Darlo todo por una ola

Por Pablo Panizo / Foto de Augusto Escribens
Para Renzo Zazzali, surfear es la mitad de su corazón. La otra mitad, sin embargo, enfermó el año pasado. Después de ocho meses de profunda depresión decidió que hacía algo o se dejaba morir. Para volver a sentirse vivo ha decidido arriesgar la vida en Maui, Hawái, persiguiendo junto con sus amigos la ola más grande del mundo.
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El recuerdo del Día del Padre de 2011 escarapela el cuerpo de los surfers de ola grande. Esa mañana en Pico Alto, la ola más grande del Perú, Renzo Zazzali pensaba en qué iba a hacer al salir del agua: manejaría desde Punta Hermosa hasta Lima para visitar a su padre y luego tal vez vería alguna película. Finalmente no llegaría a hacer ninguna de las dos cosas, pero en ese momento eso no importaba. Intentaba mantener su cabeza ocupada para evitar pensar que habían caído sobre su cabeza siete olas de siete metros de alto, y que la última de ellas lo tenía medio minuto bajo el agua. Ya no tenía fuerza para salir a flote y, peor aún, no sabía si remaba hacia la superficie o hacia lo profundo. La falta de aire en el cerebro le había hecho perder el sentido de la orientación. Con la mínima fuerza que le quedaba escaló a través de la pita que unía la tabla a su pie, el único punto de referencia que pudo encontrar hacia el aire. No sabe cómo, pero lo logró. Una vez en la superficie abrazó su tabla –lo que quedaba de ella– y vomitó bilis. Llegó a casa a las dos y media de la tarde y se echó a su cama para descansar antes de visitar a la familia. Cuando despertó eran las nueve de la mañana del lunes.

«Todo el mundo tiene miedo a morir, pero quizá yo un poco menos de lo normal», dice Renzo, sentado en una mesa de la oficina de Quiksilver, donde trabaja. No pasan cinco minutos sin que su celular suene. Pide permiso, coordina un par de asuntos y vuelve a conversar sobre lo que más le interesa. «El surf es la mitad de mi corazón, si no es más», dice. Analizando su historia en el mar, quizá lo que más destaque a primera vista sea su tricampeonato nacional –90, 91 y 92–, pero lo cierto es que hace mucho abandonó los campeonatos, y, a sus 41 años, no los extraña. Entre los surfers de ola grande y el mar hay una relación que va más allá del reconocimiento público, y que él describe como «religiosa». Frente a olas de ocho metros, el miedo se convierte en placer, y la vida se arriesga para sentirse vivo. «Ahí todo es grande: las olas, el mar, tu tabla, tu pita. Solo, en medio del mar, escuchas el sonido del silencio, ¿me entiendes o no? Es donde uno más cerca de Dios está».

Esa conexión, sin embargo, se cortó hace un año, cuando cayó en una profunda depresión. Una cadena de problemas familiares terminó por convertirlo en un robot programado para trabajar y, entremedio, llorar. No quería salir, no quería visitas, no quería correr. Renzo sentía que iba directo a la muerte. A mitad de camino se dio una última oportunidad: o se dejaba ir o se planteaba el reto más importante de su vida. Así nació The Jaws Project Maui 2015, un plan que llevará a Zazzali y tres de los mejores surfers de ola grande del país –Rafael Velarde, Gabriel Villarán y Kodiak Semsch– a correr Jaws, la ola más grande del planeta.

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Entre Pico Alto y Jaws [mandíbulas, en castellano] hay toneladas de agua de diferencia y toda una parafernalia que convierte a la ola hawaiana en el máximo hito del big wave. La ola revienta mar adentro, pero un mal movimiento puede dejarte a merced de los gigantescos roqueríos que descansan bajo el acantilado, un cementerio de tablas al que nadie quiere llegar. A lo largo de la playa se agrupan motos acuáticas listas para salvar a los surfers de ese infierno. Alejados de la zona de oleaje se ubican botes cargados de fotógrafos y equipos de primeros auxilios, y desde el aire patrullas de helicópteros monitorean la ubicación de cada surfer. Durante el invierno hawaiano –nuestro verano–, las olas en Jaws pueden llegar a más de doce metros, por lo que los tablistas deben estar preparados para aguantar más de un minuto bajo el agua.

El viaje está planeado para la primera gran crecida que llegue a las costas hawaianas desde fines de año, pero Gabriel, Rafael, Kodiak y Renzo ya entrenan con la cabeza puesta en Jaws. Enfrentar una ola de esta naturaleza implica, incluso para los surfers más experimentados, una preparación de largo aliento, que en el grupo de viajeros quizá solo tenga Gabriel Villarán, surfer profesional a tiempo completo y acostumbrado a competir en el circuito mundial de ola grande. «No es broma. Hay una posibilidad regular alta de que te pase algo», sostiene Renzo. Desde que decidió que viajaba con acompañantes o sin ellos, no hay día en que no abra los ojos pensando en Jaws. Su día comienza corriendo nueve kilómetros alrededor del Ministerio de Guerra. Su respiración está limitada por un aparato que restringe el ingreso de aire para similar altitud y, de esa forma, ampliar su capacidad pulmonar. Por la tarde, después de trabajar y surfear, va al Club Regatas para ejercitar brazos y piernas, vitales para soportar la fuerza de un descenso de once metros.

Luego se acuesta pensando en Jaws. «Soy lo suficientemente fuerte para afrontar cualquier dificultad. Así me pongan una ola de quince metros al frente ya no tengo nada que perder; me la tiro», dice con énfasis, como si imaginando una pared acuática del tamaño de un edificio ya se sintiese en Jaws, remando una bestia con decisión, arriesgando el pellejo por la adrenalina de saber que esto puede acabar hoy, pero que solo valdrá la pena si se vivió. Después de pasar los ocho meses que ha pasado, Renzo parece no tener miedo a morir, aunque no lo admita. «Lo tengo, pero hay algo que es más fuerte y que me lleva a correr estas olas», dice con determinación. Por un momento, sin embargo, mira el suelo y piensa qué más decir. Vuelve la mirada y sonríe, habla como riendo. «No, no me voy a morir».