Cómo enfrentarse a uno mismo en tres actos

Mariana de Althaus

Por María Jesús Zevallos / Fotografía de Marco Garro
Todos los personajes son ella. El padre controlador, la madre vulnerable, la hija malentendida, la empleada sumisa. La directora de teatro Mariana de Althaus relanzó en abril pasado la obra El Sistema Solar, acaba de lanzar el libro Dramas de familia y está escribiendo una obra llamada Padre Nuestro. Para ella, una reunión familiar es el escenario perfecto para enfrentar nuestros propios demonios

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I

Paul: Hay días en los que uno debería quedarse en cama, pero se pone de pie, y sale con un puñal, dispuesto a clavarlo en el corazón de la mala suerte.

EL LENGUAJE DE LAS SIRENAS [2012]

Mariana de Althaus ya no quiere montar obras. Al menos por un tiempo.

Nunca se acomoda el cabello, que cae sobre sus mejillas dejando siquiera una ventana estrecha, pero que llega a revelar el centro de su rostro. Tampoco se mueve. Ni se distrae. Parece disfrutar la tranquilidad que ella misma crea cuando no tiene que crear. «Antes hacía una obra al año», explica la directora teatral, sentada en la sala de su departamento. Quieta. «Y lo alternaba con la enseñanza y otros trabajos. En los últimos tres años he estado más concentrada en montar obras que he escrito, porque se han acumulado las oportunidades. Simplemente he estado trabajando demasiado, a un costo».

Este es el costo que el exceso de trabajo ha tenido en la vida de Mariana:

Mucho estrés.
Poco tiempo para el ocio.
Poco tiempo para escribir.
Mucha preocupación porque el tiempo no alcanza.
Menos tiempo del que quisiera para estar con su hija.
Por lo tanto, culpa. Por lo tanto, insomnio.
Y todas las cosas que trae la preocupación.
«No me gusta vivir así», dice Mariana, más harta que triste. Ni por un segundo resignada.

Mariana de Althaus escribe todas las obras que hace. Y desde el 2011 hasta mayo de este año, ha montado cinco, aparte de publicar su libro DRAMAS DE FAMILIA, en abril pasado. «Es muy mala idea montar más de una obra al año. Es un trabajo extremadamente exigente. Por eso he decidido, desde 2014, hacer una como máximo. El próximo año me gustaría hacer nada. O sea, voy a estar escribiendo, enseñando, trabajando, pero no mostrar nada al público».

Masticando las ideas mientras mira sus manos pálidas, busca una razón a todo este quiebre que la llevó a la sobreproducción. «Comenzó cuando mi hija creció y se despegó un poco de mí, cuando se hizo independiente. También la presencia de ella me llenó de energía. Por un lado agota, pero por otro te inyecta ideas». Ha sido un cuadro poco común, pero Mariana no descarta que vuelva a suceder. «Supongo que cuando mi hija sea una adolescente y me chotee, y me quede yo en la soledad de mi casa, tendré que llenar el vacío con el trabajo». Pero hay una cosa que sí tiene clara: no le parece saludable que un dramaturgo saque dos o tres obras al año. «Tiene que haber tiempo para que las ideas reposen, para que uno se informe, para que uno mire la vida, para que uno mire dentro de sí, para que uno mire el vacío para generar algo interesante. Quiero tener la oportunidad de escribir sin fecha de estreno».

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II

Edurne: Yo siempre he querido ser como tú: linda, centrada, correcta, bien maquillada. Pero no me sale. ¿Sabes por qué? Porque tengo un detector de diamantes falsos.

EL SISTEMA SOLAR [2012]

Actuar y dirigir, dice Mariana de Althaus, son dos cosas casi opuestas. Pero ella eligió dirigir porque, por primera vez, no tenía que seguir las órdenes de nadie. «Los directores tenemos algo de neuróticos, en ese sentido. Hay algo de Dios en esto. Es una arrogancia peligrosa».

Mariana fruce el ceño y la tensión de la que habla, esa que sintió al comenzar su carrera como directora, se refleja en su cara. Poco a poco, su rostro se relaja y hasta un par de carcajadas sutiles y exhaladas salen de su boca. «Creo que también me sirvió mucho la ignorancia, porque yo no había estudiado dirección, tampoco había sido asistente de nadie, que es el recorrido de los actores que se convierten en directores». Mariana le agradece a su ignorancia el hecho de que cada obra que monta es una experiencia nueva y una experimentación intensa. «Cada obra para mí es un descubrimiento, porque no tengo técnica para dirigir. Me la voy inventando con la gente que trabajo. Puede haber mucha irresponsabilidad detrás de eso, pero yo lo disfruto».

La voz de Mariana es grave, pero delicada al mismo tiempo. Es difícil imaginar que esa voz alguna vez sirvió como fuente de trabajo en sus años como actriz, cuando recién comenzaba en el teatro. «Hay una valentía del actor que yo no tengo», explica. «Me da un poco de roche». Pero esa fue una parte pequeña de lo que la condujo a la dirección. «Creo que los actores también son un tipo de persona al que le sirve mucho más que alguien le diga lo que tiene que hacer y, a partir de eso, crear. A mí me gusta crear de cero».

III

Vecina: La alegría es una señorita débil y bonita. Baila borracha sobre unos tacos altísimos de aguja. Da una voltereta y cae al piso estrepitosamente. Nunca termina la primera canción.

RUIDO [2006]

«Finalmente, todos los artistas queremos crear un mundo a nuestra manera», dice Mariana, con una sonrisa algo nerviosa. «El mundo es duro, triste e injusto, y lo queremos volver a hacer. Por eso es tan frustrante: porque no es posible».

Es este inconformismo, fundamental para su trabajo, del que la directora se nutre para construir una obra. El mismo inconformismo que trata de transmitir al público. Algo con lo que, tal vez, alguien más se puede identificar. «No me ha movido mucho nunca hacer obras para sorprender al público ni para romper esquemas ni para movilizar las mentes ni para ser vanguardista ni postmoderna». Mariana parte de una incomodidad, una pregunta, una angustia existencial que la acompaña, y busca, junto al público, llegar a comprender ese mundo.

Por esto Mariana usa el tema de la familia una y otra vez en sus obras. Este espacio en el que tantas personalidades tienen un mandato por tradición, convicción o desolación, de permanecer juntos, o vivir juntos, o juntarse si la fecha lo amerita. Mariana dice que no tiene una familia conflictiva, que en su vida no ha habido nada dramático. «Sin embargo, lo que hace un dramaturgo es observar con detenimiento la realidad», explica. «Me impactan las historias de los demás y eso lo mezclo con vivencias personales, y de ahí salen las obras».

La autenticidad de cada persona cuando está entre familia es algo que cautiva a Mariana. «Con tu familia, con las personas más cercanas es con quien te muestras con más autenticidad, con quien te animas más a mostrar tu agresión, tus afectos, tus esencias más ocultas». Esa particularidad, el universo que cada familia crea dentro de su hogar, es el escogido por ella para mostrar la mugre y ese, tal vez breve, momento de redención.