El maestro del Bonsai

Por Piero Peirano / Fotos de Santiago Barco
Cualquier especie de árbol puede ser un bonsái. Maestros como Luis Takehara, expertos en poda, trasplante y alambrado, se encargan de mantenerlos pequeños, capaces de pasar toda su vida en un macetero. Hoy tiene trescientos y dice que aún le falta mucho por aprender.
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Hay en la mirada de Luis Takehara algo difícil de descubrir. Sus lentes redondos y un curioso sombrero que lleva esta mañana, que apenas deja ver algunos de sus cabellos, la ocultan. Pero cuando habla de sus árboles bonsái, su voz cambia y se vuelve apacible, como si nada más interesará. Su mirada entonces se asoma y el musgo que brota naturalmente sobre las piedras, las tijeras de poda que trajo de Japón o el árbol de olivo de su padre, con más de treinta años, se vuelven el centro de su mundo.

—¿Cuándo decidió dedicarse a los bonsáis?

—Cuando nos mudamos a Cieneguilla. Empecé con una humalanta, una planta de hojas moraditas, sin darme cuenta que en mi casa tenía un árbol de ellas.

Takehara no entra en muchos detalles sobre sus comienzos en el arte del bonsái. Luego su esposa Nancy Kimura dirá que se trataba de una época un poco compleja para la familia. Había nacido su última hija, Takehara había dejado su trabajo en una empresa pesquera y de pronto se vieron viviendo una vida distinta a la que tenían. Cambiaron su casa en Las Casuarinas por un lugar más tranquilo en Cieneguilla, a las afueras de Lima. Allí, Takehara encontró un pasatiempo nuevo con los bonsái, un pasatiempo que aún no ha podido dejar.

—Con este clima de verano las plantas desarrollan el doble. Y el invierno no es tan frío aquí —dice sobre Cieneguilla.

Las plantas necesitan del calor, pero Takehara les ofrece algo más: un hogar.

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El gras del jardín aún está húmedo en algunas zonas. Esta mañana Takehara ha seguido su rutina: despertar a las cinco de la mañana y regar, por más de tres horas, hasta las ocho, cuando el sol aparece. Todos los días riega en doble horario las casi 20 mil plantas que calcula tiene en casa, más de 300 bonsáis entre ellas. Es una labor que comparte con su esposa, quien da clases de bonsái en su hogar. Ella se encarga del inmenso jardín de Takehara —más parecido a un bosque—, cuando él viaja a Japón una o dos veces al año por motivos de trabajo.

—Me gustaría ir a ver bonsáis en Japón, pero no me alcanza el tiempo.

Allí se encarga de los temas relacionados a su labor con la Asociación Peruana Okinawense, que preside desde hace algunos años, aunque siempre se da un espacio para comprar macetas, alambres de aluminio hecho para bonsái o tijeras para podar, que luego trae al Perú y pone en uso inmediatamente.

—Los alambres le dan forma a las ramas del bonsái. La propiedad del aluminio es que resulta más liviano y moldeable que el cobre que se utiliza acá, en Perú.

Es común ver en sus arbolitos estos alambres. Pero también ver en ellos minúsculos caracoles, devoradores de hojas, o algún bicho diminuto que se pega en las ramas. Takehara cuenta que fumiga una vez al mes por prevención. Lo dice con tranquilidad, sin darle tanta importancia.

Mientras camina mostrando su interminable jardín, llama la atención una suerte de estanque de aguas verdes, en el que decenas de carpas, esos peces de llamativos colores, nadan sin asustarse de la presencia de los hombres. Quizá este sea el rincón más oriental de su casa. Aunque no es lo único oriental en este instante.

Takehara lleva una camisa tradicional de la ciudad japonesa de Okinawa, ligera y fresca, con el diseño de varios fénix que vuelan suavemente entre hojas y flores de tonos pasteles. Es perfecta para este clima cálido de Cieneguilla, que ayuda con su sol a los bonsái, alimentándolos de color, pero también para estar fresco para el tiempo de la poda, una de las partes más importantes del arte del bonsái.

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Cuando Takehara se sienta frente a un bonsái, trabaja con las manos. A veces puede desprender algunas ramitas con las yemas de los dedos o acudir a su caja de herramientas [dotada de tijeras de varios tamaños y formas, y brillantes pinzas] para sacar las ramas que considera pueden cortarse. Así le da forma al arbolito. Es un acto solitario que hace con sutileza y mucha concentración. Son solo él y un bonsái que saldrá rejuvenecido luego de la poda.

—¿Por qué el bonsái es un arte?

—Lo es porque uno pone en él toda su imaginación. Es como una pintura, con la diferencia de que el bonsái sigue desarrollándose. Es un arte vivo.

Al poblado de Omiya, en Japón, lo conocen como la ciudad del bonsái. Dicen que allí hay once especialistas maestros de este arte que lo han heredado de generaciones pasadas, llenas de sabiduría milenaria. «Los maestros que están en Saitama, en Omiya, son los que antes trabajaban en el Palacio Imperial», detalla Takehara. Mientras trabaja con sus tijeras, comenta también que pese a la cantidad de arbolitos que tiene en casa, conoce muy bien la historia de cada uno de ellos.

—Yo recogí el tronco de ese bonsái de El Olivar, en San Isidro, hace varios años —dice señalando un pequeño arbolito de olivo que descansa entre decenas de plantas. Su tronco aún delgado, que es un buen indicador de la edad en los bonsái, explica que aún es joven.

Takehara sabe que más allá de la tradición oriental tras estos árboles miniatura, hay una nueva generación de jóvenes interesados por este arte natural que puede empezar con una maceta y algunas semillas de una planta o la rama de un árbol. Él empezó así hace más de quince años y ahora, cuando ya termina la última ramita del árbol que podaba, esa que quizá había crecido de más, por fin deja ver una sensación de alivio en sus ojos.

—Ya está. —dice fuerte el maestro del bonsái en medio del día, cuando su bosque de bonsáis se llena de hermosas sombras que trae la mañana—. ¿Cuál es el siguiente?