Las líneas de tus manos

Cosas que no quisieras saber sobre tu futuro

Luego de examinar sus manos con minuciosidad, la bruja le dijo esto sobre su futuro:
No tendrás problemas de dinero.
A los 35 años enfermarás gravemente.
Tendrás dos hijos.
No te casarás.
No amas a la mujer con la que estás ahora. De hecho, no has amado a ninguna con intensidad.

Mario soltó una risa nerviosa, pero no dijo nada. Él nunca había creído en esas cosas, ni en los espíritus o en dios, le importaba muy poco ser Virgo, o saber que el número 8 o que la alineación de Júpiter con la luna podían influir en su suerte. Sin embargo, no pudo ocultar su nerviosismo luego de escuchar aquellas noticias sobre su porvenir.

Era curioso: la bruja –una vieja curandera de la selva de Iquitos, cabello negrísimo, sonrisa amplia, maestra en «viajes» con Ayahuasca– le decía cosas sobre su futuro, pero no era eso lo que le incomodaba. No era su destino, no, era la última declaración, que más que una predicción era la certeza [¿la confirmación? ] de lo que hace tiempo sentía –o al menos sospechaba– sobre su actual relación.

Mario ya no sentía lo mismo por la chica con la que tenía una relación estable de siete años. ¿Acaso era cierto lo que le había dicho la bruja? ¿En todo caso, cómo pudo adivinarlo? ¿Pueden las líneas de tus manos decir tanto sobre ti? ¿O acaso que eran otras las señales que hacían eso tan evidente? Mario quería convencerse con todas sus fuerzas de que era un error. Qué no era cierto que su novia –con la que había alcanzado una estabilidad después de años de estar solo, que lo hacía reir y le había devuelto la confianza– no era con la que se iba a quedar. Mario siempre fue un chico complicado, jodido, lento para darse cuenta de las cosas, para reaccionar, pero ella era tan perfecta. Lo comprendía tan bien. Pero Mario sentía que no era suficiente, que la relación se había agotado por la rutina y las carreras de ambos. Y Mario ya no sabía, no quería saber, si quería continuar así.

Al día siguiente de ver a la bruja -la había entrevistado para un reportaje de televisión-, Mario regresó a Lima. Sentía la urgencia de hablar con su novia, de detener todo, de pensar en el rumbo de su relación.

Mientras el avión se acercaba a Lima, preguntas gritaban en su cabeza. Después de todo, ya habían hablado de casarse pronto. Mario escribía en su diario –Mario siempre escribe, dibuja cosas en su libreta– para intentar no pensar demasiado. Escribir es una terapia para él. Lo ayuda a ordenar sus ideas, a entender un poco mejor qué rayos es lo que pasa dentro de él, aunque a veces fracase y se confunda más en el intento. Es como decía Clarice Lispector, una de sus autoras favoritas: escribir es como lanzar una piedra a un pozo oscuro. Uno nunca sabe cuándo va a tocar el fondo. O que clase de criaturas despertarás allí abajo, en la oscuridad.

Hay cosas que es mejor dejar como están, pensaba.

Mario llegó a Lima de noche con la determinación de hablar con ella. Fue al apartamento que tenían juntos, cenaron pasta recalentada en el microondas, charlaron, rieron, fumaron, bebieron vino, hicieron el amor hasta quedarse dormidos. Pero Mario no le dijo nada sobre la bruja. Sobre lo que pensaba.

Aún era de madrugada cuando Mario se levantó a fumar al lado de la ventana. La luz de un farol ingresaba tenue por la cortina entreabierta e iluminaba el rostro de su novia. Era tan hermosa. Sabía que debía decirle algo. Contarle sobre lo que la vieja había leído en las líneas de sus manos. Que debían hablar cuando ella despertara. Mientras Mario divagaba en sus pensamientos, el cigarro se consumía entre sus dedos. No lo notaba. El dolor de la primera quemadura llegaría en cualquier momento.

Joseph Zárate
EDITOR GENERAL