El Caballero de las Minas

Don Alberto Benavides de la Quintana, el patriarca de la minería peruana, falleció a los 93 años. Su visión integradora del negocio y su olfato empresarial marcaron por siempre el rubro donde él trabajó.
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Los seres humanos suelen tener pasiones que no los dejan dormir, pasiones que los dominan y emocionan al mismo tiempo. Don Alberto Benavides de la Quintana, el patriarca de la minería peruana, tenía una gran pasión: su trabajo. Y su trabajo se ubicaba en el centro de una industria que genera amor y odio al mismo tiempo: la minería. Don Alberto falleció a los 93 años, sin embargo, para muchos expertos del rubro y empresarios más jóvenes, el legado del fundador de Buenaventura es una de las principales productoras de oro y plata del Perú.

Hasta hace poco, sus más de nueve décadas de edad no impedían que el empresario estuviera sentado en su despacho todos los días desde las nueve de la mañana. «Hay dos tipos de personas en este mundo: gente de viernes y gente de lunes. La gente de viernes trabaja porque tiene que hacerlo, pero no puede esperar al fin de semana para dedicarse a lo que más le provoca. A la gente de lunes lo que más le provoca es trabajar, porque su trabajo es su pasión, y empiezan cada semana con unas ganas locas de llegar a la oficina y seguir con sus proyectos. Mi Papapa —Alberto Benavides de la Quintana— era un hombre de lunes», dice Lucía Benavides, nieta de don Alberto, en su blog adscrito a la web de la revista Semana Económica. A pesar de que ya no ejercía un cargo operativo en la minera que fundó hace más de sesenta años, el interés de don Alberto por los desafíos de la minería peruana y el potencial que él veía en ese sector para impulsar el desarrollo del país se mantuvieron latentes hasta sus últimos días.

Benavides de la Quintana nació en Lima en 1920. El empresario desarrolló su interés por el suelo y la minería desde su etapa escolar. Según se cuenta, el curso de Geografía –donde el profesor pedía a los alumnos emprender viajes imaginarios por el país– hizo despertar su interés por los rincones del Perú. Sin embargo, su padre tenía dudas sobre esta vocación. Según contó don Alberto en una entrevista al diario El Comercio en el 2011, su padre dijo en una oportunidad: «Este Alberto ha vivido toda su vida en Lima. Además es gordito. ¡Qué va a aguantar en una mina!». Sin embargo, luego de hacer un viaje a una mina ubicada a 5 mil metros de altura, Benavides de la Quintana le demostró a su progenitor que estaba listo física y mentalmente para trabajar en este rubro. Así se impuso la voluntad del patriarca minero. Estudió Geología en la Escuela de Ingenieros, hoy la Universidad Nacional de Ingeniería.

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En 1953 don Alberto tomó una decisión sumamente importante: dejó su trabajo en la Cerro de Pasco Corporation. El empresario decidió invertir sus ahorros en la mina Julcani ubicada en Huancavelica. Esa apuesta dio pie al nacimiento de uno de los gigantes de la minería peruana: Buenaventura. «No tenía el dinero y no había suficientes reservas en la mina, pero yo tenía 32 años, más o menos, y a esa edad uno es más corajudo, más avezado. Así que nos lanzamos a formar Buenaventura, y, a Dios gracias, nos ha ido bien», recordó el empresario en la entrevista a El Comercio.

«Nosotros no podemos vivir separados de la sierra, tenemos que vincularnos con ella, y la minería nos permitirá hacerlo. Y si queremos algún día llegar a nuestra selva, integrémonos primero con nuestra cordillera. Yo quisiera que el Perú entero reconozca eso»

Al frente de esta empresa, Benavides de la Quintana tuvo que afrontar serios problemas a lo largo de varias décadas. La dictadura militar, la crisis económica de los ochenta y la violencia terrorista de Sendero Luminoso figuran entre los más grandes obstáculos que logró superar el empresario. Pese a la complejidad de estos problemas, don Alberto no retrocedió y siguió apostando por invertir en el Perú. No obstante, el gran mérito de Benavides de la Quintana fue tener una visión integradora del negocio minero. Según el empresario, esta actividad era el vehículo ideal para unir a la costa con la sierra.
«Nosotros no podemos vivir separados de la sierra, tenemos que vincularnos con ella, y la minería nos permitirá hacerlo. Y si queremos algún día llegar a nuestra selva, integrémonos primero con nuestra cordillera. Si bien es agreste, su gente es muy buena. Yo quisiera que el Perú entero reconozca eso», afirmó a El Comercio. Ese enfoque lo llevó a priorizar las buenas relaciones entre su empresa y las comunidades aledañas a sus diferentes operaciones mineras. «Creo que los mineros tenemos la obligación de ir a hablar con las comunidades y convencerlas de que les vamos a traer eventualmente bienestar y no fastidio […] No es fácil, pero hay que hacerlo», afirmó en una de sus últimas entrevistas. Su preocupación por el medio ambiente también fue grande. En cada operación, por ejemplo, construía una piscigranja de truchas. Si estos animales se enfermaban, para el empresario significaba que el agua estaba contaminada, lo cual se debería solucionar.

Benavides de la Quintana también será recordado por su gran olfato para los negocios. En mayo de 1996 lanzó la oferta pública inicial [IPO, por sus siglas en inglés] de Buenaventura en la Bolsa de Valores de Nueva York. Los resultados para la firma fueron muy positivos. Además de levantar US$175 millones por la venta de acciones, la empresa se sometió a las exigencias del más grande mercado bursátil del mundo. Buenaventura potenció su gobierno corporativo, adaptó altos estándares gerenciales, implementó un nuevo y moderno código de ética, entre otras medidas. La incursión bursátil ha permitido a la firma acceder a financiamiento internacional, uno de los pilares de su crecimiento en el Perú.

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Hoy se pueden apreciar los frutos de la decisión que don Alberto tomó en 1996. La capitalización bursátil de la empresa pasó de US$600 millones ese año a US$3.130 millones en la actualidad. Para el 2014 se espera que la producción de oro de la firma llegue a las 900 mil onzas [más de doce veces respecto a la que tenía en el año del IPO]. A la fecha, Buenaventura tiene siete unidades productivas en suelo peruano y varias empresas subsidiarias. La valla impuesta por don Alberto Benavides de la Quintana en el rubro minero, sin duda, es bastante alta. Y su legado, invalorable.