Paseador de perros

Sobre el oficio de hacer felices a las mascotas ajenas

Ricardo Peralta es un argentino de cuarenta años que se gana la vida paseando perros en un famoso parque de Lima. Desde hace siete años, Peralta camina más de treinta cuadras junto a veinticinco canes de raza –y también cruzados– por El Olivar, en San Isidro, un bosque tan grande como treinta estadios nacionales juntos. Si uno mira con cuidado, ese parque es lo más parecido a una suerte de zoológico encubierto. Y es que este bosque –conocido, entre otras cosas, por sus más de 1.600 olivos cargados de aceitunas– es un ecosistema donde uno puede hallar hasta treinta especies de aves, ardillas, insectos diminutos y peces ornamentales. Pero también es uno de los espacios públicos que congrega la mayor cantidad de perros en todo Lima.

«La raza de perros que uno puede ver aquí depende de la moda. El año pasado, por ejemplo, era el Sharpey. Ahora están de moda los Beagle», dice Peralta -un señor gordo, cejas pobladas, y piel trigueña-, quien carga bolsitas biodegradables para recoger las heces, botellas de agua para refrescarlos y carnets de los perros que da la Municipalidad. Cuando conocí a Peralta a mediados de 2010 mientras lo entrevistaba para una revista, no pude evitar recordar al personaje de la novela del escritor peruano Sergio Galarza, Paseador de perros, publicada una año antes. Un libro que parte de la experiencia real del autor y que cuenta la historia de un escritor en sus treintas, inmigrante sin papeles en Madrid, que no tiene más opción que aceptar una trabajo de paseador de perros en tanto sobrevive: no tanto a la miseria, sino a la amargura de su melancolía.

El caso de Peralta también es curioso. Él era un comerciante que había dejado Argentina por la crisis. En su tierra, Buenos Aires, el negocio de pasear perros sí es rentable. Aquí, en cambio, no había nada serio sobre su oficio. Lo que sí abunda –me contó Peralta– son historias de mascotas y las miserias con las que tiene que lidiar: los dueños excéntricos que solo compran un perro para tenerlo en casa pero del cual casi nunca se ocupan ellos mismos; gente irresponsable que abandona a sus mascotas en el parque; o los policías que a veces, sospechan de él por su acento y su facha y lo interrogan de vez en cuando. Pero eso no lo inmuta. Peralta dice que ama ese trabajo: el hacer felices a las mascotas de los demás. Este paseador de perros ayuda a esos animales a desfogar toda esa energía contenida: juegan, saltan, se divierten hasta que se cansan, ya que la mayoría de los perros vive en departamentos que no les permite desenvolverse lo suficiente.

La ultima vez que lo vi caminando por El Olivar hace un par de semanas, Ricardo Peralta me dijo que cada vez le iba mucho mejor en el negocio. Que la pasaba rebien y que con lo que ganaba le alcanzaba para enviar dinero a su familia. También me dio su tarjeta de presentación blanca con letras azules: Ricardo Peralta, paseador de perros. Ahora hasta tiene dos asistentes.

Joseph Zárate
EDITOR GENERAL