Crónica de un recital ambulante

Por César Ochoa / Fotografías de Macarena Tabja
Uno de los músicos más destacados del Perú era un chico tímido que se paralizaba ante el escenario, pero que supo acumular miles de horas de práctica en los últimos veinticinco años. Antes de tocar con la Orquesta Sinfónica Nacional, Lucho Quequezana recordó sus viajes en bus, donde lo que único que hacía era tocar el charango, sin que le importara cuándo

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Un día de 2007, en Montreal [Canadá], Lucho Quequezana dejó su quenacho encima de un cajón peruano, en medio de los ensayos con Sonidos Vivos, un grupo de siete músicos de varios países a quienes enseñó a tocar ritmos andinos. Nadie más supo de ese instrumento –más largo que una quena convencional– hasta unos minutos después, cuando crujió debajo de uno de los zapatos de Quequezana. El ensayo se detuvo, y Lucho, con la pena de alguien que levanta a su mascota atropellada, lo recogió del suelo y se fue a casa, llevándose hasta la astilla más pequeña que había quedado. Allí, con una tristeza asentada en lo profundo de su ser, se puso a llorar.

No era para menos: esa mágica pieza de bambú con siete agujeros lo había acompañado desde que tenía doce años, cuando lo compró en el centro comercial Polvos Azules. Era su instrumento favorito, y todo indicaba que era el fin.

Un músico que llora por su instrumento perdido ama la música. Pero un músico que trata de resucitarlo es alguien que sueña, vive y respira solo para tocar. Resignado, Quequezana cogió cinta adhesiva y comenzó a envolver y reconstruir su quenacho mientras afuera la nieve caía. Al terminar, lo volvió a tocar y fue como un soplo de vida: el sonido dulce y sutilmente grave de su instrumento había regresado. «Me volvió el alma al cuerpo», recuerda.

Seis años después, Quequezana, quien antes fue un chico tímido que se moría de roche solo de imaginarse sobre un escenario, salió a tocar con ese viejo quenacho en las dos noches de concierto que ofreció junto a la Orquesta Sinfónica Nacional, a fines de mayo. Fueron noches en que hizo con el charango y el quenacho lo que normalmente otros hacen con un violín: ser protagonistas, solistas, de una sinfónica.

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Faltan once días para la primera de esas noches y Quequezana está en Cabina Libre, su estudio ubicado en Miraflores. Frente a la computadora, arma las últimas orquestaciones para sus recitales sinfónicos. Es una labor parecida a la de un cocinero que de pronto ya no tiene ocho ingredientes sino veinte con los cuales armar su platillo. El compositor del álbum Kuntur, que alcanzó disco de platino, ahora tiene a la mano sonidos de violonchelos, clarinetes, tubas o trombones para darle nueva vida a temas suyos como Camino de nieve, Distancias o Raymi. Quequezana está emocionado. «Todo esto es un encuentro», dice viendo la pantalla. «Escucha cómo los instrumentos se abrazan: el corno con el charango, la quena con el oboe».

Pero esta tarde tiene otro destino. Lucho volverá a cuando era un muchacho que solo quería tocar el día entero con sus juguetes, cuando había regresado de un viaje por Huancayo. Allí conoció la zampoña, el instrumento que le dio un nuevo sentido a su vida.

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Lucho quiere revivir esos largos viajes en bus que hacía desde el Rímac, su barrio de toda la vida, hacia el colegio San Felipe, en Jesús María. Era demasiado tiempo de aburrimiento para un adolescente que exploraba con curiosidad instrumentos de cuerda, percusión y viento, y del que solían decir que estaba loco por la música: tocaba en el recreo, en su casa, en la calle, en sus noches de insomnio, en las actuaciones del colegio, en lugar de ir a fiestas o hacer las tareas.

Esta tarde de otoño que regala un sol tibio, Quequezana, el músico autodidacta que domina más de veinticinco instrumentos, se ha subido a un bus verde de la Línea 73A con su charango y ha ocupado un asiento del fondo. Es un viaje cualquiera, pero hace lo que siempre hacía: tocar sin que le importara dónde –muy suave, eso sí– porque se «moría de roche» al pensar que todos lo escucharían. «No solo era la necesidad de practicar –dice mientras el bus avanza–, sino la de no desprenderme de la música en ningún momento».

