Cómo pintar de colores un arenal

Escribe: María Jesús Zevallos / Foto: Fernando Criollo
La ONG Ruwasunchis nació de la idea de un joven economista que, hace ocho años, pisó por primera vez la zona de Manchay, una de las zonas más pobres de Lima. Hoy trabaja con niños, adolescentes y mujeres para que se den cuenta de que, con dedicación y las herramientas necesarias, cualquiera es capaz de alcanzar su máximo potencial.
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La neblina espesa del invierno limeño cubre las casas del Asentamiento Humano San Pablo Mirador, de la localidad de Manchay, al sur de Lima. Las pequeñas casas de ladrillos sin revestir y techos de calamina se posan sobre la arena que cubre estos cerros. En medio de esta combinación de marrón y gris, una construcción con fachada de colores destaca. Una puerta anaranjada, paredes verdes y habitaciones con fachadas azules adornadas con flores gigantes. Es sábado, diez de la mañana, y los voluntarios de la ONG Ruwasunchis han llegado a Manchay, a esta casa de colores, para trabajar en los talleres que niños como Daniela Vilcarromero y Heidi Blanco siguen.

Daniela va al taller de inglés. Heidi al de ciencias. Ambas vienen a los talleres de Ruwasunchis desde que la organización se inició, hace ocho años. Las dos viven esta zona, una de las más pobres de Lima. En Manchay, el 75% de la población no cuenta con agua, el 24% no tiene electricidad, y la tasa de desnutrición de niños entre seis y nueve años es de 12%. Daniela y Heidi viven estas estadísticas, aunque no se rigen de ellas. Ambas quieren ser profesoras. Ambas son buenas amigas. Y ambas esperan, algún día, poder regresar a este lugar y enseñar como los voluntarios les han enseñado.

Ruwasunchis significa hagámoslo todos juntos en quechua. Hasta Manchay, han llegado artistas, fotógrafos, ingenieros, psicólogos y educadores para ayudar a la comunidad a desarrollar sus capacidades. Cada año, más profesionales se suman al proyecto

«La idea es que estos niños tengan las oportunidades que podría tener cualquier otro niño», explica Juan Diego Calisto, fundador de esta organización que no solo se enfoca en niños, sino que también trabaja con adolescentes y mujeres. Calisto escogió este lugar porque es un pequeño Perú, como le dice él mismo. Gente de diferentes lugares de la sierra del país llegaron a Manchay escapando del terrorismo y se instalaron aquí. Como en muchos asentamientos humanos de la cuidad, la realidad te grita en la cara de que las oportunidades no existen. Calisto reconoce que eso puede generar un complejo de inferioridad que puede tener consecuencias devastadoras en cualquier individuo. «Nosotros nos enfocamos en el cambio a través de las personas, para que ellas mismas puedan ser sus propios agentes de cambio», explica Calisto.

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Es casi el medio día y el sol ha salido en Manchay. La clase de ciencias ha terminado. Los niños, dirigidos por Wilson Cabrejos, un químico de 33 años, hicieron catapultas con vasos descartables, sorbetes de plástico y bandas elásticas. «Déjalos, quiero ver qué se les ocurre», le dice durante la clase a una de las voluntarias que le advierte a uno de los niños que parece estar doblando los materiales más de la cuenta. En ese mismo salón, ahora se dicta el taller de Creatividad y Juego. Hay tubos de rollos de papel higiénico, botellas vacías de plástico y cajas de cartón. Muchos de los niños hace pequeñas casas, fortalezas, lugares en los que parecen esconderse del mundo, fuera de esta casa de colores. Al otro lado del salón, una niña construye una torre de botellas de plástico. «¿Hasta dónde va a llegar tu torre?», le pregunta uno de los más de 120 voluntarios que hoy en día tiene Ruwasunchis. La niña hace una pausa en su construcción, la mira de pie, desde sus 1.30 metros de estatura y le dice: «quiero que mi torre vaya más arriba del cielo»