INFORME SOBRE EL AMARILLO

Por Eduardo Cornejo/ Ilustración de Heinz Juarez

bitácora
El origen de la palabra amarillo viene del latín amarus. Amarus significa amargo, también triste. Para el filólogo español, Joan Corominas, esta asociación de conceptos podría deberse a la palidez de los aquejados de enfermedades hepáticas como la ictericia, un trastorno de la bilis caracterizado por el mal humor y, finalmente, la muerte. De ahí entonces la frase que todo renegado merece: «No hagas bilis».

La naturaleza también aprovecha este color de manera sabia. Ciertas especies animales utilizan el amarillo [generalmente en combinación con negro] para advertir a los depredadores de su toxicidad y/o mal sabor. Es decir, si se come un animal amarillo, pueden suceder dos cosas: o se muere envenenado o, en el peor de los casos, su sabor
obligará en el rostro una mueca de desagrado.

Adolfo Winternitz, artista peruano de origen austriaco, afirmaba que la combinación de color amarillo y negros se relacionaba con el suicidio. El amarillo se ha relacionado
también con la prensa sensacionalista. Y en el teatro se dice que el amarillo da mala suerte desde que el escritor y dramaturgo francés, Molière, murió representando su obra EL
ENFERMO IMAGINARIO vestido de ese color.

Escribo estos apuntes sobre el amarillo porque hasta el cierre de esta edición dos muros en el Centro de Lima, intervenidos por artistas urbanos, desaparecieron bajo una capa de pintura de ese color. Un color que, coincidentemente, se ha relacionado con conceptos como el suicidio, la enfermedad, el mal humor y la mala suerte. Conceptos que el arte y la cultura parecieran padecer en estos tiempos limeños. Aunque quizá, de todos ellos, habría que tomar en mayor consideración la practicidad de la sabia naturaleza. Es decir, que si bien esa capa de pintura amarilla sobre el arte no nos causará la muerte, por lo menos ya nos está dejando un muy mal sabor de boca.