El peligroso oficio de un surfer salvaje

Por Pablo Panizo
Hay una sola razón por la que Jonathan Gubbins es el único tablista profesional peruano que no compite: no justifica su sueldo con trofeos, sino con imágenes de él y su tabla encapsulados en las más peligrosas olas del mundo. A su auspiciador le basta y sobra, a su esposa la asusta, a él le suministra la carga de adrenalina de la que ha sido adicto toda su vida.
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Jonathan Gubbins miró a su esposa y respondió asintiendo: «Sí, creo que tienes razón, esto no está bien». Un mes atrás había golpeado el coral de Pipeline –la más peligrosa de las olas hawaianas–, que le abrió la cabeza desde la frente hasta la nuca. Era apenas su tercera entrada al mar desde que había llegado a Hawái, así que decidió no regresar a Lima, recuperarse en la misma isla de Oahu y volver a surfear apenas fuese posible. El día en que su esposa Sandra Castillo le dijo llorando que no soportaba verlo de hospital en hospital, que no quería que siguiese arriesgando su vida, Jonathan Gubbins había vuelto al mar tras el accidente y al poco rato regresaba a la orilla con un profundo corte en el pie. Una nueva lesión hacía que la pareja se cuestione si realmente valía la pena llevar una vida al filo de la navaja.

Desde ese entonces han pasado cuatro años. En lugar de retirarse, cada uno de estos cuatro años han sido los más extremos en la carrera del surfer peruano. No ha perdido ninguna de las temporadas de olas en Indonesia desde que con diecinueve años viajó a ese país por primera vez, en 1999. No ha dejado pasar uno solo de los últimos siete inviernos hawaianos sin hacerse presente entre los mejores surfers de la famosa playa de Pipeline. Los últimos cuatro años, sin embargo, no han estado marcados por estos destinos, sino por la más peligrosa de las olas del mundo: Teahupo’o, ubicada en Tahití, una pequeña isla perdida en el gigantesco Pacífico Sur. Esta playa es como el cielo junto al infierno: desde el mar, la costa se ve como una selva gigantesca y tupida, y el agua es tan cristalina que ejerce un efecto de lupa sobre un coral tan hermoso como filudo. Para tener una idea de qué tan peligrosa es esta ola hay que especificar que mientras menos agua existe entre la superficie y el coral, más tubular es una ola, y no es exagerado decir que en el tubo de Teahupo’o puede entrar un camión.

A sus 34 años, Jonathan Gubbins ha tenido más de una fractura de vértebras y le han cosido cada rincón de su cuerpo. Nunca, sin embargo, ha estado más cerca de la muerte que en Teahupo’o en el 2011, cuando un monstruo de ola lo cogió por sorpresa y lo lanzó bajo el agua. Desde los botes ubicados en la playa, la gente se desesperaba por ver salir del agua al hombre que habían visto desaparecer. Si el infortunado había chocado con el coral, era definitivamente el fin para él. Gubbins alcanzó la superficie cuando no tenía más aire en sus pulmones, y su esposa, desde uno de los botes, sintió más nervios que nunca: solo en ese momento entendió que era su esposo el surfer por el que todos temían.

Fue suficiente para ella. Sandra Castillo ha decidido ahorrarse el pánico y no lo acompaña más en sus viajes a Tahití. Gubbins, sin embargo, lejos de alejarse de Teahupo’o, ha vuelto cada año para correr las más grandes tormentas, y se ha convertido en el hispanoamericano más respetado en la terrorífica ola. ¿Por qué lo hace? ¿Qué lo lleva a arriesgarse tanto?

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Jonathan Gubbins no es un surfer tradicional. Cada mes recibe un sueldo de su principal auspiciador, Billabong, pero, a diferencia del resto de los tablistas profesionales de nuestro país, a él nadie le pide correr un solo campeonato. A cambio le exigen volver a Lima con fotografías que, impresas a doble página, hagan jalarse los pelos a las manadas de tablistas que sueñan con tener su vida.

El dinero, sin embargo, no es lo único que impulsa a Jonathan Gubbins a enfrentar gigantes de agua. Nadie haría su trabajo si se tratase solo de dinero. Lo que lo mueve realmente es una adrenalina que se parece más a un orgasmo que a la felicidad, y que no excluye el temor a que algo salga mal. No fue alegría lo que sintió en mayo del año pasado cuando en la pantalla de su computadora el pronóstico de oleaje pintó una gran mancha roja sobre Tahití. Cogió sus maletas, escogió cinco tablas –repartidas entre Tahití, Hawái e Indonesia tiene por lo menos otras quince tablas– y partió solo. El peruano estuvo en el agua mientras se escribía un capítulo histórico de la historia del surf. «Fue espectacular. Nunca vi olas tan grandes ni creo que vuelva a verlas», recuerda, y se ríe.

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Los mismos días en que Gubbins corrió las olas de su vida, el hawaiano Makua Rothman se desfiguró el rostro contra el coral, un francés fue rescatado cuando lo encontraron desmayado y sangrando, y otro hawaiano, Reef Mcintosh, estuvo cerca de ahogarse después de volarse el tímpano. «Miedo siempre hay, pero si este es mi trabajo, me gusta hacerlo bien, que valga la pena, y eso para mí significa estar en las olas más extremas del mundo», dice Gubbins. Volver al lugar donde hace tres años casi pierde la vida ha sido –según él– la mejor decisión de su vida.

La prensa surfer le puso a esos tres días de olas monstruosas el título de Código Mayo, una tormenta tan grande que hizo a los grandes medios preguntarse si el surf había alcanzado el límite de lo que es posible surfear. Los tubos de ese día fueron probablemente los más radicales que un peruano nunca corrió. Próximos a una nueva temporada de olas en Teahupo’o, no sorprendería que el tablista vuelva a subirse a un avión a último minuto. En el agua, para alimentar la adrenalina que ha justificado su vida, tiene una fórmula: «Si vas a remar, tírate con todo. Si dudas un poquito, fuiste».