De Corea, con amor

Escribe: María Jesús Zevallos / Ilustraciones: Omar Xiancas
Una fanática de la música pop grita, empuja, espera, hace lo que sea para acercarse a su ídolo. Pero una fanática de k-pop procura hacer lo opuesto. Desde el país que tiene taxis con wifi, el nuevo fenómeno de la música ha llegado al Perú para quedarse y poca gente entiende por qué. ¿Qué clase de magia tiene el k-pop para conquistar este país?
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Una verdadera fanática del k-pop mantiene el control. Graciela Ortigoso, presidenta del club de fans de Super Junior, lo sabe. Recuerda muy bien ese concierto, en abril de este año, y la fila interminable en la que tuvo que formarse fuera del supermercado para comprar las entradas. Recuerda haberse levantado a las seis de la mañana para estar en los primeros lugares de esa fila, ansiosa por conseguir los lugares más cercanos al escenario a quizá la banda más exitosa de k-pop en los últimos años. Recuerda también que cientos de muchachas acamparon fuera del Jockey Club del Perú, donde se realizaría el concierto, un mes antes. Pero Graciela no fue una de esas chicas. Le parece ridículo que alguien espere un mes en la calle para un concierto. «No tiene sentido», dice, mientras busca un video de Super Junior, en la computadora de su habitación de paredes púrpuras. «La sociedad piensa que ser fan es gritar, empujar, jalarse los pelos, pero eso no necesariamente es así».

Graciela tiene veintitrés años y es presidenta de Hato Perú, el club de fans de Super Junior, aunque ella prefiere que le digan líder y no presidenta. Lleva un gorro de lana sobre unas raíces de canas prematuras y una camiseta azul que el club diseñó para el evento. Todo en Hato Perú es azul, el color oficial de Super Junior. Antes Graciela estudiaba Medicina pero la dejó, y ahora trabaja la mitad del día traduciendo artículos del inglés al castellano para el blog Soompi Español, uno de los primeros websites dedicados al k-pop, ese género musical nacido en Corea del Sur a inicios de los noventa, que mezcla pistas de hip hop con tracks de rock y metal, coreografias de b-boys y esas letras acarameladas que han convertido a cientos de popstars en ídolos adolescentes.

«Las fanáticas del k-pop son superorganizadas», explica Graciela, mientras muestra a dos amigas suyas una copia de SEXY, FREE & SINGLE lanzada exclusivamente para las fanáticas japonesas, y que ella logró conseguir gracias a un contacto en Japón. Graciela tiene todos los discos de Super Junior. También revistas que mandó a traer desde Corea, fólderes con fotos de la banda en la portada, DVD de conciertos, pósteres enrollados y algunos recuerdos que ella misma hizo para las otras chicas del club de fans, [que solo en Lima tiene más de cuatrocientas integrantes]. Todo está meticulosamente ordenado en dos cajas de cartón que guarda en un clóset improvisado detrás de la puerta.

En su habitación, Graciela solo tiene una gigantografía sobre su computadora que delata su afición. Es una chica despreocupada en su apariencia personal, y su habitación no revela mayor orden: piezas de maquillaje en una cómoda, peluches tirados en un rincón. Pero cuando se trata de Super Junior, parece haber aprendido el orden y la disciplina del grupo al que admira. Sus horarios se organizan, su vida toma un sentido casi marcial. Andrea Vizcarra –estudiante de Química, veintidós años– saca un libro con fotos que un grupo de fanáticas coreanas tomó en conciertos. «Cuando nosotras saquemos cosas así, recién nos vamos a poder comparar como fans», le dice Graciela, mientras ojea las páginas. Las chicas no dicen nada, casi con cierta culpa por no llegar al nivel de sofisticación de sus colegas asiáticas. «Ahí, en los detrás de cámaras, ves todo», dice, de pronto, Yuliana Contreras –ingeniera ambiental, veintitrés años– mientras señala el video que Graciela acaba de poner en la computadora. Allí está Super Junior en el Tokio Dome, antes 55 mil personas. Un mar azul de fanáticas con glowsticks y camisetas azules hace una ola gigantesca y ordenada que la banda les pide. Los diez cantantes lloran conmovidos. «Aquí también hicimos una miniola, pero igual se emocionaron», dice Graciela. «Si tienen que llorar, van a llorar. Eso es lo bonito. Ellos se muestran humanos, como nosotros».

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«El Perú es el país donde comenzó todo», dijo uno de los trece integrantes de Super Junior, en el documental que grabaron durante su gira por Sudamérica, en abril de este año, con lo que sugerían que el boom latinoamericano del k-pop empezó aquí. No exagera. En su primer día de venta se agotaron el 30% de las entradas del concierto de Super Junior, superando en porcentaje a ídolos del mainstream musical como Lady Gaga. En los dos últimos años, las cuatro bandas más importantes del k-pop [Big Bang, JYJ, U-Kiss y Super Junior] tocaron en Lima. Hay un periódico llamado Asia al Día dedicado exclusivamente al k-pop y que tira veinte mil ejemplares cada semana, el más importante de otros cuatro periódicos que se publican en Lima, más las revistas dedicados al tema. Cada vez hay más tiendas, restaurantes temáticos, escuelas de baile especializadas en k-pop, programas de televisión y hasta institutos de coreano donde cientos de adolescentes intentan aprender a pronunciar las letras de sus canciones favoritas.

