Creando a los pequeños guardianes del mar

Escribe: Rodrigo Alomía / Foto: César Campos
Las playas de la costa peruana impresionan, algunas por sus olas majestuosas y desafiantes, y otras por su riqueza biomarina. Son hermosas. Unas más que otras, pero entrañables a fin de cuentas. Como la infancia. Eso lo saben los miembros de la ONG ConCiencia, con dos pasiones que los motivan: los niños y el cuidado del medio ambiente, en especial, del mar.
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Todo comenzó en el 2010, el mismo año en el que se fundó la ONG ConCiencia. Daniela Benavides —amante de la naturaleza desde niña, cuando su vida transcurría entre Chaclacayo y el balneario de Punta Hermosa— trabajaba y vivía en Punta Mero [Tumbes], y cada domingo iba a comprar pescado al mercado. Su favorito era el lenguado, cuya talla mínima bordea los veinte centímetros. Un día Daniela notó que el tamaño de este pescado se había reducido a menos de la mitad de lo normal. Algo malo sucedía. Preguntó a los pescadores qué pasaba, y ellos respondieron con un ‘no se preocupe, total, peces hay hartos’. «No estaban respetando un ciclo de pesca adecuado», dice Daniela, bióloga de profesión. Lo cierto era que, sin un ritmo de pesca que respetara la reproducción ni el desarrollo de la población de peces, se alteraba la escala alimentaria, y con ello el ecosistema marino. Concientizar a ‘viejos lobos del mar’ no era sencillo.

A pesar de que Daniela hablaba con los pescadores sobre el problema, para ellos todo seguía normal. «Es difícil cambiar la mentalidad de un adulto; en cambio, un niño absorbe todo lo que se le enseña y puede ir donde su papá a decirle qué es lo que está haciendo mal», comenta, mientras me enseña un folleto de la ONG.

Pero el problema del impacto medioambiental por la pesca artesanal era parte de uno más grande. La bióloga recuerda que en la playa de Zorritos [Tumbes] los niños del pueblo no disfrutaban de la playa. La belleza del mar estaba de espaldas a los niños, quienes pasaban la mayor parte del tiempo encerrados en sus casas o trepados en los fríos juegos de metal de la zona. «Si no hay una relación estrecha con el mar, entonces ¿qué los iba a incentivar a cuidarlo?», dice Manuela Benavides, hermana de Daniela y también integrante de la ONG. Y era ahí donde se tenía que cambiar la mentalidad a futuro.

Así, en diciembre del 2010, Daniela reunió a su hermana Alejandra y dos amigos más. Tenían un fin: educar a niños que, dentro de diez o quince años más, serían los adultos que protegerían su comunidad. En pocas palabras, ellos se convertirían en los pequeños guardianes de su propio mar. Había nacido ConCiencia. «No buscamos dar charlas o pasar power points, porque la educación ambiental involucra al entorno que está afuera. Y más que transmitir una cantidad de conceptos, queremos una calidad de conceptos», dice Daniela.

No fue sencillo al inicio. Cuando el grupo comenzó a trabajar en sus campamentos en las playas, notaron que los niños acostumbraban a botar la basura a la arena. Y fue allí donde la educación ambiental jugó un papel importante, combinado con su plan de trabajo —con juegos recreativos, como crear animales marinos de papel y pintarlos con témperas— que despierta la curiosidad y sensibilidad hacia la naturaleza. Tres meses después, los niños ya no echaban sus desperdicios a la playa. Bastaba con que notaran una bolsita en la arena para que la recogieran en segundos.

Tres años han pasado desde entonces y más profesionales se han unido como colaboradores. La labor se ha expandido hasta Lima, y, en julio pasado, el grupo plantó quinientos árboles en un colegio de bajos recursos del balneario de Ancón. Las chicas de ConCiencia no imaginaban que lograrían trabajar con 650 niños en tres colegios y cinco comunidades costeras en estos tres años de vida. Su siguiente paso es prepararse para los campamentos de verano en los primeros meses del próximo año, que armarán en las playas de Lobitos y Zorritos.

Adriana Roe, integrante de la ONG, recuerda un momento en el que se dio cuenta de que su labor estaba dando resultados. Fue cuando uno de los niños la miró preocupado y le dijo: «Profe, entonces si tiro basura al mar y el pez se lo come y luego mi papá lo pesca y yo me lo como, ¿estoy comiendo basura?». Ella quedó impresionada. Pero es precisamente ese razonamiento que ConCiencia busca cultivar en los niños, por el que entiendan de que viven en un paraíso y deben protegerlo.