Mar adentro

Por Eduardo Cornejo

collage bitácora
Los mares sin olas aburren. En cambio las mareas jalonas y traicioneras entretienen. El respeto se eleva ante aquella ola que se hace pasar por leve bache, cuando a último momento, grita su verdad a la cara y se arma como gran muralla, derrumbándose alegre, con sus líquidas piedras y susurros, sobre la espalda desnuda e insolada de un ser humano.

Por eso, cuando el hombre se piense, equivocadamente, tren imparable, o moto sin reglas, madrugona y bulliciosa, o rey de su calle, es recomendable entregarse a un mar sacavueltero. De aquellos que prometen lealtad acuosa pero que termina pagando mal, con contra ola, espuma y arena. Una vez adentro, con felicidad, se podrá pensar en el retorno al arrullo líquido del vientre materno. Hasta que aparezca esa montaña de agua que puja y revuelca, dejando calato, mojado y temblando a cualquiera en la orilla. Y es casi como volver a nacer.

Por eso quien no ha sido revolcado por una ola, es pulpín. Sabe poco [o nada] de la vida.

No se aplica esta ley, sin embargo, con los surfistas. Hombres y mujeres que prefieren los berrinches del mar antes que su calma de foto postal. Seres que tras haber aprendido a mantener el equilibrio ante la malacrianza marina; entendieron con la práctica que caer también es parte del arte. Y que una nueva ola es un nuevo problema a resolver. Supongo que la solución está en la paciencia. Quizá por eso el relajado devenir del surfista en la vida. No lo sé.

Mientras escribo miro videos de Joel Tudor en internet con un profundo sentimiento de culpa. «No debería estar haciendo esto en mitad de un cierre», me digo. Pero sigo mirando a Tudor, corriendo una ola tras otra con maestría, plantado en su tabla al borde de ese abismo hecho de agua y espuma. Plantado como se planta Mick Jagger al borde del escenario y su mar de gente [aunque sin los espasmos]. Y me pregunto: «¿Qué pensarán de nosotros los surfistas?». Y con nosotros me refiero a seres de orilla, buscadores de sombras, conductores de la Costa Verde.

«Pobres diablos», dirán, montados en una ola.