El Sanador

Por Ornella Palumbo / Fotos de Augusto Escribens
¿Realmente una vida plena radica en el buen comer? La respuesta la tiene Mateo Cabrera, un pintor que planea vivir 114 años y que acaba de abrir una juguería saludable para que la gente se cuide a sí misma. Se trata de la reinvención de la medicina de carretilla.
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El artista que no encontraba un sitio decente donde comer se sentía insatisfecho. Le gustaba conocer restaurantes, visitar cafés. Pero ninguno conjugaba la belleza con sus conceptos de alimentación sana. Y como sus ideas de comida saludable eran cada vez más exigentes, sus opciones culinarias se reducían, prácticamente, a la nada. Por egoísmo puro –dice– tomó una decisión: abrir un restaurante donde él podría comer.

El hombre que le ha jurado a su cuerpo nunca más comer papas fritas ha extraído de la cultura popular un negocio que luce prometedor. Es un lunar verde turquesa en el tóxico centro de Lima. En la cuadra seis de la avenida Colmena, El Sanador vende extractos naturales y jugos de fruta para prevenir todos los males. Hay para el colesterol, para el estrés, para la diabetes. Afuera hay esmog. En la cuadra anterior, dos farmacias y al frente el anuncio de un curandero con correo electrónico. Pero la cura está en el pasado, en las raíces, en la neurosis de un artista que, iluminado por una paradoja, ha visto en la naturaleza la manera de huir de los menjunjes saturados de la humanidad. Los elíxires esquineros de siempre ahora vienen en un cómodo vaso rotulado y se sirven en un espacio acogedor para disfrutar de larga y sana vida.

Mateo Cabrera –pintor–, el fundador de esta empresa, quiere vivir 114 años, no 115. Solo 114 porque de chico se le vino a la mente esa cifra de longevidad exacta, y desde entonces se lo ha repetido a todo el mundo. «De este modo quizás convenzo a mi cuerpo y termina asimilándolo como una profecía autocumplida», dice el artista. Mateo quiere que el tiempo pase lentamente para hacer más cosas, para disfrutar más. Sucede que Mateo se apropia de las ideas que brotan en su cabeza y no para hasta hacerlas perfectas. Desde niño era así. Sintió siempre que tenía que alcanzar el primer puesto de su clase, aunque nadie se lo exigiera. Mateo quiere comer como los hombres del pasado para alargar su futuro. Quisiera pasar la cuarta edad en un paraje que no haya sido tocado por el hombre; en una casa diseñada por él mismo donde los deseos de la mente ya no lo trasnochen. «Será la mejor parte de la vida», asegura.

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Pero no todo tiempo pasado fue mejor. Hace cuatro meses, Mateo podía comerse un pan con chicharrón sin padecer ningún arrepentimiento físico. Hasta que un día notó que era menos joven, que el cabello se le empezaba a caer y que las personas mayores que él coleccionaban enfermedades y dependían de pastillas. Ese día empezó una larga investigación que le reveló una verdad absoluta: eres lo que comes. Entonces el genio creador se desbordó por la cocina. Hace tres meses le puso pausa a los pinceles para dar a su impulso creativo un sentido funcional: real y no solo decorativo. Se juntó con tres socios: su hermano Joaquín Cabrera, y sus amigos Felipe Valdez y José Pareja. Preguntó a los expertos del emoliente y de la quinua en mercados y carretillas, y primero pensó en el nombre: El Brujo que Quiso Volar, pero los maestros católicos de la gastronomía callejera se horrorizaron. Cambiaron el nombre al actual: El Sanador, aunque Mateo no cree en Dios ni en la medicina occidental.

