MAC

El día después del museo

Escribe: Luis Felipe Gamarra / Fotos: Macarena Tabja
Finalmente, después de 57 años de espera, el Museo de Arte Contemporáneo abre sus puertas. Ahora, solo una pregunta queda pendiente: ¿Qué se necesitará para que este espacio se convierta en un referente del arte moderno en el mundo?
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Escuchar a la curadora de arte Elida Román caminar por el salón en el que reposa la colección del Instituto de Arte Contemporáneo de Perú [IAC] significa reconstruir los turbulentos años sesenta en América Latina, en los que la filosofía saltaba del papel en forma de fusil. Desde La Habana hasta Buenos Aires, pasando por México, Santiago y Lima, los artistas plásticos no querían ser considerados solo pintores: querían ser mártires de una epopeya política que ellos iban a escribir a pincel. Quizá no lograron borrar las profundas inequidades que aún existen en sus países, pero convirtieron a América Latina en un escenario importante para el arte contemporáneo.

En esta exposición, en la que Román ha elegido las pinturas, destacan obras de artistas como Wilfredo Lam [Cuba], Ricardo Grau [Francia], Fernando de Szyszlo [Perú], Brian Nissen [México], Roberto Matta [Chile], Vicente Rojo [España], entre otros. Crítica de arte, así como promotora cultural, Román es una de las últimas voces capaces de mezclar una cátedra sobre el abstraccionismo latinoamericano con anécdotas de alcoba detrás de cada obra. Porque esta colección, que ha estado oculta por más de tres décadas, más que a una generación de pintores, reúne a una guerrilla de militantes pacíficos que buscó acabar con la apatía de una época.

Esta exposición, que acaba de inaugurarse por primera vez la semana pasada, nació en 1947, en el Jirón Ocoña, en lo que se llamó La Galería de Lima, un estrecho pero acogedor lugar en el que se empezaron a mostrar obras de pintores de ese entonces. Este proyecto se transformó en 1955 en el IAC. Fundado por artistas como Fernando de Szyszlo, Emilio Rodríguez Larraín, Sebastián Salazar Bondy, Manuel Mujica Gallo, entre otros, el IAC aspiraba a promover el arte de vanguardia, que era exclusivo de Europa o de Estados Unidos, como el Surrealismo o el Expresionismo Abstracto. Sin ningún apoyo del Estado, pero con la ayuda de decenas de pintores de diversas partes del mundo, el IAC sacó adelante diferentes exposiciones, en las que el expositor se comprometía a dejar una pintura, con la que luego se constituiría la primera colección de arte moderno del Perú. De esta forma, como dice Fernando de Szyszlo, ingresaron escuelas de vanguardia que hasta aquella década eran inéditas en el país. Apellidos como Cuevas, Castagnino, Seguí, Moore, Sakai, Chadwick, Mabe, Albers, Davie, Paolozzi o Lipchitz iluminaron la entrada. Incluso hubo espacio hasta para los más incendiarios, como el grupo de jóvenes neo dadaístas llamado Mimuy [fundado por los arquitectos Mario Acha, Miguel Malatesta y Efraín Montero], quienes ejecutaron –por primera y última vez– una instalación que consistía en echar basura en el salón.

Lamentablemente, antes de que el IAC lograra establecer un museo para mostrar en forma permanente este arranque de cosmopolitismo, la dictadura del general Juan Velasco Alvarado, que dejó la presidencia en manos de los militares hasta 1980, acabó con el impulso. El IAC cerró, dejando su valiosa pinacoteca en casa de los gestores, así como en museos administrados por gente comprometida, para evitar que las obras fueran expropiadas. «Ha sido un silencio de treinta años», afirma Román. Pero ya no se lamenta.

Ahora, el Museo de Arte Contemporáneo [MAC] representa el retorno del espíritu del IAC, en el que se reencuentran viejos camaradas. El MAC le ganó a la dictadura, al paso de los años, a los obstáculos legales que colocaron un pequeño grupo de vecinos de Barranco que casi logran que el museo nunca se edificara, a la polémica que despertó entre urbanistas y arquitectos el diseño del museo, a la lucha que se gestó entre la comunidad plástica que se opuso tajantemente a llamar a este centro Fernando de Szyszlo, que casi termina con el reclamo de algunos pintores respecto a sus obras donadas. Eso, como los años sesenta, pertenece el pasado. Ahora, ¿qué necesita el MAC para convertir este espacio en el próximo Tate de Londres, Moma de Nueva York o Kunst de Alemania? Porque, pese a que este local posee 57 años, apenas acaba de nacer.

