Benedicto el breve

Escribe: Luis Felipe Gamarra / Foto: Getty Images
La renuncia del Papa Benedicto XVI cayó como un rayo sobre el Vaticano. Apodado por sus críticos como el ‘Rottweiler de Dios’, el ex cardenal Joseph Ratzinger tuvo la imagen de sacerdote duro, por ese terco afán de querer reafirmar la identidad católica. Su renuncia al trono eclesiástico revela un sorprendente giro liberal en casi seis siglos, y que comenzó con su solicitud para abandonar la barca de San Pedro. ¿Quién será su sucesor?

En la carta de renuncia presentada durante el Consistorio [equivalente al Consejo de Ministros], Benedicto XVI afirmó que el mundo está sacudido por asuntos que provocan gran impacto en la fe, por lo que el compromiso de ser Papa exige, más que vigor físico, mucha solidez de espíritu. Para algunos analistas, estos párrafos esconden una advertencia implícita no solo sobre los desafíos naturales que enfrenta el pontificado, sino a la dificultad de conducir la Iglesia en un mundo más interconectado pero no por eso más espiritual. Los avances tecnológicos en comunicación, comenzando por el de Internet –que obligó al Papa a abrir su cuenta de Twitter– han hecho que travesías papales como las de Juan Pablo II parezcan actos anacrónicos. En este escenario mediático, para el que no estaría preparado ni el más popular de todos los papas, los casos de sacerdotes pedófilos, de curas cómplices de crímenes sexuales, de ministros implicados con drogas, de mayordomos papales involucrados en el robo de documentos, de banqueros del Vaticano con antecedentes oscuros, perdones que demoran décadas, de frases mal dichas, o pésimamente interpretadas, poseen un efecto más catastrófico que en otras épocas, donde los defectos de la Iglesia se conservaban como secretos, en lugar de ventilarse como espectáculos globales, como ahora.
Joseph Ratzinger se va. Es verdad. Pero, ¿se irán con él todos los escándalos que le amargaron el papado?

Bendito entre los benditos

La primera elección del Papa es probablemente la más delicada de todas. En el momento en el que los obispos terminan de revisar los votos de los cardenales que determinarán el nombre del próximo Papa, los obispos con más expectativas están pensando qué sobrenombre elegirán para su pontificado, entre los de sus antecesores o el de un santo. En el mundo eclesiástico, el nombre determina el estilo que tendrá el sumo pontífice, porque en un mundo como el de la Iglesia, el verbo se expresa a través de la palabra. El 19 de abril del año 2005, el día en el que el humo blanco se elevó sobre la Capilla Sixtina revelando que se había elegido al Papa que reemplazaría a Karol Wojtyla, Joseph Ratzinger, cardenal alemán, eligió el nombre de Benedicto, que significa ‘bendito’. Ratzinger quería emular a Benedicto XV, que guió la curia romana en un momento difícil como la Primera Guerra Mundial [1914-1918]. Pero, además, quería evocar la figura de San Benito de Nursia, el patriarca del monacato occidental, padre de la cultura romano-cristiana.

Por ese mismo motivo, Benedicto es el segundo nombre más elegido, solo por debajo de Juan [veintrés veces]. Irónicamente, Benedicto es también el nombre que más ha solicitado su renuncia. Ratzinger es el tercer Benedicto que deja de ser el representante de Dios en la tierra. En el año 964, Otón I, emperador del sacro imperio romano-germánico, depuso a Benedicto V para imponer a León VIII. En el año 1047 Benedicto IX, elegido Papa en tres oportunidades desde los catorce años, fue obligado a dimitir a un tercer y último periodo por guerras intestinas entre coronas europeas. El último Papa en renunciar fue Gregorio XII, en el año 1415. Protagonista del Cisma de Occidente, un periodo en el que varios papas se disputaron el poder, Gregorio XII eligió irse a orar a las montañas. Falleció en el año 1417 sin conocer el nombre de su sucesor. Joseph Ratzinger, sumo pontífice a los 78 años, el segundo jerarca de la Iglesia con más edad al ser electo, es el Papa número doce en abdicar al cargo.
El 28 de febrero a las ocho de la noche, una vez que Ratzinger selle con su rúbrica la carta de renuncia, dejará de ser Benedicto XVI. El anillo del pescador, llamado así en honor a San Pedro pescador, discípulo de Jesús, que acompaña a los papas desde el siglo XII, será destruido como señal de que el Papa dejó el Vaticano. Ratzinger se trasladará a partir de ese momento a un monasterio de clausura, donde vivirá sumido en su labor teológica.

