El reto de un artesano de la tabla

Por Pablo Panizo / Fotos de Augusto Escribens
La pasión de Rodolfo Klima por correr olas solo puede compararse con su placer por fabricar tablas. En 1992 años diseñó su primera tabla para correr Pico Alto, la ola más grande del país, y casi muere el día que la prueba. Hoy, veintidós años más tarde, las olas más peligrosas le han enseñado lo que una tabla necesita para dominar nuestra costa y, por supuesto, Pico Alto.
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La ola de Pico Alto, un kilómetro mar adentro frente a Punta Hermosa, es un espacio reservado para surfers expertos. Descender una de esas montañas de agua es como tocar el cielo con las manos, pero caer y ser sepultado por la avalancha es coquetear con la muerte. El 24 de diciembre de 1992 Rodolfo Klima remó desde la orilla hasta el punto donde quiebra el monumental pico. Las olas alcanzaban el tamaño de un edificio de cuatro pisos. A sus veintisiete años Rodolfo Klima era un conocido en esas aguas. Para ese entonces ya llevaba media vida fabricando tablas y dos años atrás había fundado su marca Klimax, pero ese día en Pico Alto era especial: nunca había visto olas que lo hicieran sentir tan pequeño, y nunca antes había enfrentado la ola más grande del Perú sobre una tabla hecha por él mismo.

Fabricar una ‘picoaltera’ –una tabla diseñada para enfrentar olas tan grandes que podrían matar al más experimentado surfista- es la mayor responsabilidad que puede asumir un shaper. Rodolfo fue el primero en tomar el riesgo de probar una de sus propias tablas sobre Pico Alto. Pero esa primera picoaltera no duró siquiera un día. Nunca antes hizo una tabla tan grande ni tan ancha, pero una sola ola la destruyó. Rodolfo, sin embargo, no sintió que haya hecho un mal trabajo: en la ola más grande del Perú cualquier cosa podía suceder. Tampoco se amilanó por sentir que pudo morir ahogado en víspera de navidad, ni su interés por hacer picoalteras quedó trunco. Rodolfo siguió surfeando olas gigantescas mientras que a su constante creación de tablas de tamaño promedio, con las que cada vez más surfers corrían las olas de San Bartolo, Cerro Azul o la Costa Verde, añadió el placer por el estudio de la mejor forma de hacer picoalteras.

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En el delicado arte de hacer la tabla perfecta, el aprendizaje nunca se detiene. Para mediados de los noventa, Rodolfo Klima había aprovechado las visitas a Lima de algunos de los mejores shapers del mundo para refinar su talento, y él mismo había fabricado tablas en talleres de California, Chile, Italia y Hawái. La curva de la tabla, la forma de la punta, el ancho de los rieles, la curvatura de los cóncavos, la inclinación de las quillas: cada mínimo detalle cambia según quién le pide la tabla y para qué se la pide.

La aguda visión que ha hecho de Rodolfo el mejor shaper del país se hizo más precisa con los años. La reputación de sus tablas creció entre los surfers principiantes y, para fines de los noventa, la generación de oro que nos haría campeones mundiales una década más tarde –los principales responsables de hacer del surf un deporte masivo- ya comenzaba a competir en los circuitos nacionales con la K de Klimax grabada en la punta de sus tablas. Surfers como Gabriel Villarán, Sofía Mulanovich o Álvaro Malpartida se hicieron famosos alrededor del mundo corriendo peligrosas olas en naves diseñadas por las manos de Rodolfo Klima. Desde ese entonces hasta hoy, el dominio de las tablas de Rodolfo se hizo evidente. Es sin duda el shaper más solicitado de un mercado nacional que se ha hecho gigantesco y, ayudado por una moderna máquina, sus manos shapean 2.200 tablas al año.

Hace un par de meses finalizó el circuito nacional 2013: el campeón nacional de la categoría absoluta, Ricardo Cruzado, venció usando las tablas de Rodolfo; lo mismo el de la categoría Sub 18, el de la Sub 16 y el de la Sub 14. Su tienda de Miraflores está repleta de cuadros con sus auspiciados. Detrás de su escritorio cuelga uno de más de un metro de ancho en el que se ve a Álvaro Malpartida encapsulado sobre en un potente tubo de algún exótico paraíso. A pesar de los años, Rodolfo siente la misma pasión que vivió a los trece años, cuando peló una tabla vieja para hacerse su primera tabla, y sabe que todavía puede mejorar. «Cualquiera puede hacer tablas, algunos pueden hacer tablas buenas y mucho más complicado es hacer tablas buenazas. Pero hacer tablas mágicas, las que la primera vez que las usas ya sabes que son increíbles, es lo más difícil. A eso debe llegar un shaper».

Su trabajo fuera del agua, sin embargo, nunca evitó que siga retando olas gigantescas, y en sus visitas a Peñascal o Pico Alto Rodolfo sabe que encontrará siempre guerreros montados en tablas moldeadas por sus propias manos. En un lugar donde cualquier desperfecto puede significar la muerte, no hay mejor garantía que enfrentar al mar montados en las naves hechas por alguien como él, alguien que conociese qué se necesitaba para dominar una bestia de agua.

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