Cómo domar una bestia hecha de océano

Por Pablo Panizo
La ola de Pipeline, la catedral del surf hawaiano, ha cobrado más vidas que ninguna otra en el mundo. El peruano Carlos Mario Zapata la conoció siendo apenas un niño, y en sus fauces se hizo mayor de edad.
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La primera vez que Carlos Mario Zapata viajó a Hawái tenía apenas once años, pero no lo aparentaba. Para ese entonces tenía media vida sobre una tabla y en el agua siempre daba la impresión de que era más grande: en los inviernos esperaba la salida del colegio para ir directo a La Herradura, donde corría con gente que le doblaba la edad y pegaba maniobras con una fuerza que no era propia de alguien que estudiaba la primaria. No era normal ver un niño con espalda ancha y brazos marcados, sonriendo y frotándose las manos frente a olas de tres metros. Había corrido casi todas las olas de Lima y el norte del Perú y los mayores lo querían porque no se asustaba con facilidad, pero aún así ninguna ola podría haberlo preparado para Pipeline, la más peligrosa del mundo. Sus aguas han cobrado más vidas que ninguna otra playa, incluyendo la del bicampeón nacional Joaquín Miró Quesada, en 1967. Sus olas son paredes verticales que se enrollan en amplios y veloces cilindros que revientan tres metros por encima de cuevas de coral.

«Antes me esforcé tanto por mejorar, mejorar y mejorar, que me olvidé de disfrutar del surf. Pero cuando sabes que tu única obligación es disfrutarlo corres más tranquilo y, es extraño, pero también corres mejor»

El mejor surfer de la historia, el once veces campeón mundial Kelly Slater, la describe en cuatro etapas: «Primero te intimida. Luego encuentras el coraje para probarla. Luego la entiendes y el orgullo que implica correrla te hace crecer. Luego te vuelves hambriento». Carlos Mario dio los dos primeros pasos de golpe. Llevaba ya unos días observando los gigantescos tubos desde la arena, viendo a sus héroes arriesgando el pellejo y esperándolos en la orilla para pedirles un autógrafo, cuando decidió que entraría a Pipe apenas las olas disminuyesen un poco su tamaño. Frente a su computadora, Carlos Mario Zapata revisa las mejores fotos de sus viajes por Indonesia, Chile, Costa Rica, Australia y, por supuesto, Hawái. Su habitación y el pasillo que la antecede están repletos de medallas, diplomas y trofeos: Campeón Nacional Sub 14 y Sub 16, Campeón Bolivariano Junior 2009, Campeón por Equipos del ISA World Junior Surfing Championship 2011, octavo puesto en el Panamericano de Surf 2009 categoría Open. Como en la mayoría de deportes extremos, en el surf no basta con ser disciplinado y hábil para destacar, hay que tener una mentalidad lo suficientemente fuerte como para atreverte a vencer tus miedos. Carlos Mario definitivamente nació con esa mentalidad.

Cuando vuelve al día en que entró a Pipe por primera vez, recuerda haber sentido miedo, pero no haber querido tirarse atrás cuando llegó a la orilla. Entrar era algo que debía hacer, y nada más. «Yo escuchaba Hawái y pensaba en Pipeline. A esa edad no estaba realmente preparado para correrla, pero estaba inducido a entrar», piensa. Apenas las olas disminuyeron un poco su tamaño se lanzó al mar y se ubicó abierto del pico principal; no quería correr riesgos innecesarios. Era un niño en un juego de grandes. Nunca antes había visto olas escupiendo agua con tanta furia. «Era como un sueño. Miraba alrededor y pensaba “¡qué increíble, estoy corriendo Pipe!”». Apenas cogió unas cuantas olas, pero la visión de esos tubos perfectos, como diseñados en computadora, activaron en Carlos Mario una adicción por Pipeline que nunca más abandonó.

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Desde entonces, no ha pasado dos inviernos sin pisar Hawái. Para el 2008, con apenas catorce años, Carlos Mario ya tenía más temporadas en aquella isla que muchos tablistas experimentados. Su nivel en el agua le valió para ser el único hispanohablante invitado al Bloodlines, un campamento de entrenamiento creado por Billabong para sus mejores surfers juveniles. Hospedado junto a australianos y estadounidenses en la casa Billabong, exactamente frente a Pipeline, Carlos Mario Zapata recibió un entrenamiento especializado en correr las olas de Hawái: qué hacer si se te rompe la pita, si se te parte la tabla, si te cae una ola encima del coral, si no sales de un tubo, si eres atrapado por la corriente. Las posibilidades de que algo salga mal en el agua son múltiples.

En la meca del surf, Pipeline, nada es gratis: puedes pasar más de una hora sin coger una ola, esperando la que dejen pasar los locales hawaianos y los muchos expertos australianos, estadounidenses, sudafricanos o brasileros. La dureza del localismo en el surf es un tema que se aprende desde el primer día, pero en Hawái es a donde más lejos se llega. «Los locales son muy territorialistas, y en el surfing no tienes a un juez que va a decir quién tiene la razón». Tomar la ola de un local puede costarte una golpiza y el veto de por vida. Carlos Mario aprendió a ser paciente y respetuoso de la localía, a través de códigos tácitos que implican, por ejemplo, no ser un parlanchín en el agua; eso se deja para los hawaianos. «Hay que andar tranquilo y no hablar mucho, para estar enfocado en lo que uno ha ido a hacer», explica. Con decenas de fotógrafos dentro y fuera del agua, los mejores surfers del mundo al lado y los altos cargos de las grandes marcas atentos en la orilla, lo que hay que hacer en Pipeline es esperar que te toque una ola, remar con fuerza, asegurar el descenso vertical y meterte a un tubo donde entra un volquete. Y eso aprendió a hacer. La consolidación de esa actitud para enfrentarse al mar, surfeando al filo de la navaja, convenció a los directivos de Billabong de tenerlo nuevamente en los Bloodlines de 2010 y 2011. El peruano logró dar los dos últimos pasos: Pipeline lo hizo crecer y, más allá del miedo que puede producirle la escalofriante ola, entra al agua con un hambre que solo los tubos puede calmar.

Con sus sesiones hawaianas el peruano ha consolidado un estilo que lo distingue por la fuerza con la que se mueve, las largas estelas que bota cada vez que pega una maniobra y su habilidad para encapsularse en tubos que serían la pesadilla de un civil, pero después de obsesionarse por años con llegar al circuito mundial, este año Carlos Mario ha llegado a un punto de su carrera en que quiere volver a sentirse tranquilo en el agua. «Me esforcé tanto por mejorar, mejorar y mejorar, que me olvidé de disfrutar del surf», admite. Con diecinueve años, ha ingresado a la universidad y piensa dividir su tiempo entre el campeonato nacional, el circuito latinoamericano y los estudios. Pese a que dejará por un tiempo el circuito mundial clasificatorio, Carlos Mario vive un nuevo enamoramiento con el mar. «Cuando sabes que tu única obligación es disfrutarlo corres más tranquilo y, es extraño, pero también corres mejor», asegura. Lo que nunca dejará es Hawái, el mar donde se hizo mayor de edad.