Cómo liquidar a tu oponente en tres segundos

Escribe: Javier Wong / Fotos: Fernando Criollo
La defensa personal no es un deporte, sino simplemente una respuesta a los ataques. El krav magá es una técnica que se hizo famosa con el ejército israelí y es una de las más contundentes y prácticas del mundo. Puños, patadas, cabezazos y hasta la rama de un arbusto puede servir para salvarnos la vida.
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El primer paso de la defensa personal es evitar los problemas. ¿Pero qué hacer cuando el problema nos encuentra y no queda más remedio que defenderse? Ante una situación límite –asalto, intento de asesinato o secuestro, etc.– el cuerpo se inunda inmediatamente de hormonas del estrés, como la adrenalina, e inicia una reacción en cadena que prepara a la persona para la acción. La respiración y ritmo cardiaco se elevan. La sangre se direcciona hacia los músculos más fuertes, las pupilas si dilatan y centran su atención en la amenaza. ¿Qué hacer entonces? ¿Venirse abajo o defenderse? «A través de un entrenamiento adecuado, se puede aprender a utilizar esta reacción en nuestro beneficio», dice Gabriel Lerner, experto krav magá, ese arte marcial de las fuerzas de defensa israelíes. Robusto, de mirada tranquila y hablar rápido, Lerner es instructor en Operational Krav Magá Perú [OKM] y esta mañana se entrena en un polígono de tiro. Contraatacar, en una situación de vida o muerte, es la última opción. Pero si no se puede evitarlo, hay que resolver la situación lo más pronto posible y largarse de allí. Para eso se creó el krav magá.

1. El krav magá no es un deporte

Gabriel Lerner ha practicado judo, karate, full contact, y se ha preparado en varios países, incluido Israel. Él explica que Imi Lichtenfeld, un checo que huyó de la Alemania Nazi en 1940, fue el creador de esta disciplina en la década de los treinta. La inventó para proteger a los judíos de los ataques antisemitas de la época. «Luego de la segunda guerra mundial viajó a Israel y el ejército tomó sus enseñanzas», explica Lerner. A unos metros, un par de instructores realizan maniobras tradicionales de la disciplina: el desarme, el bloqueo, transiciones entre la defensa y el ataque. El contacto entre ambos es orquestado. De hecho, la ejecución del krav magá se demuestra en el acto, cuando el evento está pasando. «No es un deporte. No ocurre en un espacio pre fabricado, como un dojo o un cuadrilátero». La única manera de enseñarlo es produciendo la escena callejera. Alguien ataca por la espalda, golpea, ahorca; se trata de estimular el reflejo. «No es una pelea entre dos personas con un árbitro en medio, no se usa karetegi o judogi. En vez de eso, se entrena con polo y pantalón cargo» dice el experto.

2. La reacción a un evento inesperado

El profesor ordena a los otros expertos que cierren sus ojos y se den vueltas para marearse. Luego pide que otro grupo los sujete y los lleve a un rincón. Se produce un forcejeo intenso. El entrenamiento busca parecerse a la realidad. Es como un videojuego: mientras mejor es, más te adentra a su mundo. «Siempre hay que buscar las zonas vitales, son más vulnerables», dice, refiriéndose al cuello y genitales. Precisamente, el krav magá busca eso: actuar de una determinada manera ante una situación límite. «Si tengo o veo un palo, la idea es que el cerebro lo use automáticamente como un arma» dice Lerner.

Ahora los instructores están escenificando una secuencia: uno le quita el arma al otro y lo neutraliza. Los movimientos son rápidos, en menos de dos segundos la pistola pasa del agresor a la víctima. Uno de ellos mueve el brazo derecho primero, luego sujeta el cuello del atacante y finalmente le quita el arma con la mano izquierda. El espacio cerrado del polígono agudiza los sonidos del supuesto asalto. «No enseñamos golpes o patadas, enseñamos que un ambiente puede cambiar en un segundo», asegura Lerner. El krav magá busca automatizar movimientos. No pensar, hacer. Como un corredor de cien metros planos esperando la chicharra o un arquero atajando un tiro al arco, hay que tener reflejos ante la agresión. «Él va a venir con el arma, él no te va a dar tregua», dice el profesor. La calle no tiene reglas, eres tú o él.

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3. Sacar a relucir los instintos

Los disparos han comenzado en la otra sala. Uno, dos, tres, el sonido del arma parece perforar el aire dentro del polígono. Los dos instructores siguen enfrascados en una lucha imaginaria, gritos y balazos se entremezclan en el lugar. «Tengo que gritar para meterme más, para que me den más ganas de completar el movimiento», dice uno de ellos. Justamente, el krav magá también apela a la adrenalina del evento, a la acción brusca y violenta. Dicen que la ira ciega, pero llenarte de ella por momentos puede salvarte la vida.

Además, la ira debe aparecer en el momento menos pensado. Se debe estar alerta todo el tiempo y saber que el evento se resolverá en cuestión de segundos. Hay que imaginarnos en una escena de acción dentro de una película; y nosotros somos el protagonista principal. Una nunca va a prever que alguien te va a saltar al cuello en cualquier momento. «En el Karate u otros deportes de contacto uno llega descansado, mentalizado. Acá no», dice Lerner. Lo peor que puede ocurrir es sentir miedo. Paralizarse en pleno acto y dejarse llevar por el camino del agresor. Pasar al ataque, en este caso, es la mejor defensa.

Los instructores parecen golpearse de verdad. Uno levanta la mano y el otro lo neutraliza, se acerca a su oponente y con una llave lo tira al suelo. Al final, los entrenamientos de krav magá son simulaciones. Es como un partido preparatorio: uno sabe que es amistoso, pero puede olvidarse. Te ayudan, pero no te aseguran el éxito al final del conflicto. Es una manera de acercarse el pánico de una situación real, extrema, donde todo puede cambiar en un pestañear de ojos. «El agresor no va a respetar un código de ética», dice Lerner, mientras los disparos continúan en la otra sala.