Pájaros de agua

Josefina Licitra, escribe por primera vez en AS y nos cuenta por qué nunca debemos dejar de aletear como pájaros

Escribe: Josefina Licitra
Dos pájaros adultos que van y vuelven de un modo incansable para dar gusanos a su cría. Quiero decir: es lo único que hacen los padres. Ir y volver para dar de comer, y asistir al momento de la donación en el que un puñado de huesos diminutos abre el pico y recibe golosamente una lombriz.

Es un día de lluvia en Brasil. Son nuestras vacaciones. A metros de la pileta, bajo techo, hay una mesa de ping pong en la que juegan Juan y Joaquín.

Juan es mi marido. Nos conocimos el nueve de febrero de 2002, nos separamos a comienzos de 2007 y el veinte de febrero de 2008 nos juntamos otra vez. Desde entonces no nos ponemos de acuerdo en la fecha de aniversario –para mí es el nueve, para Juan el veinte– así que no lo festejamos nunca.

Joaquín es nuestro hijo. Celebramos cada uno de sus siete años.

Afuera diluvia. La pileta del hotel se eriza con la balacera de agua y todo el resto es vapor. Y plantas. Y nosotros en el medio del vapor y las plantas. La excursión de la mañana se canceló por mal tiempo y eso nos obligó a buscar planes posibles. Las opciones son pileta, ping pong y libros. Pero en realidad todo es la misma cosa: todo es un green mile hacia el espejo final. Ahora es cuando –por no tener otro lugar donde mirar– debemos mirarnos a nosotros mismos.
Así que hoy es el día de la honestidad y la paciencia.

Y de los ojos.

Miro a Juan y a Joaquín; sé de mi amor por ellos. No es un amor hecho de flores o de cascabeles: más bien tiene que ver con la lluvia. Mi amor y la lluvia parecen hechos por la misma mano. Eso es lo que pienso ahora. Las vacaciones tienen ese tema del pensamiento. En cambio en Buenos Aires, mi ciudad, la mayor parte de las ideas no dejan marca: son prácticas. Cuando llueve no pienso en el amor sino en bajar el toldo que da al jardín: cosas así, todo el tiempo. Vivir conmigo no es fácil.

Días atrás, por ejemplo, tuve que librar –como todos los años– la batalla de diciembre contra mi impulso de huir hacia las cosas concretas. Esto es, tuve otra conversación con mi hijo sobre Papá Noel. La charla empezó bien: puse empeño; puse campanas en mí. Le dije a Joaquín que hiciera su carta de Navidad, y vi cómo pedía –por escrito– la nueva remera suplente de Boca, un pantalón que hiciera juego, un escudo y una espada. Me alivió que no pidiera paz ni amor. Y me conmovió ver sobre el papel la letra empeñada de mi hijo. Sin embargo, en algún momento algo pasó: murieron las campanas; miré la carta y me irritó que semejante esfuerzo fuera dirigido a Papá Noel, ese insulto a la inteligencia de todos.

—Joaquín, hijito –dije–, Papá Noel va a buscar la remera de Boca pero igual razonemos juntos: si a vos te dicen que hay un gordo que vuela, ¿¿¿TE PARECE LÓGICO???
—Sí –dijo Joaquín–. Porque debajo de los renos hay un montón de palomas. Y un águila.

Me sentí un monstruo. Le pedí perdón al dios que me gobierna –se llama Culpa– y compré todo obedientemente, a escondidas y en cuotas. Luego me fui a mi escritorio y le escribí a mi amigo Chiri: le conté lo de Papá Noel, le pregunté si yo era un ogro, le hablé de mis dudas: ¿La mentira de Papá Noel era la mentira de la ficción? Horas después me fui de viaje a este lugar en el que estoy: el Mato Grosso do Sul; ese lugar lleno de espejos.

Ahora, en la posada, me conecto por primera vez a Internet y veo la respuesta de Chiri: «Pienso exactamente igual que vos sobre la cuestión de Papá Noel. No es un cuento de hadas, no hay un pacto con el que recibe la historia, es una estafa lisa y llana para nuestros niños. Por otro lado Papá Noel no es un rey mago, es un gordo insaciable emblema del capitalismo con una biografía nefasta en la que entra hasta la empresa Coca Cola. La antítesis del niñito nacido en un pobre pesebre. Mi teoría es que Papá Noel es el demonio».

No tengo hermanos pero tengo amigos. Dios, el demonio o Papá Noel me han hecho ese regalo extraordinario.

Cierro la máquina y suspiro, como si algo en mí finalmente pudiera perder peso. Miro hacia arriba. A pocos metros, acomodado en un recodo del tejado, veo entonces un nido. Llamo a Joaquín y juntos subimos a una mesa para contemplar el cuadro. Lo que se ve es dos pájaros adultos que van y vuelven de un modo incansable para dar gusanos a su cría. Quiero decir: es lo único que hacen los padres. Ir y volver para dar de comer, y asistir al momento de la donación en el que un puñado de huesos diminutos abre el pico y recibe golosamente una lombriz.

Ver a los bichos en su espasmo de supervivencia me impresiona. Abrazo a Joaquín y el contacto me devuelve información vital: mi hijo está creciendo; ya no cabe en mí.
Joaquín se suelta y va a los saltos a decirle a Juan. Habla del nido. Mi marido le cuenta esta historia.

—Cuando eras chiquito te hacíamos “pajarito” –dice. Lleva las manos en alto, como si sostuviera un bebé imaginario-. Te decíamos “pajarito” y cuando te alzábamos movías los brazos.
—Una noche tuviste una pesadilla –digo yo–. Entre sueños dijiste “pajarito” y papá tuvo que alzarte. Eran las cuatro de la mañana.
—Te hice “pajarito” y moviste los brazos y después paraste de llorar.
Eso es lo último que dice Juan.
Acaba de salir el sol y por unos segundos da un calor cansado, mantecoso. Luego vuelve a esconderse.
—Háganme pajarito ahora –pide Joaquín.

Pesa veinticinco kilos más, pero nadie vacila. Nos quitamos lentamente las chinelas y la ropa y nos vamos al agua: el lugar de las cosas livianas. Allí volamos en círculo.