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Más que cuadros en las paredes

«¿Cómo vamos a hablar de arte contemporáneo si no tenemos referentes, si no tenemos museos?», expresó el escultor Víctor Delfín, en febrero de 2010, cuando todavía no existía el Ministerio de Cultura. En esa época, Delfín temía que pasara lo mismo que al artista Gerardo Chávez, que logró implementar un museo de arte contemporáneo en Trujillo, pero donde él es el único mecenas. Entonces, ¿cuáles son los retos que el MAC deberá enfrentar?

Primero, tener dinero para sostenerse. Como ha explicado Álvaro Roca Rey, director del MAC, esta es una asociación cultural sin fines de lucro que posee la concesión de un espacio público que se nutre de donaciones de empresas privadas comprometidas con el arte, como Fundación BBWA Banco Continental, Deutsche Bank, BCP, Grupo Gloria, Eduardo Hochschild [gran coleccionista de arte], entre otros; así como del programa Amigos del Museo, un patronato para recabar fondos que podrían servir en un futuro para adquirir más obras que alimenten la colección. Pero para sobrevivir deberá generar recursos propios, a partir de las entradas y de pequeñas concesiones internas como un café [Los Cavenecia] y una tienda [Galería del Barrio].

El segundo reto del MAC será acercar el arte moderno al país. El museo se inscribe en el circuito de galerías más sólido de la metrópolis, porque se ubica en un distrito donde se reúnen algunas de las principales: Lucía de La Puente, Frances Wu, Cecilia González y Dédalo. Frente al MAC estará la Universidad de Ingeniería y Tecnología [UTEC], cuyo edificio será un desafío a la arquitectura contemporánea, en el que además habrá un espacio para el arte. Sin embargo, este tránsito cultural no garantiza que el MAC se transforme en un referente del arte moderno. Para Elida Román, se debería comenzar por quitar las rejas que rodean el espacio «para que no sea un museo en el que está un parque, sino un parque en el que existe un museo». Según Román, a falta de museo, se les ha exigido a las galerías de arte labores que no les corresponden, como promover el arte contemporáneo. Pero ahora que existe este lugar, que apela al espacio público, se deben ejecutar proyectos creativos que integren el museo a la ciudad y no quedarse como paredes con cuadros colgados, sino con un espacio de entretenimiento, análisis y discusión.

Para no caer en elitismos que espanten al público masivo, Román indica que el MAC deberá reunir a gente preparada para comentar el trasfondo de cada obra a los visitantes. Porque si uno no conoce la obra, no la valora. «El arte de ahora, salvo por honrosas excepciones, está distanciado de la realidad, lo que divide al público en dos. Por un lado, las élites, que aceptan el arte porque es arte. Por otro, gente que no se acerca a las obras porque le parecen lejanas. Existe una tendencia a exaltar el deterioro de Lima, y no sé si la gente que llega de los suburbios o de otras partes del Perú se identifique con esto». Según Román, para convertir este museo en un referente nacional, se debe empezar por convocar a artistas de todas partes del Perú, principalmente de Arequipa, Cusco, Trujillo, Chiclayo, Iquitos y Cerro de Pasco, donde ella ha sido testigo de un movimiento incluso más estimulante que el de la capital, que se está gestando con más dificultades, pero con una mayor sinceridad. En ese mismo sentido, Fernando de Szyszlo opina que este museo no se debe transformar en un salón en el que solo se exhiban las modas del momento.

Según Marilú Ponte, coordinadora general del MAC, eso no pasará. Para estar atentos a las corrientes contemporáneas del Perú y del mundo, con base en la calidad y los contenidos, el MAC se ha comprometido a no quedarse solo como un espacio restringido a las artes visuales. El programa cultural contará con expresiones multiculturales como danza o teatro, que se harán en las terrazas y jardines que rodean el museo. Para ser referentes en la región el MAC hará énfasis en la colección, con piezas significativas para incorporar el museo al recorrido turístico. Para no tener una sola mirada, la curaduría estará a cargo de Isabelle de Moreau, que contará con la asesoría de dos expertos que irán rotando cada dos años. Elida Román posee mucha expectativa. Y ella, como seguramente muchos artistas, no dejará de celebrar mientras exista un MAC. Un museo no nace todos los días.

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