El rebelde que busca la felicidad

Por Pablo Panizo / Fotos de Alonso Molina
Wayo Salas ha sido boxeador, chofer de Jimi Hendrix, y hasta pandillero, pero cuando descubrió el karate y la meditación, entendió cómo canalizar su rebeldía hacia la verdadera felicidad. Ahora, cada amanecer llegan hasta su casa algunos de los más destacados deportistas nacionales cansados del éxito vacío que suponen las medallas y trofeos, para aprender del maestro.
wayo1

«¿Qué es el consumismo? Es gratificación instantánea», se responde Wayo Salas. Está sentado con las plantas de sus pies bajo sus muslos, sobre un sillón de la terraza que conduce a su extenso jardín, vestido con una especie de túnica blanca. Regresa de abrir la puerta de su casa de La Encantada, en Chorrillos, a Iván Bulos, futbolista de Universitario de Deportes. Se han saludado con una reverencia y una expresión al unísono: «Osss». A sus 64 años, Wayo ha vuelto a sentarse de un salto cargando su cuerpo únicamente con sus manos apoyadas en los brazos del sillón. Las palabras salen de su boca con una intensidad que varía entre idea e idea. Si quiere explicar los temores del sistema, hablará en voz baja y acercándose a su interlocutor, como confiándole un secreto a voces. Si quiere denunciar la enajenación de la sociedad, hablará con fuerza y velocidad, como ahora, cuando intercala el nombramiento de los vicios del consumo con sonidos guturales: «Carro, carro, carro; ropa, ropa, ropa». Se detiene un momento y mira fijamente a los ojos. «No hay ningún lugar a dónde llegar porque el sistema te ha dicho que la felicidad está siempre más adelante. Es un sistema enfermo. Lo que digo es muy serio. Acá estás chocando con muchos intereses del statu quo; no sé si esto vaya a salir en Asia Sur. No lo creo».

Wayo Salas piensa que el sistema nos tiene a todos hechos unos mediocres y que la felicidad no se persigue: se vive ahora. No luego, ahora. Ahora, mientras coge una revista y lee lo que le llamó la vista. La fórmula parece simple: olvidas el futuro, olvidas el pasado y te concentras en lo único que realmente existe. Yo vivo está escrito en presente, no hay excepciones. «Pasarse el día pensando en lo que fue, o en lo que puede ser –dice Wayo– es pasarse el día ajeno a la vida».

No solo lo cree él. Wayo Salas tiene más de 40 años recibiendo a gente, desde su regreso de Londres. «Salas, un buen cazador nunca sigue dos liebres», le dijo su senséi hace 42 años, antes de tomar el avión que lo regresaría a Lima, y en ese momento decidió no ejercer nunca su carrera, Ingeniería de Sonido, para dedicarse de lleno a lo que había aportado equilibrio en su vida: la meditación y las artes marciales. De lunes a sábado, a las cinco de la mañana, recibe en su extenso jardín a los campeones mundiales de tabla Sofía Mulanovich, Cristóbal de Col y Javier Swayne, al tenista Duilio Beretta, al octacampeón nacional de downhill en bicicleta Alejandro Paz y a muchos más deportistas de élite. Ninguno de ellos viene para escuchar qué hacer para seguir ganando. Vienen precisamente porque llegaron a la cima y no encontraron lo que se les prometió: la felicidad.

Ese también es el caso de Iván Bulos. Antes de llegar a la casa de Wayo sentía que había olvidado que además de futbolista era persona. Tenía diecinueve años; su prometedor futuro como centrodelantero lo había llevado hasta la liga belga, y era el capitán de la famosa selección Sub 20 de Yordy Reyna y Cristian Benavente, pero el estrés le pasó la factura de la forma más cruel. Una fractura de pie, una fractura vertebral y una tendinitis en el muslo, cayeron en cadena. Cualquiera de las tres podría haberlo retirado. Hoy ha vuelto al fútbol competitivo después de una larga recuperación, pero no habla como un futbolista. «No juego para ser el mejor. No tengo sueños», confiesa. Iván ya no busca responder a las expectativas de los demás, y ha descubierto que puede disfrutar del fútbol como lo hacía cuando era niño. Mientras camina hacia la playa junto con Wayo, Iván encuentra una imagen para explicar su nueva relación con la vida: «Mira este atardecer frente al mar; no hay nada mejor. Yo trato de aprovechar el momento».

wayo2


Al atardecer Wayo Salas ensaya posiciones de la técnica taoísta chi-kung sobre la arena. Bajo la dorada luz del sol todavía puede notarse en su canosa cabellera un amplio mechón blanco, el mismo mechón que desencadenó su rebeldía adolescente. Boxeaba desde los trece años, así que frente a la burla se iba a los golpes. Entre los pandilleros miraflorinos de la Gato Pardo era de los más avezados. En una de esas peleas le incrustaron un puñal cerca de un pulmón. Era la segunda vez que su vida corría riesgo, después de que a los cuatro años lo reviviesen tras caer boca abajo en un barril lleno de agua. Libraría la muerte por tercera vez años más tarde, en 1970, cuando cayó de un helicóptero durante el histórico festival de la Isla de Wight, donde tocaron, entre otros, The Who, The Doors, Miles Davis y The Jimi Hendrix Experience. Wayo trabajaba entonces como chofer de ruta de la banda de Hendrix; eran sus años de hipismo.

Por sus años de residencia en Inglaterra también descubrió el karate y, con él, la meditación. «Estacionarse al medio, eso es meditar», explica. Librar tu mente de pasado y de futuro, y en ese espacio vacuo dejar entrar la vida. Por primera vez, Wayo encontró un lugar para hacer de su rebeldía un arma de paz. Si las revoluciones socialistas de la segunda mitad del siglo XX intentaban cambiar el mundo a las patadas, la meditación enseñaba a cambiar el mundo interior. «Había que cambiar el filo de la espada hacia adentro. El verdadero rival está dentro de ti».

Ese es el rival que buscan vencer quienes lo visitan. Para Wayo, ex campeón panamericano de karate, el ego te lleva a competir, y es el que te traiciona en la cima. Como deportistas exitosos, los atletas que llegan hasta su jardín han estado sobreexpuestos a este impulso y han pasado por la dolorosa caída que significa colgarse la medalla de oro y sentirse nuevamente vacíos. En ellos Wayo encuentra lo mismo que ve en sus talleres con jóvenes universitarios: una insatisfacción que cultiva la rebeldía necesaria para vivir el presente.

Hace menos de un mes, Cristóbal de Col competía en Hawái en el más importante campeonato del año, el Volcom Pipeline Pro. Superó solamente una ronda, y en la segunda fue superado por sus rivales. Definitivamente un mal comienzo para el circuito de este año. Unas horas más tarde colgó en su Facebook una foto en la que se le veía descendiendo una potente ola junto con uno de los rivales que lo eliminó. En la leyenda se lee «¡Pipeline 2014, compartiendo las olas!». En el exigente mundo del surf es difícil encontrar a un tablista que lidie tan bien con derrotas que significan tanto en el ámbito profesional. Cristóbal lleva siete años meditando junto con Wayo, escuchando una de las frases que hoy repite, y que resume su visión de la vida: «La felicidad no tiene nada que ver con ganar afuera, sino con ganar adentro».