Muy suave, abriéndose paso entre el sonido atronador del bus, el charango empieza a regalar sus primeros acordes. Es una canción que se llama El caso Huayanay, que recuerda la gesta de un pueblo que se alzó ante la injusticia de un tirano. Es lenta, emotiva. Un pasajero de unos cincuenta años, reconoce la canción y nombra el título. «¡Claro! –exclama Lucho, sin dejar de tocar–. Yo era fanático de Huayanay, que era como también se llamaba el grupo que la tocaba».

Quequezana era un fan de Lucho Tovar, el charanguista de ese conjunto, de quien tenía pósters en su cuarto en tiempos en que todos sus compañeros hablaban de rock. «Para mí era el Jimi Hendrix del charango», ríe. Aquel hombre sentado cerca de él, el único que tuvo el privilegio de escucharlo por su cercanía, lo felicita. «Muchas gracias, maestro», le responde, mientras se baja del bus y su casual admirador le regala unos aplausos.

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La primera vez que Lucho Quequezana se presentó en público tenía doce años, un día que jamás olvidará. El músico fanático de Danny Elfman, el compositor fetiche de las películas de Tim Burton, se había matriculado en un curso de zampoña, y los alumnos tenían que clausurar el taller con un concierto grupal en un viejo teatro del centro de Lima. «Al enterarme de la clausura casi me da un infarto», recuerda. Sobre el escenario, Quequezana era uno de los cuarenta músicos –niños, señoras, jóvenes– que estaban a punto de ofrecer el recital de zampoña. El tema elegido era Danza de caporales, una saya alegre y potente.

Sobre el escenario, a Lucho Quequezana se le vino a la mente la portada de un long play de los Kjarkas, un famoso grupo boliviano, de su gira por Japón, donde se les ve con majestuosos ponchos blancos. Estaba muy emocionado. Pensó que era uno de ellos.

Entonces, se abrió el telón.

El sonido inundó el auditorio, pero Quequezana, el músico de apellido aymara, no fue capaz de tocar nota alguna. Un súbito pánico escénico lo congeló. «Ni siquiera pude hacer la finta de que estaba tocando», dice mientras recuerda el suceso, caminando por una vereda miraflorina, cargando un morral donde lleva sus zampoñas.

Cuesta creer que el músico que narra anécdotas entre cada canción que interpreta, que llenó el Gran Teatro Nacional las dos fechas de concierto sinfónico, se haya paralizado de pavor la primera vez que tocó sobre un escenario. «Quien canta, sus males espanta», decía Cervantes. Lo mismo podría decirse de quien compone y toca con obsesión, como Quequezana. «Lo más difícil de toda mi carrera ha sido espantar la timidez. Uf, me ha costado tiempo», dice.

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A sus 37 años, asegura que su locura radica en su pérdida del miedo al riesgo. Hace mucho, lo peor para él era que en los cumpleaños o fiestas le dijeran que tocara alguna canción. Era una exposición para la cual no estaba preparado. Entonces, el músico que colecciona soundtracks de películas hizo que la confianza que le brota cada vez que ríe a carcajadas hiciera su trabajo, justo cuando comenzó a darse a conocer como Lucho Quequezana.

Pero vayamos a la noche de su último concierto sinfónico. Está ahí, con su quenacho parchado en la mano, cuando de pronto invita a alguien del público para que toque algún instrumento. Sube al escenario un niño que sorprendió a todos con un solo de cajón que hizo estallar de auditorio de aplausos. Quizá Quequezana se acordó de ese chico tímido que alguna vez no pudo tocar la zampoña de puro pavor. Horas más tarde, con el cuerpo molido del cansancio, cruzó los andes y se fue hasta el Parque Nacional del Manu, en Madre de Dios, a dictar talleres de música para los guardaparques de la zona. «A veces le doy la razón a mi mamá», dice. «Estoy completamente loco».