Colectivo ID

Por Raúl Lescano / Foto de Augusto Escribens
Hasta hace cinco años, Priscila Gómez, una de las fundadoras del Colectivo ID, rehacía cada prenda que se compraba, pero no contaba con que eso se podría convertir en una forma de vida. Ahora, después de vivir tres años en Milán, cuenta con ocho cómplices en el grupo que cuando piensan en moda, piensan en arte, en colaboración e identidad.
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Priscila Gómez no había preparado tantas piezas antes. Para su graduación había confeccionado hasta diez prendas, pero hacer las treinta que necesitó para participar en el concurso Flashmode 2012 fue un dolor de cabeza. Acababa de regresar de estudiar tres años en el Instituto Marangoni en Milán, y Gamarra –la zona comercial por excelencia para los diseñadores peruanos– le resultaba extraña. Al final presentó su colección primavera-verano. Pero esa noche, en realidad, fue más importante conocer a Tania Vargas y Johan Vera. Los tres sentían que las posibilidades para presentar una colección siendo joven era demasiado complicado: faltan contactos, espacios, experiencias. La solución que plantearon se llama Colectivo ID, una especie de pandilla de diseñadores jóvenes dispuestos a convertir sus nombres en una referencia de la moda.

Cuando Priscila Gómez salió del colegio, tanteó con las Comunicaciones y con la Psicología, pero no terminó ninguna de las dos carreras. Su vocación, en ese entonces, estaba en la compañía de ballet del Teatro Municipal y en las prendas de ropa que compraba para modificarlas. Probablemente uno se vuelva diseñador de moda porque le gusta mucho la ropa o porque la odia y siente que es fea, monótona, impersonal. Priscila es de las segundas. Ropa que compraba, ropa que volvía a bordar o cortar. En ese entonces solo algunos institutos ofrecían carreras de diseño de máximo dieciocho meses. Priscila tuvo que partir tres años a Milán. Ahí cruzar todos los días calles repletas de vitrinas con trajes de Armani o Gucci y ver a mujeres recoger las heces de sus perros en traje y tacones le cambió la noción de la moda. Una madrugada se descubrió pintándose las uñas porque una se le había dañado y al día siguiente tenía clases. En ese momento, Priscila Gómez supo que algo había cambiado en ella para siempre.

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Cuando los nueve miembros del colectivo evalúan los portafolios de los diseñadores que dos veces al año desean formar parte de este, no buscan que los diseños les gusten o no. El Colectivo ID está hecho de la esencia de cada uno de ellos, y eso es lo que requieren: identidad y personalidad. De ahí que una de las condiciones es que la marca sea el nombre del diseñador. Si en las calles de Milán uno puede saber que ese traje es de Channel y el otro de Dior, en los colgadores del colectivo el short con frases que parecen escritas a mano debe decir, a la vez, que esa pieza es de Verónica Muro, los zapatos repletos de púas de Óscar Chunga o el vestido blanco estampado con siluetas de mujeres de Den Távara. «Sea que estés ligado o ligada al punk, al bohemio, al romántico, queremos que se vea quién eres tú como diseñador. Es difícil encontrarlo pero hay», dice Priscila Gómez, blusa y pantalones holgados blancos y negros, y zapatos de charol rojos.

Cada proceso de creación del grupo no parte de la inspiración divina o la locura individual. Después de la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo, Dior sacó al mercado despampanantes faldas para ir en contra de la sobriedad instaurada entonces. La política, la economía, la tecnología, todo influye en la vestimenta de la gente. Por eso el Colectivo ID se basa en estudios de la organización WGSM, especializada en moda o en informes de la revista View para escoger la tendencia con la que trabajarán en cada presentación. Para las colecciones otoño-invierno han elegido lo étnico vinculado al misticismo y a la magia oscura. A Priscila el tema le sonó a Tim Burton. Ha repasado cada una de sus películas, y ya diseñó sus trajes y compró las telas. Lo que ocurrirá al final, cuando los siete que participen esta vez presenten sus creaciones, será siete interpretaciones textiles distintas del mismo tema.

De cada nueva colección que presentan por lo menos una pieza debe ser concebida como una obra de arte: utilizar materiales nuevos, tener formas innovadoras. «Con la ropa se pueden hacer esculturas preciosas. Realizar estas prendas que sabemos que no se van a vender es como cuando un artista hace un escultura que sabe que la gente admirará, pero no necesariamente podrá o querrá quedarse con ella», dice Priscila Gómez. Los miembros saben que una obligación así más que espantar, atrae. Los portafolios de quienes buscan ser nuevos miembros indican que los nuevos diseñadores son cada vez más atrevidos.

Así como cada tanto entran nuevos integrantes, también hay quienes dejan el colectivo. Una diseñadora ha decidido embarcarse en un proyecto de prendas a medida, otra ha apostado por la ilustración. Pero incluso cuando hay restas en el grupo, este cumple su objetivo. Porque así como dice Priscila que lo que te hace único no es la ropa que tengas sino el estilo que consigas, el Colectivo ID está para que cada uno de sus integrantes encuentre ese estilo: en la moda o en la vida.