soles. Un solo billete de 100 soles termina generando liquidez por mucho más. El problema no es a dónde se fue el dinero, sino ¿qué pasó con la liquidez de la economía mundial?».

Luego de una década en que los bancos norteamericanos entregaran a mano abierta préstamos hipotecarios a todos los que solicitaran uno, a fines de 2007 el poco control y las relajadas normas para entregar dinero se tradujo en incumplimiento masivo de pagos, reventando la burbuja inmobiliaria y trayendo el precio de las viviendas al suelo. Con millones en deudas imposibles de cobrar y con muchas facturas por pagar, los bancos simplemente se quedaron sin liquidez para salvar al mundo de la crisis que ellos mismos habían ayudado a alimentar.

En realidad, la razón se antoja más compleja, pero la crisis comenzó a mover una rueda que fue aplastando todo a su paso. Según el Fondo Monetario Internacional, en 2009 el PIB mundial cayó 1.3%, lo que se convirtió en la recesión más profunda desde la II Guerra Mundial, «por amplio margen». ¿No se suponía que había riqueza para todos, que los precios iban a subir por siempre, que la economía no iba a dejar de crecer? ¿Qué pasó? Malas noticias, muchachos: la fiesta llegó a su fin. Pero no para todos.

Feliz navidad para algunos
En los últimos dos años, todos los días parecen ‘jueves negro’ y las cifras de desempleo aumentaron en países donde el desempleo casi no existía. Pero en medio de este desbarajuste, hubo gente que se hizo mucho más rica. Se trata de los ejecutivos de bancos en todo el mundo, que ganaron millonarios bonos como compensación por hacer mal su trabajo.

Para salvar a los bancos de la bancarrota, el gobierno de Estados Unidos aprobó en 2009 inyectar 700.000 millones de dólares de los contribuyentes para comprarles los activos financieros inmobiliarios contaminados por las «hipotecas basura». Meses después, celebrando la buena suerte, Goldman Sachs, uno de los grupos de inversión más grandes del mundo, entregó bonos de un millón de dólares, en promedio, a cada uno de sus empleados. Para los altos mandos, el cheque fue más jugoso. «Presionar a las juntas [de accionistas] es un proceso largo. Mientras tanto, para ellos, todos los días es navidad», opinó David DeBoskey, profesor de Finanzas en la Universidad de San Diego, consultado por CNN.

Lo que brilla sí es oro
Pero los ejecutivos de banco no fueron los únicos que hicieron fortuna. Las mineras dedicadas a la extracción de oro comenzaron un crecimiento contradictorio con la caída de la economía mundial. En los últimos tres años, la empresa Barrick Gold, principal extractora del dorado mineral, ha visto multiplicar sus ganancias casi por nueve.

«El real valor es que todo el mundo lo aprecia. Es escaso y es difícil de conseguir. Los inversores lo consideran un activo libre de riesgos, porque la gente lo sigue deseando y eso lo hace valioso», dice el economista Rivas-Llosa. A inicios de septiembre, el oro alcanzó su máximo valor histórico: casi 2 mil dólares la onza, impulsado por la demanda mundial. Y las mineras le dan las gracias al mundo por eso.

Con el muerto dentro de casa
Algo se ha podrido en el mundo y en Wall Street la cosa huele mal. Desde hace semanas, las calles de Nueva York están convulsionadas por manifestantes que protestan contra los préstamos de su gobierno a los bancos. La medida era necesaria para que Estados Unidos (y el mundo entero) no colapsara. Pero a la mayoría de ciudadanos no les causó gracia ver cómo millones de dólares en impuestos se iban a la cuenta de los bancos. «Salvaron a los bancos que lucraron con nuestras hipotecas. ¿Y quién nos salvan a nosotros de pagarlas?», es el reclamo casi unánime de quienes perdieron hasta la camisa en la crisis.

Hace una década, casi el 70% de norteamericanos tenía directa o indirectamente dinero jugando en bolsa. Con el hundimiento de la economía, que en la bolsa se siga apostando cifras astronómicas les parece cachita a los manifestantes. «Fundamentalmente, la bolsa es el termómetro de la economía. Si los prospectos de crecimiento bajan, las empresas bajan sus utilidades y se castiga su valor en la bolsa. Pero cuando esos precios se castigan se produce menos riqueza y la factura la pagan todos. Cuando todo va bien, la bolsa es un círculo virtuoso. Cuando todo va mal, el círculo es perverso», explica el economista Manuel Chacaltana.

«La lógica es parecida a la de un camal», piensa Rivas-Llosa. Pese al sabor de un embutido, cualquiera pierde el apetito cuando se le echa un vistazo a cómo lo preparan. Lo mismo sucede en las bolsas de valores. Uno se pregunta cómo se pueden perder tantos miles de dólares como si nada. Cualquier respuesta ruboriza.

De mendigo a millonario
Mientras todas estas cosas pasan en el mundo, Perú tiene ínfulas de Suiza. Con recesión global y todo, se espera que este año el crecimiento del país no baje del 6%. «El Perú es un mendigo en un banco de oro», dijo Antonio Raimondi en el siglo XIX. Ahora el andrajoso empezó a hacer fortuna con el tesoro en el que se aburría sentado. Desde mediados de los noventa, producimos minerales para regalar. Claro, no hay necesidad, si el mundo está loco por comprarlos. «La leve prosperidad que estamos viviendo se debe a que China e India nos siguen comprando minerales. Ojalá su industria siga con hambre por mucho más tiempo», dice Jorge Gonzales Izquierdo, ex ministro de Trabajo.

Mientras el precio del oro en el mundo ha subido sin parar, la sonrisa de nuestros ministros de Economía no ha dejado de crecer casi al mismo ritmo que el dorado mineral. Actualmente, la cuarta operación de Barrick Gold en el mundo se encuentra en el Perú. Pero no todos son tan afortunados.

«La economía mundial se ha desacelerado y el margen de crecimiento se ha reducido. El problema es que la riqueza ya está concentrada en muy pocas manos. Pero las cosas que se daban como seguras ya no lo son tanto. Mientras Estados Unidos pierde poder, China parece estar ganándolo. Las cosas están cambiando, para bien o para mal. En países como el Perú está naciendo una clase media donde antes no la había y el capital está llegando a esta parte del mundo, pese a que aún somos una economía pequeña en el orden global», explica Chacaltana.

Un nuevo orden de las cosas parece surgir de esta crisis, que ha quebrantado la confianza en las instituciones financieras y en los propios países. Pero tal vez todo cambie menos de lo que imaginamos. Mientras la clase media se siente cada día más pobre, los ricos del mundo solo se sienten un poco menos ricos. Pregúntele a Eike. El valor de sus empresas se vino a pique, pero de su billetera no se escapó un solo billete. Cuando se trata de perder, algunos no pierden nunca.