El velerista que no cabía en su bote

Por Pablo Panizo / Foto de Santiago Barco
Después de ser parte de la última generación de oro de los veleristas de clase Optimist, Stefano Peschiera pasó sus últimos años relegado en la categoría. Pensó dejar la vela, pero cuando cambió a la clase Láser descubrió algo increíble: él seguía siendo un fenómeno sobre el océano, el problema era su bote.
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Para pasar por el portón de su garaje, el velerista Stefano Peschiera debe agachar la cabeza y flexionar las rodillas. Pareciera medir más de 1.82 metros. Con su peso es al revés: a pesar de su ancha espalda se le ve más bien delgado y no aparenta 82 kilos. Al fin y al cabo hace cinco años, cuando era indiscutido en la selección que ganaría tres títulos sudamericanos y un subcampeonato mundial, tampoco parecía un niño de trece. Dio rápido el estirón y ya pesaba 55 kilos, el peso ideal para navegar en los ligeros veleros Optimist. Pero en esta clase se compite hasta los quince, y su rápido crecimiento comenzó a ser un problema. «En mis últimos dos años ya pesaba entre sesenta y setenta kilos, estaba muy por arriba del ideal», recuerda el velerista. Se le hacía cada vez más difícil subir al podio, sobre todo cuando el viento no soplaba con fuerza y él no podía tomar ventaja de su biotipo. Empezó a sentirse frustrado. Durante las competencias, Stefano Peschiera llegó a un nivel de estrés tal, que se preguntaba si tenía sentido seguir en el deporte que conoció antes de aprender a hablar, y que nunca había abandonado. «Llegué a un punto en el que mi cabeza me jugaba en contra y buscaba culpables de mi problema».

Siguiéndolo sobre un inflable a motor, su padre lo acompañó por años en sus regatas más importantes. Su pasión por la vela lo ha llevado a seguir la carrera de su hijo como si fuese la suya propia, pero cuando las cosas no iban bien la frustración de Stefano lo consumía por dentro. «Mi padre era, es y será un fanático de la vela, y todo lo que yo siento en una regata se lo transmito. Cuando me va mal, lo ves mal; cuando estoy feliz él también lo está», explica. Fue por él que Stefano no tiró la toalla. Tanto como hoy, su padre soñaba con verlo convertido en un deportista de élite. Su experiencia de navegante, una pasión que también él heredó de su padre, le daba razones para creer que su hijo no era un velerista más. Aunque sus resultados no evidenciasen el progreso como antes, no era el primer caso de un navegante de Optimist que sufría un bajón en sus últimos años en la categoría.

Con la incertidumbre de no saber si su talento daría la talla entre los mejores atletas de su edad, o si eran todas exageraciones creadas por la frustración, Stefano dejó el Optimist después de nueve años. A los dieciséis ya era una obligación hacerlo. Reemplazó su pequeña embarcación de 35 kilos de peso y poco más de dos metros de largo por un velero Láser, de 60 kilos de peso y casi el doble de largo. «Todo cambió; lo disfruté desde un principio», recuerda. Se inscribió en un campeonato para probarse por primera vez y se quedó con el tercer lugar, pese a que apenas conocía el bote. Se sintió tan bien que no le quedó duda: «Al final todo era mi peso», pensó. Stefano Peschiera sintió que volvía a nacer. Al año siguiente, en 2012, se hizo con su primer título de campeón nacional, al competir con 17 años en una categoría que va hasta los 35. Desde entonces es la nueva estrella de la vela.

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A su biotipo casi perfecto –el velerista ideal para Láser debe medir tres centímetros más que él y pesar un kilogramo más– suma la experiencia que le dejó la década dedicada a una embarcación en la que tuvo que ingeniárselas para seguir siendo competitivo, y su amplio conocimiento de mareas, vientos y corrientes marinas. El 2013 no conoció rival en el circuito nacional y se coronó bicampeón, y viajó hasta Chile para consagrarse campeón sudamericano.

Acostumbrado nuevamente a los buenos resultados, su padre ha decidido ahorrarse la tensión de la regata y disfruta desde el muelle viendo al joven prodigio del Láser. Su sueño de verlo llegar a la élite de la vela está realmente cerca. Con un palmarés como ese, su entrenador, el español Airam Rodríguez, lo convenció en noviembre pasado de probar suerte en su primer mundial Láser. En las costas de Omán, Stefano fue el segundo más joven del evento y alcanzó lo que ningún otro velerista peruano había logrado antes: ubicarse en la flota de oro del mundial, es decir en el grupo de los mejores 63, y correr las últimas ocho regatas frente a los mejores del mundo. Un resultado como ese, en un clasificatorio olímpico, muy probablemente le habría valido la clasificación a Río 2016. Ese es su objetivo para el 2014: lograr el mismo resultado en el mundial de Santander. «Mi idea es clasificar y hacer un buen papel; no algo mediocre. En la vela, nunca un peruano hombre ha clasificado a las olimpiadas. Nunca», afirma Stefano, con una seriedad que transmite lo difícil de su tarea y la ambición con que la persigue.

Se dice que a los veintiocho años es cuando los veleristas alcanzan su plenitud. Si es así, Stefano Peschiera tiene una década de crecimiento delante suyo. Hace tres años estaba listo para vivir del recuerdo de sus campañas como adolescente, pero hoy el fenómeno del Láser sabe lo que pudo perderse, y quiere ganarlo todo.