Batallas fuera del ring

Escribe: Abraham Taipe
Las historias de los mejores boxeadores del planeta suelen tener capítulos relacionados a situaciones muy complejas. Haber caído en el vicio de las drogas, el alcohol, la delincuencia, provenir de una familia desintegrada o vivir en un barrio peligroso parecen ser normas impuestas por el propio deporte. Solo aquellos que han logrado sobrepasar estas barreras alcanzaron el éxito. La pregunta es, ¿por qué ellos y tantos otros no?

Hace unas semanas una bomba recorrió las redacciones periodísticas del país. Kina Malpartida, la única campeona de box que tiene el Perú, decidió confirmar lo que era un secreto a voces: en su juventud, tuvo un encuentro íntimo con el mundo de las drogas. Entonces, la opinión pública decidió pronunciarse a su favor, darle el apoyo moral que necesita toda campeona después de despojarse de una confesión de tal magnitud. Como si la historia de Rocky Balboa trascendiera los terrenos de la ficción y se hiciera realidad con todo lo épico que tiene una biografía forjada a puño limpia.

Pero dentro de esa declaración que le brindó al periodista Daniel Titinger también se podía vislumbrar otra gran certeza, el box era la única vía que Kina halló para huir de su pasado. Porque no es nada sencillo que una joven de buena posición económica y con una belleza que bien podría utilizar para desfilar en una pasarela se dedique a un deporte en el que las victorias se definen a golpes.

Kike Pérez es un periodista deportivo con una trayectoria de más de treinta años viendo púgiles dando la vida en el cuadrilátero. Según su experiencia, las personas que deciden incursionar en el boxeo lo hacen porque no tienen otra alternativa para alcanzar la gloria. «El box es un deporte de hambre, hecho para quienes están convencidos de que es la única forma de salir adelante o escapar de sus problemas». En el caso de Kina, ella realizó diversos estudios en Estados Unidos y practicó surf, pero solo el boxeo pudo encauzar su vida. Hoy es una campeona que tiene la aprobación de todo un país y se ha convertido en un ejemplo para los jóvenes. Pero en los anales del boxeo nacional se recuerdan otros casos en los que el deseo de superación ha logrado proezas increíbles.

Orlando Romero
En la década de 1980 estuvo a solo un asalto de ser campeón mundial. Según Kike Pérez, Romerito provenía de un barrio muy peligroso en la ciudad de Trujillo. Poco a poco, gracias a su talento con los puños, fue escalando en este deporte. En 1983, en el máximo apogeo de su carrera, enfrentó a Ray Boom boom Mancini, campeón mundial de los pesos ligeros, en el mítico Madison Square Garden de Nueva York. «Todos creían que Mancini tendría una pelea fácil, pero no fue así. Romero cayó en el noveno asalto ante la sorpresa general del mundo entero». Lastimosamente, el peruano quedó muy afectado tras esa pelea y no volvió a ser el mismo. De vuelta al país, fue recibido como un héroe.

Mauro Mina
Un hombre correcto y un gran boxeador. «Mina fue un campeón sin cinturón, derrotó a todos los boxeadores del ranking mundial, pero nunca le dieron la oportunidad de enfrentarse a quienes tenían el título», dice Pérez. Era un deportista disciplinado. No bebía ni fumaba. Nadie le conocía vicio alguno. Cuando se retiró, regresó a su natal Chincha, al sur de Lima, donde abrió un gimnasio para entrenar a jóvenes figuras.

KO internacional
En el panorama mundial podemos mencionar a James J. Braddock, un boxeador irlandés que pasará a la historia por ganar peleas en las que no era el favorito. Este hombre, cuyo apodo fue Cinderella Man (Ceniciento) –Russell Crowe protagonizó una película basada en esta historia–, tenía una razón para luchar: debía mantener a su familia en una de las épocas más duras de Estados Unidos, la Gran Depresión (1929). Solo así se puede explicar que le arrebatase en 1936 el título mundial de los pesos pesados a Max Baer, un temerario púgil que tenía en su haber dos muertes en el cuadrilátero.

Otro caso de lucha contra la adversidad es el de Manny Pacquiao, considerado como el mejor púgil de la actualidad, libra por libra, al haber obtenido siete títulos mundiales en distintas categorías de peso. Este hombre, nacido en Filipinas en 1978, tuvo una niñez terrible. Su padre era adicto al alcohol y a darle furibundas golpizas. Cuando entró a la adolescencia tenía claro que abandonaría su hogar. Ese día llegó, cuando a los dieciséis años su padre mató a su mascota frente a sus ojos. No soportó más y viajó a Manila, la capital del país, donde trabajó en diversos oficios hasta que alguien descubrió su talento con los puños y lo convirtió en lo que es ahora, un campeón de campeones.

