Sophia contra el mundo

Cosas que pasan por la cabeza de una chica de catorce

bitacora

Mucho antes de que viera a su padre por última vez, Sophia era una chica que soñaba despierta. Soñaba que era una pequeña heroína que recogía gatos y perros de la calle que alimentaba y cuidaba, como a sus muñecas. También soñaba con una casa rosada inmensa, llena de juguetes, y que sus padres, por fin, vivían juntos. La vida era más sencilla cuando tenía seis o siete años, piensa Sophia. Ahora que sus pensamientos y su cuerpo han cambiado y la vida se le ha vuelto confusa, los sueños –los mejores– acuden sobre todo cuando está dormida.

Sophia es una chica bonita, igual que su madre cuando tenía su edad: delgada, piel blanca, cabello negrísimo, ojos del mismo color y sonrisa amplia a pesar de los braquetes que le puso la tía odontóloga hace unos meses, para que su dentadura sea perfecta.

Sophia terminará pronto la escuela. Y tiene miedo. Miedo de que el año termine y no saber qué hacer con su vida. ¿Por qué una chica de catorce debería saber eso con tanta certeza? Son dos cuestiones las que se asoman por estos días en su cabeza: ¿Quién soy yo? ¿Para qué diablos estoy acá? Sophia, a diferencia de sus amigas fanáticas de One Direction, Justin Bieber y algún popstar koreano de nombre raro, es una chica de catorce que se preocupa demasiado por las cosas, que piensa mucho, bastante.

¿Quién soy yo? ¿Para qué estoy acá?

Eso, a veces, se pregunta Sophia mientras se peina el cabello largo frente al espejo de su habitación de paredes blancas. ¿Acaso no hay adultos, millones de ellos, que se pasan la vida entera buscando/evadiendo las respuestas a esas preguntas?

Sophia ya no quiere pensar. Entonces prende la radio para sentirse menos sola y pone la música a todo volumen, creyendo tal vez que los ruidos de afuera pueden callar los ruidos de adentro.

Su madre, preocupada, la presiona con sutileza. Ella piensa que Sophia está en una edad imposible o, como dijo alguna vez Joaquín Sabina sobre sus hijas, «una adolescencia hormonal absolutamente insoportable». Para motivarla, le lleva exámenes de admisión de ingeniería electrónica, de leyes, de economía, de medicina. La madre olvida que Sophia es mala para las matemáticas, que le aburren los abogados, que ver sangre le provoca náuseas. Olvida que ella no es como sus hermanos, que acabaron el colegio y entraron a la universidad sin problemas. Pero Sophia no quiere desilusionarla, la adora demasiado, así que se calla. Prefiere hacerlo.

Pero no será así toda la vida.

Sophia no sabe qué estudiar cuando la escuela acabe. Pero sí sabe bien lo que le gusta. A Sophia le gusta bordar, el helado de chocochispas, la palta con sal, los gatos callejeros, los perros sin pedigree, chatear con sus amigas por Facebook, un chico del salón que se sonroja cuando la mira, las tontas comedias románticas, Esto es guerra, los clásicos en blanco y negro de Cantinflas, Pedro Infante y Jorge Negrete [aunque le recuerden al papá que se fue], y ver Friends con sus hermanos mayores [pero siempre con subtítulos, por favor, porque si no no entiende nada]. Eso sí: sobre todo eso, le encanta dibujar. Le fascina. Dibujos de personitas con lapicero negro en las últimas hojas de sus cuadernos. Así, sin colores. Como pensaba que era su vida, cuando se acordaba de él.

Alguna vez, cuando iba al mercado, vio a su padre, el desaparecido, a lo lejos. Ella no sabe, no quiere saber, no termina de entender por qué, un día él se fue. Entiende que lo que hubo entre sus padres no funcionó, que las parejas a veces se separan y es mejor así. Que no es para todos, quizá, esa vida en pareja que las novelas de las ocho tratan de vender. Pero no termina de entender por qué él la dejó. Por qué nunca la buscó más, porque nunca le enseñó a manejar bicicleta en el parque.

A veces, para hacerse la fuerte, dice que no lo extraña, que ahora su padre soy yo, su hermano mayor. Quizá tenga razón, en parte. La falta de un padre puede ser jodido, piensa, pero no te paraliza. No debe. Aunque ella no es tan creyente como su madre, Sophia encuentra fuerza cada vez que se repite eso a sí misma.

Hace unas noches hablé con ella y contó todo eso. Pronto cumplirá quince. No quiere fiesta, ni vestidos, ni chambelanes. Quiere un viaje. Sophia quiere escapar de la ciudad. Una. Dos. Tres semanas. Con su madre y sus dos hermanos. Sophía tiene la convicción de que en algún momento encontrará las respuestas que tanto busca. Cómo a todos, le va a costar tiempo y varias batallas. Y aunque sabe que no está sola, el final siempre será este: Sophia contra el mundo.

Y nadie más.

Joseph Zárate
EDITOR GENERAL