Mudanzas

¿Qué es lo que hay que dejar detrás?

Al final no se mudó y se salió con la suya. El ciudadano chino, Luo Baogen, dijo que no. Que lo que le daban para mudarse no le alcanzaba para construir otra casa. El municipio de Wenling quería construir una nueva pista de carriles anchos y el trazado pasaba por la casa de tres pisos de Baogen. Entonces, le ofrecieron dinero para que se vaya a otro lugar —como hicieron con los vecinos de Baogen—, pero él, cincuentaitantos años, casado, pelo cenizo, pesadumbre en las arrugas, dijo que no. Su casa se convirtió en una isla en medio del asfalto, porque la construcción de la pista siguió, solo que haciendo una curva. Y Baogen se quedó sin vecinos, sus ventanas dan a la pista. El paisaje urbano en la localidad de Zhejiang resulta ahora un poco bizarro. Pero, ¿qué clase de apego puede llevar a un hombre a aferrarse a su sitio, a su espacio? Si, por el contrario, la mudanza es inminente, ¿cómo actúa su blindaje emocional?

Alguna vez escribí en una columna que la patria portátil de uno, se encuentra en su maleta cuando atraviesa la sala de espera de los aeropuertos. Claro, eso suponía una ausencia temporal. En el caso de una mudanza, tu vida debe poder embalarse. Como dice el protagonista de Medianeras, un cortometraje argentino, casi al inicio, «mi vida está metida en 25 cajas de cartón». Toda mudanza, por cierto, tiene una despedida. O varias. De las rutinas –comprar en Wong los domingos por las mañanas, vestido con piyama y resaca–, de los recorridos –ocho cuadras de Dos de Mayo a pie–, de las maneras –saludar al quiosquero, a la señora de la bodega, al guachimán de la cuadra, al emolientero–, de la arquitectura –un techo que replicaba el efecto invernadero en la sala, las escaleras de tres pisos, las mamparas, los patios interiores para las macetas, los balcones de madera, un pasadizo secreto que unía mi habitación con la de mi hermana–. Y hasta de los cacareos de un gallo. Cuando vivía en la casa de mis padres, mi cuarto estaba más cerca a una especie de corral que unos vecinos tenían en su techo. Criaban pollos y gallinas que luego vendían en un mercado. Religiosamente, un gallo me despertaba a las seis de la mañana –antes que existiera el ring tone–, que era la hora en que me levantaba para alistarme e ir al colegio. En Casa Tomada, el cuento de inquilinos espectrales escrito por Julio Cortázar, los habitantes son expulsados por los sonidos y presencias que hacen su convivencia insoportable. Demencial. Salí de las casa de mis papás en el momento justo. Sí, me expulsaron fantasmas, pero internos. Esa edad en la que uno vive una contradicción: se cree lo suficientemente grande para gritarle a sus papás por llegar tarde un jueves por la madrugada, pero también temeroso para irte. Entonces, se instalaba el caos y los silencios en los almuerzos, las caras largas, la ley del hielo. Hasta que salí y claro, ellos me ayudaron con la mudanza.

Esa misma noche, en la puerta del departamento nuevo en San Isidro, me robaron el carro. Me quise regresar y llamé, desesperado, a mis papás, que unas horas antes se habían despedido.

Hay mudanzas voluntarias, como las de los escritores. En la ficción, Jack Torrance enloquece cuando se muda a un hotel sitiado por la nieve en The Shining, la novela de Stephen King. Y otras forzadas, que suponen un quiebre, una ruptura del orden natural de los muebles –un viejo habitué pasa a formar parte del espacio al mismo nivel emocional que el mobiliario–. Como dice la cantante nacida en Tijuana, Lupita D´Alessio, en su tema Mudanza: «Hoy voy a cambiar // revisar bien mis maletas // y sacar mis sentimientos // y resentimientos todos // hacer limpieza al armario // borrar rencores de antaño // y angustias que hubo en mi mente».

Al escribir esto tengo dos semanas viviendo en un nuevo departamento en Miraflores. Cuando leas esto, ese mismo espacio ya habrá sido completado y los vacíos serán cubiertos. Por ahora, se vive esa etapa de acomodarse al espacio. Como el agua que furiosamente es arrojada a un recipiente y agitada, empieza a chocar contra los bordes, a formar pequeñas olas, y de pronto, va apagándose el movimiento. Hasta quedar calmo. Colmado. Así me siento.