El eterno retorno de un maestro

Por Pablo Panizo / Fotos de Augusto Escribens
El hombre que partió de Lima cuando era adolescente regresa como un pianista consolidado en el mundo de la música clásica para ofrecer un recital benéfico el próximo 12 de junio. De Juan José Chuquisengo se ha dicho que el mundo lo estaba esperando. De su boca ha salido la promesa de regresar siempre para regalarnos lo que aprendió.
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Ya sea por respeto al código tácito de comportamiento en público o porque sinceramente le nace, Juan José Chuquisengo se acerca discretamente a los distintos grupos que conversan en el patio interior de la iglesia San Pedro, a pocas cuadras de la Plaza Mayor, y comparte un rato con cada uno. Está listo para entrar a la capilla por la puerta trasera y subir hasta el altar, donde un piano japonés alquilado por cinco mil soles lo espera para su presentación de esta noche. Tiene las manos juntas, a la altura del estómago, y mantiene una postura espigada. Devuelve sonrisas con sonrisas y habla pausadamente, con un acento que es solo suyo, que es casi indescifrable y que podría intentar describirse como el castellano de un hombre solemne en sus movimientos y extranjero en la práctica.

Juan José Chuquisengo se fue del Perú cuando tenía 17 años. Debemos suponer que eso fue en 1971. Debemos suponerlo porque Chuquisengo prefiere no revelar su fecha de nacimiento, y en torno a ella hay, sobre todo, silencio. En internet apenas una página se atreve a señalar el año: 1964. Del mes o del día, nada de nada. Debemos suponer también, pues, que en 1971, quizá en 1970, el director del Conservatorio Nacional de Música, Édgar Valcárcel, habló con su padre de hombre a hombre y le hizo entender que lo de su hijo era talento puro, y que cargaría una responsabilidad muy grande si lo obligaba a renegar de ese don. El propio Valcárcel lo había visto interpretar con prolijidad las complejas piezas del húngaro Franz Liszt y se había convencido de su capacidad. Con 16 años Juan José ganó una beca para Moscú y la perdió cuando ya tenía las maletas listas, por problemas burocráticos usuales en el mundo comunista de la Unión Soviética. Fue un duro golpe para el adolescente que, después de siete años en el Conservatorio Nacional, solo pensaba en ser músico de profesión; pero un golpe que, al fin y al cabo, sanaría un año más tarde, cuando ganase una beca para el Instituto Superior de Música de Múnich. Su padre entendía que se iba para no volver; su madre guardaba la esperanza de tenerlo de regreso y le rompió el corazón comprender, con el paso de los años, que Lima no era lugar para un músico con su ambición.

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Quien se para frente al público hoy es un pianista consolidado en el mundo de la música clásica. El peruano ha radicado en Alemania, Francia, Estados Unidos e Italia por más de tres décadas, y sus dedos han paseado con el mismo reconocimiento por escenarios de cincuenta países. Frente al piano, con un terno negro, el cabello ligeramente alto y una camisa blanca con el último botón desabrochado, que deja el cuello libre, el pianista mantiene el mismo semblante de artista que refleja en sus retratos de juventud. Chuquisengo sabe quién es y está orgulloso de serlo. ¿Qué lo lleva a regresar una vez más al Perú, un país donde ni siquiera ha llegado su mejor trabajo, Trascendent Journey, que fue elogiado por revistas especializadas como BBC Music Magazine, Gramophone y Fono Forum? Un genuino interés por evitar que, en la vorágine del mundo consumista, niños nacidos para la música nunca descubran lo que él halló de la mano de Valcárcel. Chuquisengo se siente agradecido con la vida y regresa al Perú cada año, sin falta, para dictar talleres, cursos, seminarios y clases maestras con el objetivo de fomentar la educación musical en el país, un área descuidada notablemente, y, a ojos del pianista, tan vital como el estudio de las matemáticas, del lenguaje, de la historia o de la filosofía.

Su concierto hoy será a beneficio del Centro Cristo Rey del Niño y el Adolescente, de la Compañía de Jesús, una organización que trabaja con jóvenes en situaciones de riesgo. La capilla de la iglesia San Pedro está llena. En medio de un silencio absoluto, Juan José Chuquisengo alza la vista, respira y deja caer los dedos para entonar la primera sonata de la noche, una pieza de Domenico Scarlatti. Luego vendrán Ludwig van Beethoven y Alberto Ginastera. «Estamos frente a uno de los pianistas más profundos de esta época, cuajado en la vivencia espiritual de la música –digámoslo bien claro: el mundo ha estado esperando un pianista así–», ha dicho sobre él el reconocido crítico musical Jürgen Hohlwein. Entre los amantes de la música clásica, escuchar al peruano en vivo es una experiencia sublime. Para el resto de mortales, verlo en acción deja a uno preguntándose si él toca el piano o si es el piano el que atrae sus dedos activando y desactivando imanes invisibles.

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Con el piano, Juan José Chuquisengo sumerge a sus oyentes en un mar de sonidos, en que nada sobra y nada falta. Sus dos manos son suficientes para llenar una iglesia. ¿Cómo imaginar que la vida de un hombre así pudiera haberse perdido en la abogacía, como esperaba su padre? «Quizá tenía ciertas facultades de supervivencia y el mínimo de inteligencia para buscarme la vida, pero al final de cuentas uno de los factores para la felicidad es el poder realizarse, expresar lo que uno tiene dentro», piensa el pianista. Entre palmas del público y con la misma solemnidad con que conversa, Chuquisengo ensaya una y dos venias, se retira hasta la puerta trasera, toca el marco y regresa sobre sus pasos, vuelve a detenerse frente al público y ensaya dos venias más. Su presentación ha finalizado, pero no es ni remotamente la última vez que lo veremos por el Perú. Debemos suponer nuevamente que Chuquisengo ha llegado al medio siglo de vida, o que llegará este año, y que por esa razón es capaz de mirar atrás y entender el porqué de su íntimo compromiso con las carencias del país que lo vio nacer: «lo que uno aprende hay que darlo antes de que uno se vaya, y esperar que alguien pueda aprovecharlo».