El jinete que no podía caminar

Por Ornella Palumbo / Fotos de Augusto Escribens
El muchacho de 13 años que gana campeonatos nacionales saltando vallas de 1.15 metros sobre su corcel nació con el pie equino, un mal congénito que le impediría caminar. Pero un médico que curó a miles de soldados durante la Guerra Civil Española cambió su destino.
jinete

El bicampeón nacional de saltos ecuestres en la categoría infantil nació con pie equino. Sus extremidades inferiores, por un azaroso defecto, a veces hereditario, a veces no, se formaron giradas hacia dentro y con las palmas mirándose entre sí. El talón no se notaba como en los caballos. El diagnóstico médico era tan claro como estremecedor: Max Woodman difícilmente lograría caminar. Quizás aprendería a desplazarse sobre sus rodillas como otras personas con esta condición. Lo seguro era que los saltos no serían lo suyo.

En su casa, en la sala, hay una repisa sobre el televisor llena de premios del Club Hípico, del Potao, del Club Ecuestre de Huachipa. En las escaleras hacia las habitaciones hay más trofeos al pie de una ventana. En su cuarto están colgadas en dos largas hileras las escarapelas con las que han condecorado a sus caballos: rojas, azules y verdes para primeros, segundos y terceros puestos, respectivamente. Max ha contado que lo que más lo emociona de la equitación son los concursos. «A mí me gusta saltar, no estar calentando. En las competencias tienes que ir rápido», dice ahora el adolescente. Nadie creería que ese pequeño domador de caballos, que ha dejado a deportistas olímpicos en el camino, nació con un mal que le impediría caminar libremente.

En el 2000, los médicos peruanos recomendaron a Karin Mur, madre de Max, que diera a luz en Estados Unidos porque no lograban identificar el mal del bebé. Así fue. Cuando los doctores vieron los pies volteados, le diagnosticaron pie equino. «Apenas salió de mi barriga le pusieron los yesos. No lo dejaron ni estirarse», recuerda. Se suponía que en un mes los pies corregirían su posición. Pasado ese lapso, Karin cortó los yesos y los pies estaban derechos, pero al día siguiente amanecieron volteados. Fue un salto hacia atrás. La única opción que se asomaba era una operación para enderezar los huesos. Sin embargo, Karin sabía que los resultados pocas veces eran buenos y que, según testimonios de otras personas con este mal, los dolores eran insoportables. Tanto que muchas veces no podían mantenerse de pie ni siquiera para bañarse.

La familia Woodman volvió a Lima y empezó una carrera de obstáculos por incontables consultorios de traumatólogos. Todos sugerían operación. Un ex director del hospital San Juan de Dios propuso enyesarlo durante dos años, a ver si quedaba bien. Karin desconfiaba, pero no tuvo otra opción. «Yo de todas las consultas salía llorando», dice Karin, mientras observa a su hijo saltar las vallas limpiamente desde la tribuna del Club Hípico.

El ángel Ponseti
Fue el padre de Max quien encontró en internet una página que ofrecía un método no quirúrgico para curar el mal en el Hospital de Iowa, en Estados Unidos. Karin escribió un correo electrónico y pronto recibió una llamada a su casa. Era el doctor de la web, el ortopedista español Ignacio Ponseti. El médico les pidió que estuvieran en su consultorio dos días después. «Yo le dije a mi esposo: este tiene que ser un loco. Un médico famoso no te llama a tu casa, te da cita para seis meses», recuerda Karin.

Pero Ponseti no era un desquiciado cualquiera. Era, más bien, un apasionado anciano que se había pasado la vida participando en gestas heróicas poco reconocidas. En 1936 recibió su título en Medicina, y a los dos días estalló la Guerra Civil Española. Ignacio se enroló como cirujano de guerra. Enyesó a cientos de heridos bajo el método de Bohler, que dominó a la perfección. Atendió a más de cuatro mil soldados fracturados. Antes de exiliarse en América se ocupó de cuarenta combatientes malheridos y los llevó, con ayuda de traficantes, hasta Francia cruzando los Pirineos sobre mulas. Cuando Karin escuchó de él, el hombre llevaba casi medio siglo intentando convencer a las comunidades médicas de que no era necesario operar para curar el pie equino. «Los huesos del pie son como tocar un piano», dijo el galeno en una entrevista en sus últimos años de vida.