A Mateo lo inspiró el absurdo, lo motivó la incapacidad de la mayoría de la gente para escoger entre lo que le hace bien y lo que le hace mal. El sinsentido de elegir un alimento superprocesado con decenas de componentes ilegibles antes que un fruto de la tierra, simplemente porque es más rápido o por complacer al paladar. Lo frustró la oferta limitada de los restaurantes, y todas aquellas emociones que otras veces transformó en pintura devinieron en una marca. Parece un café, pero no lo es. Es una juguería saludable, y hay de todo, como en botica. La oferta es así: ¿Se mandó una borrachera anoche y necesita recuperarse? Tómese el extracto energizante, con kion, espinaca, manzana y polen. ¿Lo han echado de la cama por bajo rendimiento? Sírvase un afrodisiaco bien cargado de uva, zanahoria, apio y canela. ¿No le funciona la crema antiarrugas? El rejuvenecedor de zanahoria, kion y betarraga es lo que usted necesita. Y de paso puede elegir de la carta de adicionales una cucharada de colágeno. Nada que Mateo no haya probado antes. «Cuando estás limpio y sano, la capacidad para disfrutar de una caminata, de hacer deporte, de levantarte temprano y escuchar a los pajaritos es mucho mayor», dice el artista.

Mateo es un radical de la comida saludable y un fanático de la nutrición. Desayuna un vaso con agua y limón. Media hora después, un extracto de vegetales, raíces y frutas, y avena cruda con cacao. Almuerza quinua con palta y ensalada de frutas. Cena fruta. Y tiene una energía que lo ha impulsado a pararse por lo menos diez veces durante la entrevista. Desde que empezó a investigar para abrir El Sanador dejó de comer incluso trigo porque tiene gluten. No come ninguno de los animales que pinta en sus lienzos. Ni aves, ni peces, ni vacas ni burros sin cabeza. «Estoy convencido de que no hay enfermedad que no tenga su origen en una mala nutrición», dice Mateo, 24 siglos después de que Hipócrates profesara que nuestra medicina debía ser nuestro alimento.

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Hay una frase cliché que ronda alrededor de los negocios de comida saludable: nos hemos desconectado de la naturaleza. «¿Acaso hay leones gordos?», se cuestiona Mateo. Hoy ¿quién invertiría el dinero para su blue ray o su smartphone en una máquina extractora de caña de azúcar? Este año la Organización Mundial para la Salud recomendó consumir la mitad de la azúcar que antes, es decir, solo 5 por ciento de las calorías del día. La gente obesa tiene mayor riesgo de contraer enfermedades crónicas, que causan el 60% de las muertes en el mundo. Cada vez que Mateo pisa un restaurante hace el siguiente cálculo mental: le ofrecen un vaso de gaseosa. La gaseosa no le parece más rica que el jugo de caña. La gaseosa es dañina para la salud. La caña alcaliniza el cuerpo y aporta vitaminas que la gaseosa no. Cuestan igual. Entonces «¿por qué mierda los restaurantes de Lima no te ofrecen un jugo de caña?». El Sanador lo tiene en su carta. También tiene un adicional de clorofila, conocida en el mundo de la nutrición como la sangre verde, y en el cuerpo humano desintoxica la sangre y promueve la creación de nuevos glóbulos rojos para combatir la anemia. La clorofila limpia la sangre que el colesterol bloquea.

Mateo no come papas fritas porque su organismo ya no las tolera. Atreverse a digerirlas sería para él como aceptar una noche de borrachera atroz. Él asegura que aquel cuerpo que no reconoce una comida que le hace mal no es inmune sino sordo, o ciego. Y que este se enterará del daño acumulado cuando devenga en una enfermedad. El cuerpo sano se escucha de manera inteligente.

Mateo Cabrera envidia a la gente relajada. Y mejorar la alimentación de la gente es una prioridad. Popularizar las virtudes de las plantas es para él una obligación. Cada día siente que necesita comer algo menos para vivir un poco más. «Yo siempre he sido neurótico», revela el pintor. El artista de la neurosis saludable no cree en la stevia procesada ni en los nutricionistas. Su fe es vegetal.