Larga distancia

Sobre el acto –a veces, necesario– de perder el celular

Escribe: Joseph Zárate

Luego de vivir más de seis meses sin celular he vuelto a tener uno. El último fue un iPhone 4S de 32 gb, nuevecito, que un tipo me robó mientras yo esperaba el bus en una avenida del Centro de Lima. Aquella tarde, después del asalto, me sentí un poco ingenuo por andar confiado por la calle con el dichoso aparato. Nunca me habían robado un celular. He perdido varios, sí, pero jamás me habían arrebatado uno de la mano en pleno día.

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El caso es que, con el pasar de los días, me di cuenta que perder un celular puede ser una especie de liberación. Con mi iPhone pasaba los viajes en bus y los tiempos muertos en los cafés o salas de espera contestando correos, chateando, tomando fotos con Instagram, posteando cosas en Facebook, miraba un video en Youtube. Todo esto mientras escuchaba música, claro. Con la mirada fija en aquella pantallita touch de 3.5 pulgadas me abstraía del mundo, o casi. Me veía como esos humanos del futuro de la película animada Wall-E todos gordos, moviéndose en sillas voladoras, pegados a una pantalla delante de sus caras, sin el menor contacto físico.

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A veces pienso que no hay mucha diferencia entre ellos y, por ejemplo, dos chicas que teclean en sus Blackberry a una velocidad impresionante: conversan por el chat a pesar de que están una frente a la otra. Me pregunto cuánto tiempo podrían vivir sin el dichoso celular.

Me encantaría saberlo.

No tener celular durante un tiempo puede enseñarte a disfrutar el no tener que ser ubicado. De tener un pretexto para no estar. Ausente. Innubicable. Sé que tomar esa decisión implica perder algunas cosas. Pero siento que se ganan otras. Cuando aprendes a no depender de un aparatejo, vuelves a poner atención al camino que recorres, a tu viaje. Aprendes a mirar a tu alrededor o a conversar con el desconocido de la cola, mientras esperas tu café. Notas la ciudad y a sus personajes en movimiento: a la señora que todas las tardes sale a alimentar a unos gatos del parque, a un viejito que regala flores amarillas a los enamorados. Una chica muy guapa que va al mismo café que tú, a la misma hora, todos los días, y que, curiosamente, hoy te devolvió la sonrisa. Lima es una ciudad de cosas inadvertidas y no hay nada mejor para descubrirla que la curiosidad.

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Recuerdo que el director español Fernando León de Aranoa, decía que él no escuchaba música cuando salía a la calle para no perderse los sonidos ni las historias que sucedían a su alrededor. Que la calle era el lugar donde sucedian las escenas más logradas. Supongo que escribir requiere ese estado de alerta. Ahora lo estoy, aunque tenga nuevo número. Quizá, después de todo, le deba algo a aquel ladrón del Centro de Lima.

Joseph Zárate
EDITOR GENERAL