Cuando llegaron al hospital, Karin preguntó a una enfermera por el doctor Ponseti. «¿Cuál?, ¿el loco?», respondió la enfermera. Ella rompió en llanto una vez más. Sin embargo, cuando apareció el hombre de noventa años, su impresión fue completamente diferente. «Cuando abre la puerta, era un viejito que parecía un ángel. Tenía como una luz. Me dio paz», dice ella. El doctor Ponseti les explicó brevemente el método que desarrollaba. Sacó la maqueta de un pie equino, presionó un hueso a manera de botón y el pie rotó hasta quedar en posición normal. Los convenció. Ahora la imagen del doctor se ha desvanecido en la memoria infantil del jinete. Quizás los heridos que salvó tampoco lo recuerden. Tal vez le suceda como a los artistas: que la vigencia de su obra sea su mejor recompensa. Tener entre sus pacientes a un campeón de saltos a caballo no es poca cosa.

El pequeño Max tenía dos meses y tres semanas de nacido, y Ponseti podía tratarlo solo hasta los tres meses. Quedaba una semana. De inmediato le retiró los yesos que le pusieron en el Perú, y tras confirmar que sus huesos se estaban montando y atrofiando, lo volvió a enyesar correctamente. Cambió los yesos cada siete días durante tres semanas. Luego entregó a los padres un par de zapatitos unidos por una barra que mantendrían los pies en su lugar, y les ordenó ponérselos durante dos años, las 24 horas del día. Dependía de ellos que Max se curara. El bebe aprendió a caminar con el aparato puesto, y después del tiempo prometido sus pies quedaron absolutamente normales. Aunque ahora Max no recuerde al doctor, el niño llevó una foto suya al nido para su árbol genealógico. «Era alguien especial. Gracias a él Max camina», reflexiona Karin.

Max acaba de entrar a su cuadra en el Club Hípico de Chorrillos, donde entrena todo el año. Ahí aguardan sus dos yeguas: Sangre Morena y Alteza. La primera, una esbelta purasangre de crin negra, patea desesperada el piso pidiendo zanahorias como premio por su entrenamiento. «Parece muda, nunca habla», dice Max, al tiempo que le acaricia la pata para que se calme y evite que se lesione sus delicados tobillos de yegua campeona. El animal se tranquiliza y le olfatea la nuca en una caricia. «Ella es un poco nerviosa, medio loquita; no se deja hacer cariño. Es bien competitiva, le gusta ganar», describe Max. A dos metros está Alteza, que es un recio ejemplar argentino, dócil y fuerte. Ella sí ‘habla’ para pedir comida. Ha resoplado con fuerza apenas vio a su jinete con el alimento en las manos.

Max no duda en calzarse las botas, encajar los pies en los estribos y galopar hasta el picadero. Cuando monta, se le ve sereno, muy distinto al niño temeroso y dependiente que antes fue. «Con esto yo he solucionado psicólogo, neurólogo, problemas de atención, concentración, todo. Max no tiene clases ni terapia de nada. Viene, monta y ya», dice Karin Mur. Ella jamás pensó que su hijo, que además se cayó estrepitosamente de un caballo a los cuatro años y quedó colgado del estribo mientras era arrastrado por el potro asustado, volvería a prestar atención a la equitación.

El joven campeón volvió a subirse a un caballo a los nueve años. Empezó a entrenar, y durante los dos primeros años ni siquiera pudo terminar una pista porque el animal se le plantaba delante de las vallas. Pero en el 2012 la historia cambió. Ganó el campeonato nacional en la categoría infantil y también el torneo Ciudad de Lima, una competencia internacional de jinetes profesionales. Aquella vez Max, de once años, le arrebató el título al jinete olímpico venezolano José Manuel Lander, quien se rehusó a subir al podio a la diestra del niño. En el 2013 volvió a quedar primero. En el camino superó al experimentado brasileño Thiago Camargo. Ahora se prepara para repetir el plato este año. El jinete que no iba a caminar quiere saltar cada vez más alto.