LA CULTURA, ESA DAMA

bitácora

Los políticos suelen frecuentar a la cultura. Van por casi todos los programas de televisión con ella y la abrazan, se toman fotos [la cogen fuerte por la cintura], la obligan a sonreír y la besan. Y la cultura, tan higiénica y pulcra, siempre con su pomito de jabón en gel, soporta esa baba venenosa e hipócrita.

Entonces el político C se toma un selfie con ella y minutos después el político K retuitea la foto insultando a C, pero también a D, E, F y, por qué no, de pasada también a la mamá de Q y al hermano de J.

El político H, enterado de todo el escándalo en redes sociales, le dice a la política N que deberían citar a la cultura para reprenderla. La obligan a vestirse para la ocasión. Le amarran una corbata al cuello, le meten la camisa al pantalón, le ajustan la correa a la cintura y le calzan un par de zapatos bien lustrados. «¿Qué hace luciéndose por ahí con los de la otra bancada?», pregunta el político H. Y antes de que la cultura pueda responder, los políticos se enfrascan en una discusión sobre cuál sería el mejor outsider del partido en las próximas elecciones: ¿Sheyla o Guti? Y solicitan a sus asesores las listas del rating de TV de la última semana para poder decidirse.

Al final del día, la cultura, aburrida en un rincón del palacio, se levanta de su asiento lentamente y con una breve emoción en el pecho, comienza a desvestirse. Se despercude de la hipocresía política, se quita la corbata, la camisa, el pantalón y los zapatos. Desnuda, se escabulle por una ventana, y se va a buscar un concierto o una obra de teatro en un parque. Pero no la encuentra. Se sienta en una banquita de plaza y se suspende en el tiempo a mirar lo que tiene en frente. Y lo que está frente a la cultura, a lo mejor, sea usted o yo. ¿Quién sabe? Y todavía no nos hemos dado cuenta de que está ahí. Esperando.