El taxidermista sentimental

Por Javier Wong / Fotos de Alonso Molina
César García ha ‘resucitado’ a decenas de animales. Recorre tres continentes al año en busca de especies exóticas. Es un aficionado de la naturaleza y un apasionado de la caza. Estudió Administración, pero ejerce otro oficio: lograr que un animal muerto luzca como uno vivo.
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Para ser taxidermista se tiene que ser bueno en costura, escultura, pintura y peluquería; pero sobre todo bueno en ser esclavo de la paciencia. César García es capaz de colocar cientos de escamas de un pez usando químicos como el silicio y benceno, sustancias peligrosas si caen en manos inexpertas, pero capaces de hacer que un animal muerto parezca vivo. Una vez, en África, vio cómo ‘revivían’ a cientos de guepardos y antílopes dentro de una gran fábrica. Él, que empezó en la taxidermia porque quería disecar a los animales que cazaba su familia, se ha vuelto un experto en este oficio. Por sus manos han pasado especies de todo tipo: aves, felinos, grandes mamíferos e incluso animales extintos. A lo largo de su carrera, César ha trabajado elefantes y jirafas a tamaño natural, cocodrilos y gacelas, aves y peces espada. En noviembre viajará a Kirguistán, donde debe capturar a una cabra montañosa para dejarla como estatua natural. Sus animales no han perdido la capacidad de enternecer o asustar. Su trabajo nunca termina: todavía quedan especies que no han pasado por sus manos.

Once venados miran la escena; están empotrados en las paredes de la sala. Abajo la piel de una vaca hace las veces de alfombra. Hay almohadas con fotografías de leones, búfalos y osos. «Muchos piensan que la taxidermia es solamente montar pieles de animales; en verdad es una profesión compleja», dice García, quien lleva lentes gruesos y una camisa larga: parece un científico que ha sido interrumpido en pleno experimento. Comenzó a interesarse en este oficio cuando cazaba; quería que venados y otros animales tengan un lugar en la sala de su casa. Él, luego de estudiar números y estar inmerso en el mundo de los negocios, se embarcó en las artes de la resurrección y aprendió las teorías más complejas: aplicar la osteotecnia para ensamblar esqueletos, visualizar a las creaturas aclarando tejidos o estudiar a la misma muerte con la tanatología. Es más, César enseña Preparación Naturalista, Montaje Museográfico y dicta una especialidad en Montaje de Cuerpos de Caza en el único centro de taxidermia del continente: el Instituto Superior de Taxidermia y Conservación de Buenos Aires. «Allí impartimos la técnica; el componente artístico ya viene con cada alumno». La taxidermia fue considerada un arte oscuro, un negocio de la brujería y del vudú. Ahora es un arte de amantes de la naturaleza.

Mientras que un maquillador de muertos busca mitigar manchas y despachar a sus clientes con buen aspecto al descanso eterno, un taxidermista celebra la apariencia de vida donde no la hay. Más que medir diámetros y utilizar cuadrillas, cuchillas e imágenes de referencia, este trabajo requiere una habilidad manual: poseer una sensibilidad especial en las manos. Como un artesano que trabaja un retablo o un pintor que dibuja un paisaje, la taxidermia consiste en dar vida a la muerte. Él ha preparado escenas con varios animales: dos leones que atacan a una cebra, varios antílopes que pastan, guepardos en plena caza de su presa. «Hay personas que combinan distintas especies», dice. Monos con alas de paloma, zorros con la cara de otro animal. Para él jugar a ser Frankenstein y combinar miembros es algo bizarro; tal vez una expresión personal, pero carente de justificación.

La taxidermia fue considerada un arte oscuro, un negocio de la brujería y del vudú. Ahora es un arte de amantes de la naturaleza. César García es uno de ellos. Él celebra la apariencia de vida donde no la hay

Ahora César García habla de los químicos que emplea: peróxido a 150 volúmenes, productos derivados del petróleo, líquidos momificantes, fenol, formol, barsol; incluso menciona la pasta arsenical, que ya no se usa por ser extremadamente tóxica. Utiliza todos estos insumos en el laboratorio, donde guarda respeto por cada pieza que le llevan. «Alguna vez han estado vivas», dice. No todos lo pueden hacer; se requieren tres años de estudio para dominar a mapaches, pumas y alces rígidos. Además de disecar animales a pedido, la taxidermia se ocupa de preservar piezas para estudios y para proveer a los museos.

Este oficio es, también, una gran industria. César, quien caza en Nueva Zelanda los primeros meses del año y que luego recorre África buscando animales, muestra un catálogo inmenso. Allí hay de todo: ojos de lince, pato o paloma, un sinnúmero de lenguas y orejas, y tallas con medidas específicas para cada animal. «Cada una se puede encargar y llega hasta tu casa». En algunos casos no hay necesidad de pedir ‘una oreja de chancho’; solo se pide la oreja de código AJH-ERR. También hay campeonatos mundiales, en que maestros taxidermistas miden su virtuosismo en diversos concursos: ‘mejor mamífero’, ‘mejor venado con cola blanca’ o ‘tallado de peces’. César García aún no se aventura en esas lides; por el momento tiene muchos animales por trabajar.

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«Este es un siervo de Nueva Zelanda; fue el más grande cazado en el 2012», explica César García, desde el laboratorio improvisado que tiene en la azotea de su casa. Grandes moldes cuelgan de las paredes; pueden ser de fibra de vidrio, poliuretano o yeso. Sobre ellas se pone la piel curtida, adelgazada, y luego se le da forma. Se cose, se colocan los ojos y luego se dan los acabados. El producto final es el animal ‘revivido’. García, que actualmente trabaja un mamut en Argentina y ha brindado sus servicios para los reyes de España, dice que la clave para captar un buen semblante es ver al animal vivo: sus gestos, el comportamiento en su hábitat natural, las expresiones de su rostro. Solo así se logra atrapar la esencia de la resurrección.

Alrededor del pequeño lugar hay enormes cajas. Algunas están selladas y otras tienen escritos extraños. «Son de un cazador amigo», dice el taxidermista. Por ahí está un nyala, un antílope africano que habita en las sabanas. Una vez que César lo tenga listo lo enviará a su dueño. Si hay algo triste en su trabajo es eso: desprenderse de sus criaturas. «Es un arte que no me pertenece», dice. Todas, en cierta forma, tienen algo suyo. Él les ha dado vida, aunque sea ficticia, luego de la muerte.