Los anticuarios del futuro

Escribe: David Hidalgo / Foto: Alonso Molina
Un movimiento de soñadores reivindica la tecnología de la era victoriana contra la frialdad de la era digital: fabrican objetos que parecen reliquias, se visten con prendas del siglo XIX y predican las promesas de la ciencia ficción. ¿De qué peligros del mañana nos quieren prevenir?

El sheriff tiene puesto un sombrero negro con antenas doradas y una estrella con engranajes que es, a la vez, un sensor para captar las vibraciones del entorno. «Te alerta contra disparos lejanos», dice aludiendo a un ataque a traición. Sobre la mano derecha lleva un brazalete que tiene dos compartimientos llenos de éter vaporizado, sustancia que se inyecta en el flujo sanguíneo para endurecer y estabilizar sus músculos al momento que le toque empuñar su arma. En el brazalete izquierdo tiene suficientes municiones químicas para aniquilar a un pequeño ejército. Al cinto, una pistola calibre bulldozer. Viéndolo al frente, uno no sabe si está ante un tributo a los héroes del western o a una idea de George Lucas, el cineasta que combinó túnicas medievales con espadas láser y reinventó el futuro. «Se trata de un sheriff honesto que, al descubrir la corrupción del gobierno, optó por convertirse en un vengador», explica Fernando Pajares, el alter ego de carne y hueso. Salpicado de remaches de cobre y correas de cuero, el muchacho encarna un nuevo fetichismo de esta era geek: el culto a objetos ultramodernos que parecen anticuados. El traje es el primer peldaño a la nostalgia como estado de conciencia. Los miembros de esa cofradía internacional lo denominan steampunk.

En un país que suele llegar tarde a las revoluciones tecnológicas, pareciera que la revancha empieza por el vestuario. «El steampunk es la intersección entre la ciencia ficción y el romance», dice Humberto Rotondo, un estudiante de Derecho que ahora viste con una enorme llave inglesa al hombro y un mandil de cuero con llaves de tuercas brillantes. Su mitología mira con nostalgia el siglo en que se inventaron los trenes, en el que nos convencieron de que el mundo podía moverse a vapor. El atuendo lo define: es un mecánico de máquinas improbables. El plenario de la comunidad Steampunk Perú convoca, del mismo modo, a otros personajes tan singulares y apreciables como una especie en peligro de extinción: un espía con sombrero de copa y máscara de gas, el tripulante de un barco volador con gafas para soldar y pistola de bengala, una aviadora con botas largas y pistolera de cuero. El escenario natural de esta cumbre es el Parque Reducto de Miraflores, uno de los pocos en Lima que guarda una locomotora como reliquia. Es perfecto, hasta que un detalle confirma nuestro destino de nación boicoteada por el clima: ha lloviznado y los vigilantes han tapado la máquina para que no se oxide.

El grupo sigue la filosofía del hazlo-tú-mismo: cada quien ha elaborado sus artilugios con partes de juguetes, aplicaciones metálicas y cuero. En una época en que el talento se confunde con la rapidez para bajar programas de Internet, el movimiento venera la artesanía de los inventores del siglo XIX. «Nikola Tesla es el maestro steampunk por antonomasia», dice Zlatko Pérez-Luna, el estudiante de ingeniería mecánica que fantasea como tripulante de un barco volador. El verdadero inventor de la radio –por delante de Marconi– es considerado también el precursor del control remoto, el radar y la robótica. Enemigo acérrimo de Thomas Alva Edison, quien se apropió de algunos de sus inventos, Tesla es uno de esos héroes de la ciencia que presentaban sus descubrimientos en actos públicos que ahora parecerían funciones de ilusionismo. Pero acaso el matiz que alimenta la fantasía de sus grupies modernos es el enigma que rodeó parte de su trabajo: alguna vez dijo que había captado señales de Marte. Se propuso desarrollar la forma de fotografiar los pensamientos y en su historial de inventos no faltaron las armas apocalípticas como el “rayo mortal”, que, se suponía, podía acabar con aviones enemigos a distancia.

«El steampunk celebra la estética de la época victoriana, pero aplicada a una tecnología de un nivel superior incluso a la que tenemos ahora», a decir de Michael Lazo, el espía, un diseñador gráfico que fundó el capítulo local de la comunidad. La facción quimérica sueña con ver barcos que flotan en el aire o máquinas para viajar en el tiempo, a la manera de los fundadores literarios del género como Julio Verne o H.G. Wells. La facción más realista prefiere trabajar con los pies en la tierra.