Conectados para dar calor

Por Pablo Panizo / Foto de Alonso Molina
Hace año y medio un equipo de jóvenes logró algo increíble: la venta de chalinas en Lima le permitió proteger del frío a toda una alejada comunidad puneña. Este verano planea recaudar fondos vendiendo toallas y regresar a los Andes para construir viviendas contra el frío.
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Es mayo del 2012. Sentado frente al televisor de su casa, Alberto Niego ve en las noticias lo mismo que se ha visto durante décadas: llegó el friaje a Puno, donde las temperaturas alcanzan los veinte grados bajo cero, y vivir o morir es una lotería de niños y ancianos; incapaces de soportar nieve de un metro de altura, los animales que sirven de sustento a las familias mueren por millares. En Lima hay treinta grados más, pero ya se siente un clima templado, así que Alberto se levanta del sofá y va a buscar una chompa. Abre el clóset y, mientras elige qué se pondrá, se siente confundido. ¿Por qué él, si nunca ha trabajado, puede elegir entre marcas, colores y texturas, mientras otros mueren sin tener siquiera un par de medias para protegerse los pies? ¿Qué ha hecho para merecer las comodidades de su vida? «Nada», se responde, así que decide hacer algo.

Así nació ABRÍGATE QUE TENGO FRÍO, como la convicción de un chico de diecinueve años que se dio cuenta de que la indiferencia hacia nuestros compatriotas más necesitados podía ser enfrentada. Junto con seis amigos, inició una campaña de venta de chalinas cuyos fondos se destinaron a comprar ropa para combatir el frío. Cuatro meses más tarde, llegaron en una delegación de once jóvenes hasta Pumachanca, una comunidad campesina a doce horas del distrito de Macusani, en la remota frontera entre Puno y Cusco, llevando 850 ‘kits abrigadores’ y más de cien picos y palas para facilitar el trabajo en el campo.

Roberto Fiorentino estaba entre los entusiastas viajeros. Aún hoy se le pone la piel de gallina cuando recuerda cómo la gente sonreía y agitaba los brazos viéndolos en el camión, emocionados por la llegada de la ayuda que Alberto le había prometido personalmente meses atrás. «Nunca pensé que fuese a sentir todo lo que sentí cuando llegué a la comunidad. Es una experiencia que me cambió la vida», recuerda Roberto. El pueblo los recibió con bailes, cantos y comida, y los acogió como a su propia familia. Organizados en filas frente a la única escuela de Pumachanca, cada uno de los pobladores recibió una chompa de lana, un polo y un pantalón térmicos, un enterizo para bebés y tres pares de medias.

La campaña triplicó sus expectativas y convenció al grupo de que, bien planificado, cualquier sueño es alcanzable. Después de Pumachanca en el equipo hay nueve miembros, el mayor tiene veintidós años, y para la campaña de este invierno ninguno cree en imposibles. «Mucha gente nos dijo que esto no iba a funcionar, pero felizmente creemos mucho en el proyecto. Ahora para nosotros la nueva campaña de Abrígate ya empezó y estamos viendo qué agregamos para lograr una mayor ayuda», dice Yair Sarfaty, uno más de los miembros del equipo. Acaba de llegar de Nueva Orleans, donde ha pasado un año entre los estudios y las videoconferencias con el equipo. La pasión con que se le oye hablar de Pumachanca transmite una sensación de que es posible que logren la proeza que se proponen para este año: sumar a la ayuda de los ‘kits abrigadores’ la construcción de casas especialmente diseñadas contra el frío.

Han viajado a Moquegua y Arequipa, y visitado proyectos donde se instalaron este tipo de viviendas, han estudiado los materiales más efectivos para el clima altoandino, han planeado las construcciones hasta con cuatro arquitectos, y ahora estudian en qué poblaciones lograrían un mayor impacto en la calidad de vida de sus pobladores.

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Toallas por casas

Entre donar ropa y construir casas hay mucho dinero de diferencia, pero el equipo de Abrígate, hoy convertido en una ONG, tiene un plan original para recaudar fondos desde el verano: han creado Conéctate Off-Line, una campaña que pretende recordar a la gente que la verdadera conexión entre uno y otro está más allá de un aparato tecnológico. Ha cambiado las chalinas por toallas de playa, y les ha puesto un bolsillo con cierre para guardar el celular y olvidarlo mientras se disfruta del mar y de los amigos.

«¿Cómo vas a ayudar a alguien que está en Puno si no te puedes conectar con el que está al costado?», pregunta Yair. Las toallas se venden por sesenta soles, el mismo precio que tuvieron las chalinas, y el dinero va íntegramente para el proyecto. El primer lote ya está en venta y está listo para pedir un segundo. «No nos hemos puesto un límite; yo quiero vender diez mil toallas», dice Roberto Fiorentino. Como el equipo, él también confía en que las toallas serán el primer gran impulso para pensar seriamente la construcción de viviendas.

Cuando una delegación del equipo viajó por primera vez a Pumachanca, buscando una población realmente necesitada, encontraron a una señora muy molesta. Decía que no quería ayuda, pues no quería que la decepcionen de nuevo. Alguna vez alguien llegó desde Lima hasta esa alejada comunidad y prometió regresar, pero nunca volvió. Las palabras de esta mujer fueron un incentivo más para trabajar y darle la alegría de saber que la de ellos no era una promesa en vano.

Hoy construir viviendas suena a locura para muchos. En sus reuniones con gente experimentada en proyectos sociales se les ha felicitado por la idea, pero se ha desconfiado de que puedan montar semejante proyecto en tan corto tiempo. Yair Sarfaty, sin embargo, asegura que en Abrígate nadie duda de lo que pueden lograr. «No apuntamos alto sin pisar tierra; el invierno pasado nos dimos cuenta del gigante potencial del proyecto. Sabemos que es muy difícil, pero estamos convencidos de quetiempo nos alcanza».