Humo blanco

El tiempo que demorará la elección del próximo Papa se llama Interregnum, que significa ‘entre el reino’. El cardenal Tarcisio Bertone, el polémico secretario del Estado Vaticano –conocido en el Perú por la carta en la que le retira el título de Pontífice a la Universidad Católica–, será el Cardenal Camarlengo, aquel que asume de forma provisional el gobierno de la Iglesia. Bertone deberá convocar al cónclave –en el que no participará Benedicto XVI– donde estarán presentes alrededor de 120 cardenales de todo el mundo, incluyendo al cardenal de Lima, Juan Luis Cipriani. La elección se llevará a cabo en la Capilla Sixtina. Esta podría durar algunos días. En ese tiempo, los sacerdotes no podrán tener contacto con el exterior. Si los cardenales no se ponen de acuerdo respecto al sucesor, se pone como límite un día más para elegir al heredero de Ratzinger. En ese momento, con el nombre del próximo Papa en la mano, el decano del Sacro Colegio le preguntará al elegido si acepta el cargo. Si este contesta que sí, se le coloca el Anillo del Pescador, hecho con los restos del que llevó Benedicto XVI. Entonces dirá qué nombre llevará hasta su muerte. Finalmente, una vez que el humo blanco inunde el Vaticano, el pontífice caminará hasta el balcón para repetir las clásicas palabras: «Habemus Papam». Para algunos analistas, el hecho de que el Vaticano albergue dentro de sus muros a un ex Papa junto a su sucesor, será una situación compleja, porque Ratzinger será el equivalente a un ex presidente, con poder e influencia.

Respecto a los posibles herederos, existe una máxima romana que dice quien entra Papa, sale cardenal, porque muchas veces los favoritos no son los elegidos. Por ese motivo destaca el caso del cardenal Timothy Dolan, que ha declarado poder asumir el reto de suceder a Ratzinger. Declaraciones arriesgadas, pero quizá no para un contexto donde el que acaba de dimitir a Papa por no se consideró apto para enfrentar los desafíos que impone el papado. Los papables italianos Angelo Scola, Angelo Bagnasco, Angelo Amato, Mauro Piacenza, Crescenzio Sepe y Gianfranco Ravasi están entre los favoritos. Sin embargo, en la mayoría de estos postulantes, la edad representa un punto en contra. Estos ocho son mayores de setenta años y se habla de que se están buscando un Papa entre los sesenta y los setenta años, rango en el que existen alrededor de cuarenta cardenales, para que el Vaticano deje de parecer ese enorme hospital geriátrico en el que se ha convertido. Existen otros papables: William Hill [Nigeria] o Peter Turkson [Ghana]. Respecto a estos últimos gira una profecía que dice que el día que se elija un Papa de raza negra será el fin del mundo, a la que se suma aquella advertencia que dice que Benedicto XVI será el penúltimo Papa antes del Juicio Final.

Toda renuncia es un fracaso, una ruptura en un proceso. Da lo mismo si esta se produce por falta de salud física o por carencia de fortaleza espiritual. Sin embargo, esta podría ser la oportunidad que esperó la Iglesia para salir al frente de la crisis que ha colocado al Vaticano en las páginas policiales, o podría significar la imposición de un ala más dura, generando más distancia entre el rebaño y los líderes de este magisterio divino. Eso se sabrá en marzo, cuando el humo blanco diga qué Papa enfrentará este mundo para el que nunca se preparó la Iglesia.