Cuando una ola puede cambiarlo todo

Piccolo Clemente

Por Rodrigo Alomía / Fotos de Daniel Griffiths
El máximo logro al que aspira un surfista es ganar un campeonato mundial en la categoría ASP. Dos peruanos lo han logrado: Sofía Mulanovich en el 2004 y Piccolo Clemente, el noviembre pasado en la isla de Hainan, China. El peruano cerró uno año de ensueño: medalla de oro en los Juegos Bolivarianos y en el Campeonato Nacional de Longboard, y primer lugar en el Circuito Latinoamericano de surf Venezuela 2013. Le gusta tener una estrategia en lo que hace, pero sabe que en un deporte como este las cosas pueden cambiar de un segundo a otro.
piccolo

A los quince años, Piccolo gustaba de mantener afilada la punta de su tabla para que se luciera más. «Se veía bonita», recuerda. Aún no descubría la punta ancha y redondeada de la longboard, porque usaba una tabla de surf convencional. Un día, mientras corría en Huanchaco, decidió cortar una ola para deslizarse sobre la espuma, y entonces la tabla vaciló y la punta se elevó hacia al rostro de Piccolo, atravesando su mentón. Perdió la sensibilidad parcial de esa zona porque el golpe destrozó más de un nervio, y tuvieron que coserle la herida con más de veinte puntos. Después de un mes ya había vuelto al mar.

Benoit es su verdadero nombre y Piccolo un apodo. El último significa ‘pequeño’ en italiano, y así lo llamaban desde niño los vecinos de Huanchaco, donde sus padres tenían un restaurante de comida italiana que llevaba el mismo nombre. Pequeña es la cicatriz de casi tres centímetros que lleva Piccolo en el mentón. Su barba a medio crecer la disimula bien, pero ahí está el tajo profundo que le recuerda que pocas veces uno no está preparado para una ingrata sorpresa.

Sería uno de los primeros incidentes que el surfista debería enfrentar. Pero él es consciente de que en un abrir y cerrar de ojos el mar lo puede derrumbar. Y esta no sería la última vez. Una ola le partió el ligamento interno de la rodilla izquierda al surfista peruano Piccolo Clemente. Ocurrió en el 2013 y en el peor momento: a menos de dos semanas del 22 de setiembre, el día en que se iniciaba el Campeonato Mundial de Longboard categoría ISA de Huanchaco [Trujillo]. Piccolo llevaba cinco meses entrenando para esa fecha, y junto con Renato Quezada, su preparador físico, habían planeado una rutina ideal que debió llevarlo a la victoria. Piccolo, el seis veces galardonado como mejor deportista por el Instituto Peruano del Deporte, quería alzar el trofeo en la ciudad en que nació hace treinta y un años.

Nada había fallado hasta aquella mañana, en un día de entrenamiento cualquiera. Piccolo se había sumergido con su longboard en el mar de Huanchaco. Mientras corría, una ola acechó por detrás de él. La fuerza del agua primero impactó en su espalda y luego en su pierna izquierda. Trastabilló. Su rodilla se dobló hacia dentro. Los ligamentos hechos trizas. El dolor expandiéndose por el resto del cuerpo y sus manos aferradas a la rodilla. Entonces el sabor agrio. No el de las aguas del mar, sino el del posible fracaso, el de la frustración en aumento. «Se me derrumbó todo —recuerda Piccolo, acariciando aquella cicatriz que le recuerda al surfista el respeto que le guarda al mar—. De la noche a la mañana todo puede cambiar. Había planeado tanto mi estrategia para ganar el mundial en Huanchaco y una semana antes me sucedió eso». Los diez médicos a los que visitó le dijeron lo mismo: tenía que parar, su lesión empeoraría en vano si regresaba al mar, y aún más con el ritmo de un campeonato mundial. Faltando una semana y media para arrancar, una combinación de prensas de hielo, masajes y dosis de pastillas diarias lo aliviaron un poco; luego recubriría la zona lesionada con vendas y rodilleras, y finalmente corrió la competencia que terminó el 28 de setiembre. Piccolo quedaría en el sexto puesto.

«Prefiero ir paso a paso —dice Piccolo—. Con seguridad. No me gusta hacer muchos planes a futuro y he visto a personas que les cuesta reponerse cuando las cosas no salen como lo esperaban».

piccolo2

Piccolo no planea su futuro y, sin embargo, se prepara para él. Lo aguarda seguro de sí, como si estuviera dentro del mar sin saber que le deparará este. Entrena con la convicción de alguien que pareciera ser un ganador indiscutible, y cuando algo altera su orden, continúa con los deseos intactos. Por eso, cuando viajó a China para el campeonato mundial ASP y supo que se enfrentaría a los 36 mejores surfistas del planeta, y él seguía cargando esa lesión a la rodilla, tenía grandes intenciones de vencer.

Piccolo se había preparado desde inicios de 2013 para el mundial ASP y China no era un nuevo país para él. En el 2012 había quedado decimotercero en el campeonato mundial y quería mejorar esa marca.

Nuevamente planificó al detalle su estrategia: no exigir mucho su rodilla derecha en los entrenamientos; buscar una tabla con el peso perfecto, ni tan liviana como para ser sometida por el viento y ni tan pesada al punto de no manejarla con facilidad; estudió las olas de la playa Riyue Bay —donde se llevaría a cabo el mundial—, e incluso vistió una ropa de baño más corta de lo usual, con la que se sentía cómodo. La competencia duró una semana. El 28 de noviembre, Piccolo ganaba el mundial.

Este año, Piccolo ya tiene planeado subirse a un avión más de tres veces al mes. Comenzó a viajar desde los quince años por los campeonatos, y ahora el ritmo más fuerte lo lleva a otros destinos. A fin de mes viajará a Ecuador a correr la primera fecha del campeonato Latinoamericano, luego tiene que viajar a Trujillo, de ahí a Australia, y la lista se hace interminable. A fines de año tiene que regresar a China para defender su título. Procurará ser cauteloso, pero entiende muy claramente que, en el reto de domar lo indomable, cualquier cosa puede suceder.