Los años maravillosos

Cosas que echas de menos cuando una estación termina

Ha pasado el invierno y Mario siente nostalgia. Aquí, sentado en una banca del Central Park, añora aquellos días en que las copas de los árboles estaban coronados de nieve. Se acuerda, sobre todo, de los niños que patinaban sobre el lago congelado, con sus bufandas de colores y orejeras afelpadas. Se acuerda de las aves que volaban entre los rascacielos grises. Echa de menos los dos viejitos que paseaban abrazados por los senderos de nieve. foto-tegobiExtraña al vagabundo que le conversaba a veces cuando coincidían en la misma banca bajo el farol. Mario extraña todo eso, incluso el vaho que salía de su boca cuando respiraba en medio del frío. Pero sobre todo, Mario la extraña a ella.

Ahora que el invierno ha pasado y el sol ha comenzado a quemar con más fuerza, Mario siente que debió decir algo más el día que la vio por última vez poco después de Navidad. Ella estaba allí, sentada en la banca bajo un farol, leyendo aquel libro azul de Paul Valery, con sus largas botas de cuero, el pelo castaño amarrado en una coleta, la bufanda roja, aquella cicatriz imperceptible en la comisura de sus labios.

Era una sorpresa para él. No se veían desde hace mucho. Desde el colegio, en realidad. Mario se había dedicado a escribir y viajar –era periodista en una revista de música en Manhattan–, y ella, hasta donde Mario sabía, se dedicaba a gastar el dinero de sus padres, viajando por Europa, viviendo con algún novio mientras estudiaba diseño de modas, pero sin terminar realmente lo que empezaba. Era una chica dispersa, distraída, impulsiva, que le encantaba coleccionar hojas, plumas que se encontraba en el suelo, tarjetitas, pedazos de poemas. Un hábito raro que Mario también compartía.
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Apenas lo vio a unos metros de él, ella saltó a abrazarlo. Mario no reaccionó, de hecho pensó que ella no lo recordaría. Pero Mario estaba igualito, decía ella, que cómo estás, ha pasado tanto tiempo.

Mario recuerda lo hambrienta que estaba ella ese día y todos los cupcakes que se comió en cuestión de minutos. Mario solo bebió agua, mientras la contemplaba comer con los dedos y le hablaba de las clases de poesía que estaba llevando, que ahora había empezado a escribir en un blog, que qué había sido de esos poemas que él, Mario, escribía.

Sí. Mario escribía poemas. Y el primero, de hecho, había sido para ella. La chica le recordó esa época que le dijo. Cosas algo embarazosas que dices cuando tienes doce y eres tímido y no sabes muy qué rayos decirle a la chica que te gusta. La chica que lee a Paul Valery le recordaba todo eso divertida. Mario trato de reírse con ella, aunque no dejaba de sentir algo de vergüenza al recordar cuando ella lanzó una risotada junto a sus amigas del colegio, mientas leian el poema en voz alta. Eramos unos niños, ¿te acuerdas?, le decía.

Entonces ella le dijo que quería mostrarle algo.bosque-encantadojpg Sacó una especie de diario de su mochila y extrajo un papel rayado y amarillo por el tiempo. Lo abrió. Mario pudo divisar su letra: eran unos versos torpes para la primera chica que le gustaba. Aquellos versos, al final, le habían gustado a la chica que ahora estudiaba poesía.

Esa tarde pasearon por Central Park hablando de sus autores favoritos y del viaje que muy pronto ella iba a hacer a algún lugar de Europa. Esa fue la última vez que la vio. Mario fue feliz esa tarde. Como pocas veces lo fue en aquella estación.