El viejo y el mar

Por Ornella Palumbo
Titi de Col dejó un incalculable legado de sabiduría y amor por el mar. Antes de partir, el hombre que llegó a correr una ola de diez metros y que tuvo la primera bodyboard -aquella tabla utilizada para correr olas echado- en el Perú, le heredó a sus hijos la pasión por la tabla. Ahora los tres De Col son promesas del surf nacional, eso y más lo han logrado gracias a la guía de su padre.
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El hombre que tuvo la primera bodyboard del Perú fue el primero en criar y entrenar a tres surfistas que brillan sobre las olas. Cristóbal fue campeón mundial juvenil a los dieciocho años, Nadja corría fechas del torneo más importante del mundo a los veinte años y el pequeño Noah se paró en una tabla hawaiana recortada de una bodyboard a los dos años. «Era como el motor que nos movía», recuerda Nadja. Pero lograr esto no fue solo cuestión de entrenamiento. Titi nació conectado con la naturaleza y vivió para evidenciarlo. Cuando los hijos eran niños aún, él construyó una pirámide de caña chancada en lo alto de un cerro al pie de un acantilado en la playa Órganos, en Piura, en la que vivía. El templo existe hasta hoy. Era la época del fenómeno El Niño y las olas estaban grandes. De día corría con sus hijos, de noche miraba las estrellas con un telescopio. Alguna vez volvió a aquella pirámide con una serpiente en la punta de la tabla. «Para nosotros venir a Lima y ver la tele, y los semáforos era como estar en Disney», dicen Cristóbal y Nadja. A los cuarenta años, Titi estaba en la cresta de la ola con una familia completa, una carrera de arquitecto consolidada y aprovechando la madurez para disfrutar más de su deporte. Así lo aseguraba cuando lo entrevistaban. A los 44 años, como las olas que en el segundo siguiente a la perfección de su forma se desvanecen, Titi se fue. Pero su enseñanza lo sobrevivió: hay que vivir como en el éxtasis de un tubo.

José Vicente de Col Zanatti era como el mar. A veces impetuoso. A los diecisiete años convenció a sus padres de que lo enviaran a Hawái durante tres meses, y se quedó dos años. Una mañana sus amigos salieron a correr sin él, porque era muy chico, y Waimea –una de las más grandes de Hawái– era –es– para los bravos. Cuando Titi despertó, no tenía tabla. Corrió a pedir una prestada y le dieron una reliquia. Entro al mar y agarró la ola más grande. En una foto histórica en su familia se ve un monstruo de agua de diez metros y a Titi parado sobre una pequeña navaja amarilla con la que lo cortaba en vertical. Todos esperaban que saliera desbordante de orgullo y palabrería por su hazaña, pero no. Agradeció y devolvió la tabla. El dueño se la regaló porque se la merecía. La famosa tabla amarilla, réplica de la del tablista hawaino Eddie Aikau que se inmoló para salvar a los tripulantes de un bote en medio de una tormenta, está de pie en la sala de su casa en Chorrillos. Cuando Cristóbal conoció la ola de Waimea a los diecisiete años, la misma edad que su padre, se quedó impresionado con el tamaño. Cuando Nadja fue allá la gente la paraba en la calle para preguntarle: «¿Hija de Titi? Guau, qué tal hombre. Siempre con una sonrisa». Cuentan sus hijos que para él toda crisis siempre arrastraba una oportunidad.

Otras veces Titi era como una ligera corriente de agua. «Si eres como el agua y te ponen una piedra al frente, ¿qué hace el agua? Fluye», dice Cristóbal parafraseando a Titi. A su padre le encantaba el kung fu, más por su filosofía que por los golpes y las patadas. Cristóbal dice que solía explicar los conflictos cotidianos como si manejara una bola de energía entre sus manos.

Una vez hubo una ruptura entre padre e hijo. Cristóbal tenía catorce años y su papá lo entrenaba para los circuitos más importantes del mundo. En los momentos de presión extrema, los roles se confundían. «A veces yo lo veía con ojos de papá y él estaba como entrenador», recuerda el primogénito. El hijo adolescente que empezaba a ganar todos los torneos ya no quería correr. Juntos buscaron la manera de esquivar el conflicto y optaron por la meditación que les dio el equilibrio que necesitaban. «Él ha sido mi entrenador, mi papá y mi mejor amigo», recuerda el campeón sobre aquel padre que sabía manejarse en la tierra como en el mar.

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De vez en cuando Titi era calmo como una orilla. «Era un hombre sin miedo», concluye Nadja. Una vez Cristóbal, Titi y ella estaban en Costa Rica observando la ola más potente del país, la Salsa Brava, desde tierra firme. Se veía pequeña, con tubos como de metro y medio. Lo necesario para que Nadja -que era una adolescente con menos fuerza que ellos- pudiera divertirse. Cuando entraron resultó que había dos metros más de ola debajo de la superficie. Cerca de cuatro metros de agua surcada solo por avezados profesionales adultos y su hija en medio de eso. «Él en lugar de ponerse nervioso me animaba», dice Nadja. Las decisiones de Titi obedecían a su intuición. Nadja le heredó eso. Su padre la describió en una entrevista como una soul surfer, una tablista que corre por amor al mar y no para competir.

La arquitectura de Titi era un reflejo de sí mismo. Ondulante. Sus piscinas están diseñadas como pocitas marinas. El techo de la casa que creó para su amigo Patrick van Ginhoven tiene la forma de una ola visto desde cierto ángulo. Su casa de Chorrillos está rodeada por un muro circular y todas las intersecciones de las paredes interiores son boleadas para que la energía fluya mejor. En la sala hay keros con motivos de pelícanos y peces entre las olas. Titi amaba los huacos, los quipus y las montañas de los Andes tanto como al mar.

El 11 de julio del 2013, Titi de Col y su amigo, el también empresario Walter Breadt, tenían que cruzar la cordillera para llegar a Junín. La avioneta Diamond cayó en Huarochirí, muy cerca de una laguna llamada Titicocha, donde nace el curso principal del río Rímac. La mañana en que abordaron la nave ambos estaban emocionados. «Los mecánicos cuentan que parecían dos niños», dice Nadja. A 16 mil pies de altura nadie supo lo que pasó. Cuando la noticia llegó a casa, cuentan que la aceptaron con el respeto que merecía este episodio como parte de la vida de Titi. «Para mí ha sido una salida increíble», revela Nadja, al referirse a la partida terrenal. En su escritorio de arquitecto no hay fotos, sino hay plumas grandes, caracoles marinos y notas de amor.