Todo ese impacto tiene una maquinaria publicitaria detrás. A mediados de los noventa, Corea del Sur se convirtió en el primer país en el que las ventas digitales de música sobrepasaron las de álbumes físicos. Para compensar las pérdidas de las disqueras, el k-pop no sólo consistiría en música, sino también en merchandising estratégicamente diseñado para que las fanáticas sientan al cantante tan cerca como fuera posible.

La inversión no es poca. S.M. Entertainment, la empresa más importante dentro de la industria musical coreana, invierte casi dos millones de dólares para el debut de un grupo. Cada año trescientos mil muchachos en nueve países postulan para ser una nueva estrella del k-pop: casi diez veces más que el número de postulantes que recibe la Universidad de Harvard. Los artistas entrenan al menos dos años, antes de dar su primer concierto. Se les da alimentación, rutinas de ejercicios, entrenamiento vocal, musical, de baile y lugares donde vivir. Desde el 2010 hasta el año pasado, sus artistas tocaron ante 2.5 millones de personas, y su página de YouTube recibe mil vistas por segundo. Aparecen en telenovelas y publicidades. Los grupos musicales y solistas entran al mercado con bailes impecablemente coreografiados, con trajes de diseño, peinados extravagantes que cambian cada semana y algunas rinoplastias o agrandamiento de ojos para gustar más a sus fanáticas occidentales. Hoy, en el país donde los taxis tienen wifi, hay una industria que fabrica artistas pop en serie.

¿Pero por qué el boom del k-pop explotó en el Perú? El sociólogo peruano Santiago Alfaro, investigador y consultor en temas de investigación de mercado y gestión cultural, tiene un sospechoso: el Estado. Muchas novelas coreanas fueron entregadas gratis a televisoras públicas, como parte de una política pública cultural de ese país. «Eso motivó a que el público peruano tuviera acceso a este tipo de producción cultural que abrió camino a la música», dice Alfaro, aunque también tiene otra razón más poderosa.

Cada año 300 mil muchachos postulan para ser una nueva estrella del k-pop: casi diez veces más que el número de postulantes que recibe la Universidad de Harvard. En el país donde los taxis tienen wifi, hay una industria que fabrica artistas pop en serie

María Claudia tiene veinte años y estudia Medicina en la Cayetano Heredia, una de las universidades más prestigiosas del Perú. Es clienta de Kasoo, la primera tienda de merchandising dedicada al k-pop en Lima. María Claudia escucha todo tipo de pop, pero colecciona cosas de bandas de coreanas porque siente una admiración diferente, aunque sus amigos se burlen de ella. «Tú ves a Justin Bieber, a One Direction, que es un grupo que a mí me gusta, y su vida es muy controversial. Los ves tomando, fumando, drogados». En cambio –dice María Claudia– los grupos coreanos no muestran esas facetas, si acaso las tienen. «Son muy disciplinados y vienen de una cultura que no celebra los vicios».

Para Alfaro, el sociólogo, ese detalle explica todo mucho mejor: «El k-pop ha llegado a ayudar a encontrar sentido a jóvenes que viven en ciudades bombardeadas por la violencia: los accidentes, los asesinatos, los feminicidios». Para estas fanáticas, sus ídolos son un escape; un modo de alejarse de la violencia que merodea las áreas más populares de Lima, como en la que vive Graciela. El k-pop moldea sus vidas, sus amistades, sus lugares de encuentro, sus conversaciones.

Super Junior se presentará en México a fines de noviembre, y Graciela y Yuliana quieren ir. «En la mañana le lloré a mi papá», dice Graciela. Necesita ochocientos dólares, más una bolsa de viaje. Y parece que las lágrimas han dado fruto. «¿Sabes que se va a México a ver a sus chinos?», dice la madre de Graciela, mientras pasa por su habitación. Andrea explica que cualquier padre preferiría que su hija esté escuchando música sana a estar en la calle o metida en algún vicio.

Las chicas no dejan de fantasear sobre México, y se preguntan si será igual que el concierto de tres horas que dieron en Lima. Están en una reunión del club de fans en el que las chicas se organizarán para un evento en un distrito de Lima. Las han invitado para que hagan coreografías con música de Super Junior, y todas practican para ese día. Hay casi 150 personas y todas están divididas en grupos de ensayo, cada cual liderado por una chica del club. Todo está organizado en el mapa que tiene Graciela en su fólder: cuántos miembros por grupo, dónde se ubicarán el día del evento. Todo debe estar planificado, como las recaudaciones para obtener fondos para las actividades del club, las olimpiadas de integración, los viajes para obras de caridad, o conseguir cinco mil soles para los regalos de bienvenida que compraron para los diez integrantes de Super Junior que llegaron al Perú.

Paradas en el pasto de este parque público y céntrico de la ciudad, que hoy sirve como centro de convención, Graciela y sus amigas recuerdan el día de aquel concierto. Todas pidieron permiso en sus empleos y acomodaron su horario para dedicar ese día a coordinar detalles antes del show. Durante tres horas repartieron más de cinco mil banners pequeños con la frase Dreams come true a la gente que esperaba en la cola del concierto, y pedían que los alzaran cuando el grupo toque la canción Marry U. Todo fue –dice Yuliana– para que «los chicos» se llevaran un buen recuerdo del Perú. Ellos sonrieron cuando lo vieron. Fue un agradecimiento por ser tan fieles y generosos con sus fanáticas. «Por eso cuando una chica los ha estado escuchando dos meses y dice ‘soy fan’, yo pienso, ay, mamita, si supieras lo que significa ser fan».