Quizá se podría añadir a la lista a Roberto Mano de piedra Durán y a Óscar de la Hoya, dos boxeadores latinoamericanos que tuvieron infancias complicadas en las que el box se convirtió en una válvula de escape ante la pobreza. Pero sus carreras fueron manchadas al caer en la drogadicción tras estar en la cumbre del éxito. «La historia del box está llena de biografías de deportistas que no pudieron manejar la fama repentina y cayeron de la cima», sugiere Pérez.

El diván de los vencidos
El psicólogo deportivo Leopoldo Caravedo dice que las personas tratamos de sanar nuestras heridas de diversas formas, y en el caso de los boxeadores, estos llevan todo ese padecimiento al cuadrilátero y tratan de expulsarlo. «Aunque muchos critiquen este deporte, se ha demostrado que puede ser beneficioso para jóvenes que están inmiscuidos en una realidad de violencia. El box les impone reglas y una disciplina de entrenamiento que en pocas palabras es darles responsabilidades».

Ese es el caso de Jonathan Maicelo, la promesa del box peruano, quien dice que empezó a dar sus primeros golpes para defenderse de compañeros abusivos del colegio donde estudió. No solo eso, en su barrio de toda la vida, Los Barracones del Callao, tuvo que rechazar las constantes tentaciones de la delincuencia y las drogas. «En mi casa nunca faltó el dinero, pero tampoco sobró. Mi madre y mi abuela me criaron con buenos valores, ya que mi padre nos abandonó». No solo eso, Maicelo no fue bueno en la escuela y encontró en el box un excelente motivo para sobresalir sin causarle problemas a nadie.

Caravedo asegura que los boxeadores deben librar duras batallas. «En el caso de Maicelo, ha sido positivo que se marche a entrenar a Estados Unidos porque le puede suceder lo que le a otra gran promesa peruana, Broncano, quien por el entorno negativo en el cual se movía desperdició su brillante carrera».

Se refiere a Mario Broncano, a quien en la década de 1990 la prensa peruana empezó a comparar con el gran Mauro Mina. Broncano tenía una pegada temible y un futuro impresionante, pero su adicción a las drogas y su relación cercana con la delincuencia terminaron por llevar su carrera al fracaso. Cada cierto tiempo, los periódicos informan sobre una nueva fechoría de Broncano en las calles. Es el mejor ejemplo de lo que no debería hacer un boxeador.

Si se quiere llevar esto al ámbito mundial, podemos referirnos a un hombre que tocó la gloria y la derrota total en este deporte: Mike Tyson. En noviembre de 1986, el mundo vio cómo un muchacho de veinte años conquistaba el título mundial de los pesos pesados, convirtiéndose en el más joven en lograr tal hazaña. Tras unos años en el cuadrilátero, su fama se expandió, pero en 1992 las noticias dieron cuenta de su detención y posterior encarcelamiento por el delito de violación sexual. Allí empezó su declive, salió de la cárcel y recobró su título, el cual perdería rápidamente ante Evander Holyfield. En una nueva pelea contra este oponente no tuvo mejor idea que arrancarle un pedazo de la oreja derecha.

El mundo deportivo le dio la espalda. Tuvo que pagar una millonaria multa y fue suspendido. Él respondió como no debía. Escándalos callejeros, alcoholismo y un retorno al mundo de las drogas. Perdió peleas ante rivales muy inferiores y acumuló derrotas, una tras otra. En junio de 2005, cuando solo era un remedo de su grandeza, anunció su retiro. «No puedo seguir con esto. No puedo seguir mintiéndome. No voy a seguir arruinando este deporte. Es simplemente mi final. Se terminó». Un final que, sin saberlo, él siempre buscó. Caravedo sostiene que un buen boxeador no solo necesita de un talento innato para derribar rivales y de las ganas de superación al estilo de un Rocky Balboa, sino también de una red afectiva que sea capaz de levantarlo cuando esté a punto de caer. «La envidia, el egoísmo y los deseos de sabotear aparecen cuando uno alcanza el éxito. Por eso, la familia y los buenos amigos deben estar siempre cerca». Pensemos en James J. Braddock o en el propio Mauro Mina, personas con familias a las que no podían fallar y en las cuales podían confiar. O el caso de Maicelo, quien le ha hecho una promesa a su bebé en el oído, «Tu papá será el campeón del mundo». Siempre hay una razón para alcanzar la gloria.