Mariposas en el estómago

La extraña forma de querer de un chico que dibuja

Mario está enamorado, o eso sospecha. Lleva varios días pensando en la niña que se sienta a dos asientos de él en la escuela. Una niña de cabello castaño, sonrisa grande, ojos pardos y algo gordita. Camila se llama. Mario lo sabe: el primer día de clases ella levantó la mano cuando la profesora dijo ese nombre al pasar lista. Mario lo escribió en su carpeta para no olvidarlo, y en lapicero, para que no se borre.

niño niño

Mario es un niño flaco y algo distraído. Mientras la profesora habla sobre raíces cuadradas y binomios, él dibuja en las últimas hojas de sus cuadernos tipos con capas y máscaras, como esos superhéroes de los cómics que lee en casa. A Mario le gusta dibujar, pero también le gustan las canciones de The Beatles y Guns n’ Roses que escucha tocar a su hermano mayor en el bajo, junto a su banda de rock. Ama tocar, ver, oler los álbumes coleccionables y usar camisas de franela, pero solo las que no pican. Mario tiene gustos algo extraños para sus ocho años. Gustos adolescentes; renegados, alejados de la ingenuidad de un niño de su edad. Tampoco tiene muchos amigos, salvo Paco y El Tarta con quienes juega Nintendo los fines de semana. Es tímido, por eso ama los superhéroes; sus máscaras, sus trajes en los que se esconden; así nadie los ve, salvan el mundo pero nadie sabe quiénes son. Pero Mario no tiene bajo qué esconderse, más que ese uniforme plomo.

Al menos, cuando dibuja, nadie lo molesta.

spiderman

Pero ahora es distinto. Desde hace varios días Mario cambió a Spiderman por Camila. Mientras ella atiende la clase y escribe en su cuaderno rojo, él la mira y dibuja. La dibuja. La nariz pequeñita, los ojos casi ovalados, el cabello suelto.

Mario está enamorado, o eso cree.

Camila es alta; Mario es bajito. Camila tiene diez; Mario, ocho. Es el menor de toda la clase. Por alguna extraña razón, siempre fue el menor; el último en todo. El último hijo. El último en terminar el almuerzo. El último en llegar al aula. El último en ser elegido para jugar fulbito. Eso sí: siempre gana en los concursos de arte, es el mejor de todo cuarto de primaria. Ese es, probablemente, el único talento que tiene.

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Mario termina el retrato de Camila y la campana del recreo suena. Todos salen corriendo al patio. Camila también. Corre hacia el patio con su sonrisa inmensa y su lonchera de colores. Cuando ya no hay nadie, Mario deja uno de los dibujo dentro del cuaderno rojo de Camila. Lo mira. Lo contempla. Tal vez, cuando ella regrese y encuentre su retrato, sabrá que fue él. Tal vez volteará. Tal vez sonreirá.

Pero es solo eso: algo que imagina.

Mario también sale al recreo, con su cuaderno, a dibujar superhéroes mientras come una manzana. A preguntarse si alguno de ellos habrá dibujado algo para la niña que le gusta. A pensar que, tal vez, algún día podrá ser tan valiente como ellos.

Joseph Zárate
EDITOR GENERAL