La soledad del Premier

Escribe: Carlos Hidalgo
La salida de Salomón Lerner de la presidencia del Consejo de Ministros fue el colofón irremediable de la primera gran crisis del gobierno humalista y trajo a la memoria las abruptas despedidas de otros políticos que detentaron tan alto cargo. Ahora, con un gabinete que pretende ser cohesionado, el gobierno afronta un tramo que se presenta largo y bastante complejo.

Analogía entre la política y el fútbol. En el juego de once contra once, el arquero cumple una función vital, quizá el rol protagónico de la cancha. Es, en última instancia, el factor decisivo para evitar que a un equipo le llenen el arco de goles. Puede ser héroe, pero también villano. De ocurrirle esto último, lo más seguro es que sea reemplazado sin miramientos por un director técnico desesperado por evitar que su equipo termine los partidos perdiendo y con un score propio del básquetbol.

¿Sucede lo mismo con nuestros sucesivos, variables y variopintos presidentes de los gabinetes ministeriales? Desde que Alberto Fujimori dejara el poder en el año 2000, trece han sido los personajes políticos que han detentado tan alto cargo en el Perú, en cuatro regímenes democráticos (Valentín Paniagua, Alejandro Toledo, Alan García y, ahora, Ollanta Humala). La gran mayoría ha tenido que abandonar el cargo en medio de una situación política determinada, sea esta un gran escándalo (petroaudios), un lamentable desenlace producto de un conflicto social (Bagua) o la mera confrontación política (Carlos Ferrero contra Fernando Olivera en agosto de 2005). Para algunos, ante la goleada política, es mejor dar un paso al costado.

Con Salomón Lerner la cosa parece estar clara, aunque no por ello deja de ser lamentable su salida, teniendo en cuenta la capacidad de diálogo, apertura y concertación que Siomi demostró en los cuatro meses que ocupó el cargo. En su caso, un factor fue determinante: la poca muñeca para controlar la colisión de visiones y opiniones de los miembros del gabinete ministerial, que junto al presidente Ollanta Humala formó en julio pasado. El caso Conga, donde algunos ministros estaban a favor de la inversión y otros abiertamente en contra, fue bastante gráfico.

«Era algo que se caía de maduro», dice Yehude Simon, actual congresista de Alianza por el Gran Cambio y ex presidente del Consejo de Ministros durante el segundo gobierno de Alan García. «No puede haber un gabinete con ministros hablando todos al mismo tiempo y en diferentes idiomas. Unos hablaban quechua, otros inglés, otros francés y muy pocos castellano», comenta Simon de manera alegórica. «Desgraciadamente, en este caso, la pita no se rompió por el lado más débil, sino por el lado más sabio», añade.

De igual parecer es Javier Velásquez Quesquén, actual congresista aprista y también primer ministro durante el último gobierno de García. «[El cambio] fue prematuro pero necesario, porque Ollanta Humala, quizá por su inexperiencia, quiso armar un gabinete que superaba cualquier tipo de concertación. Había multiplicidad de discursos que no solo generaban confusión, sino desgobierno. Cuando sucede eso, los que promueven los conflictos encuentran un escenario ideal para efectuar sus acciones», refiere.

Todo parece indicar que si bien Lerner fue una figura decisiva en los primeros meses de este gobierno para calmar las dudas de los agentes económicos, con sus declaraciones muchos miembros del gabinete terminaron por conspirar en contra de esa imagen de unidad que él pretendió articular. Todo a velocidad crucero.

Unidad de bomberos

La salida de Lerner del gabinete, y su posterior reemplazo en la figura del teniente coronel Óscar Valdés, deja una serie de reflexiones en torno a la figura del presidente del Consejo de Ministros, quizá el cargo más volátil de nuestro sistema político. Al igual que otros en su cargo en tiempos pasados, Lerner intentó convertirse en una suerte de «premier bombero», aquel que pretende solucionarlo todo, en todo momento. Un error arrastrado por las gestiones anteriores, no solo atribuible al ex jefe de gabinete.

«Es la falta de institucionalidad y eficacia del Estado», dice Velásquez Quesquén. «Muchos primeros ministros creemos que para reafirmar nuestra posición de funcionario más cercano al presidente de la República tenemos que resolver todos los problemas y convertirnos en la única instancia», dice. El ex premier aprista considera que para solucionar esto se debe devolver a los ministerios la capacidad de resolver los problemas sectoriales.

«Cuando entré como primer ministro, quedamos en que cada ministerio resolvía el conflicto desatado en su sector, a menos que el problema fuese transversal. Ahí recién entraba en juego la figura del premier», recuerda. «Creo que el presidente del Consejo de Ministros tiene que restablecer ese mandato de institucionalidad en que él es coordinador de todos los sectores y no la única instancia para resolver los problemas del país», sentencia.

Simon añade una arista interesante y bastante pragmática. «Muchas veces la gente no quiere conversar con el representante del sector, sino con aquel que le resuelva el problema. En ese sentido, se ha dejado todo en manos del premier. Hay un impase que se tiene que solucionar. Los últimos gobiernos han sido más técnicos que políticos. Lo que se necesita es ministros con mayor y mejor manejo político. Si reúnen ambos perfiles, en buena hora, pero se necesitan cuadros políticos eficaces», sostiene.

A pesar de las anotaciones, la situación parece no haber cambiado. A comienzos de la semana pasada, el nuevo premier, Óscar Valdés, viajó a Cajamarca para tratar de reiniciar el diálogo con las autoridades de esa región, en busca de una solución al caso del proyecto Conga. Desgraciadamente, al cierre de esta nota, no hubo humo blanco. Las autoridades cajamarquinas no quisieron firmar las actas del acuerdo y Valdés volvió a Lima sin mayores logros.

«Espero que no caiga en provocaciones. El Perú es de gente que en su mayoría está por el dialogo y ojalá el premier Valdés entienda que firmeza no necesariamente es verticalismo», dice Simon.

Vidas paralelas

Si bien ambos se desempeñaron en el mismo cargo durante el gobierno aprista, Simon y Velásquez Quesquén tuvieron suertes distintas. Mientras que Simon tuvo que afrontar un problema serio con los hechos de Bagua en junio de 2009, que a la postre lo terminó alejando del gabinete; Velásquez, quien lo reemplazó, tuvo un paso más sereno, aunque también zarandeado por otros conflictos sociales. «Mi error fue no ir a Bagua», reconoce Simon. «Si hubiera ido, otro hubiese sido el resultado. El gobierno dialogó por casi 33 días y se nos criticó por ser muy abiertos al diálogo», recuerda. «Desgraciadamente, había gente que no quería escuchar», añade.

Velásquez Quesquén también tiene recuerdos. «La impaciencia de la gente, producto de la expansión económica, se tiene que enfrentar con responsabilidad y seriedad. Todos los primeros ministros tienen un estilo. El mío fue no negociar ni conversar con carreteras tomadas. No se firmaban actas, pero sí cumplíamos con nuestros compromisos», dice.

Como se quiera, el remozado gabinete, capitaneado ahora por Óscar Valdés, tiene retos importantes que afrontar. En el corto plazo, mantener los estándares de crecimiento del Perú durante un 2012 agitado por la crisis internacional. En el largo plazo, cumplir con las promesas electorales de inclusión social ofrecidas por Humala cuando era candidato.